Martes y trece. Otro día duro


© Moonglow

Cuando hace dos años aquella hermosa mujer se marchó, tendría que haber construido un digno puente de plata. Mi reacción fue, por lo atípico e irracional de la situación, bastante severa, extrema y ridícula. Perdí mi centro y al hacerlo, lo perdí todo. Fue una gran lección donde aprendí, en los extremos de la desesperación, a luchar por la vida.

En mi enclaustramiento obligado en aquel hermoso balneario que yo mismo construí para sanarme, intentando emular al balneario de Hesse, leí de un tirón la Odisea. No fue casual que en aquel tiempo conociera a mi propia Palas Atenea, la cual me condujo sabiamente por todas las pruebas que tuve que pasar en mi propia y personal Odisea y de paso, me salvara de un final terrible. Como un modesto Ulises, siempre sentí la protección de aquella ave que iba y venía, sin ningún tipo de apego, a cual diosa con forma de pigargo. Siempre estuve profundamente agradecido a pesar del dolor en cada una de sus partidas.

Hace unas semanas se marchó de nuevo e interiormente sentía que, esta vez sí, debía dejarla libre, sin ataduras emocionales y sin apegos, por más que me doliera y por más amor que sintiera por ella. Tocaba de nuevo amar en silencio. Uno sabe reconocer cuando alguien está enamorado, y ella nunca lo estuvo, a pesar del cariño mutuo. Para mí ella siempre fue como una diosa. Yo para ella, un balancín. O te gusta o no te gusta, que diría Dolores, y si te gusta, tienes que estar ahí, entregando siempre el extra, el fuá. Así que quedamos hoy en el bosque sagrado de Lug, el dios celta también conocido como Samildanach. Lloviznaba en un día gris, triste y extraño. Por la mañana recogí sus cosas, incluido su cepillo de dientes, que aguardó días y semanas el retorno que nunca se produjo, y lo envolví todo en unas sacas.

La melancolía era inevitable. Lo llevé hasta el coche, nos vimos en la borda de aquel buque semi sumergido, intentando no mirarla a los ojos para así disimular mi dolor. Cerramos algunos asuntos pendientes y triste, muy triste interiormente, me marché rápido de nuevo a casa. A pesar de todo, me alegró verla feliz. Empieza pronto una nueva revolución solar, con un radical cambio de vida acompañado de una mejora material que le hará mucho bien. Mi deber era no repetir ninguna escena, y crear, esta vez sí, un hermoso puente de plata para liberarla y desearle todo lo mejor en su nueva vida. Cerré por un instante los ojos mientras la abrazaba y le deseé interiormente la mayor de las fortunas. Misión cumplida, pensé. Siempre envidié su estilo de vida y su libertad que ahora intento emular. Y ella siempre añoró aquello que yo tenía, y que a mí tanto me ata a las diez mil cosas, que diría el Tao. Si al menos hubiéramos encontrado la manera de complementar nuestros deseos. ¡Ay la vida y sus paradojas!

Por decir algo, siempre se quejaba de que vampirizaba la realidad con mi escritura. Eso le creaba cierta incomodidad. Pero es lo difícil de vivir con un escritor. Si fuera un escritor cargado de imaginación no haría falta tirar de la vida cotidiana para describir todo tipo de hechos. Pero mi vida no tiene tregua, y casi no necesito imaginar nada porque la misma realidad supera la ficción. Al escritor Emmanuel Carrère le llueven las críticas y los halagos precisamente por eso mismo. Novela su propia vida, a sabiendas que la vida, por sí sola, no necesita muchos registros imaginativos. El recurso del diario, de la narrativa entre la realidad mágica y el mundo ordinario a veces no necesita mucho más, con todo los riesgos que ello conlleva. No se trata de desnudar la realidad y con ello a los personajes que la atraviesan. Solo se trata de describir algunos hechos objetivos, los mínimos, para sustraer de ellos la narrativa emocional e invisible que los acompaña. Pensamientos, reflexiones o ideas que puedan inspirar o ayudar al otro. Cuando uno recorre cierto camino, es bueno indicar donde está los obstáculos, retirando las piedras que puedan estorbar a los que nos precedan. Ese es deber de todo peregrino.

Así que hoy también fue un día duro y difícil, de afrontar interiormente de nuevo la soledad y el desapego, con todo lo que eso conlleva a cierta edad, y de quedarme sin un hermoso relato, siempre inspirador, motivador, alarmante y vivo. Es cierto eso que dicen sobre la existencia de personas que son como musas, que se acercan a tu vida y logran inspirar las más bellas melodías. Ella sin duda lo es, además de diosa, musa, soplo, sugestión, proeza. No pasa nada realmente en esta deriva inevitable. En la vida peregrina de todo guerrero siempre está la pérdida como moneda de cambio. Las batallas no están para ganarlas, sino para vivirlas en cada uno de los naufragios. Y siempre podré decir eso de que esta vida la viví, intensamente, aunque fuera en barca, o en esa inevitable tabla de naufrago.

El invierno aguarda, nuevas hogueras se encenderán, una nueva vida espera ahí fuera para ambos. Amar en silencio siempre fue hermoso a falta de abrazos y cucharas. Ahora el calor será interior, bullirá desde lo más profundo de ese lugar desde el que deberé realizar el verdadero trabajo mágico del alma. Nuevos aliados vendrán, nuevos caminos se andarán. Nuevos dioses aguardarán las sendas de la aventura. ¡Qué le vamos a hacer! A enemigo que huye, puente de plata, que diría Dolores. Pero esta vez desde el amor más absoluto, la paz interior, el duelo silencioso, el coraje necesario. ¡Buen Camino Palas Atenea! ¡Boa vida y boa onda!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 comentarios sobre “Martes y trece. Otro día duro

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