Solo fue un mal día…


Ayer domingo andaba corrigiendo un libro de seiscientas páginas de densa lectura místico-espiritual. A veces este tipo de lecturas te alejan de la realidad, y por lo tanto, del verdadero campo de experiencia interior. Los domingos son como un día cualquiera, y aprovecho para trabajar y adelantar todo lo atrasado, a poder ser, en cosas de buen agrado, como lo era este libro.

Me pasé todo el día en la cama, en pijama. Me quería dar el gusto de vivir un domingo laboral diferente. No desayuné, comí algo y a media tarde fui a echarle de comer a Meiga, que exigía su ración diaria, esta vez descuidada por mi placentero día. Cuando iba, qué se yo, por la página doscientos treinta o doscientos treinta y uno, vi aparecer tres figuras humanas que poco a poco se iban colando por el “circulo-no-se-pasa” de mi humilde cabaña. De nuevo, como en los viejos tiempos, una visita inesperada, sin aviso previo, sin concertar. Suele ocurrir demasiado a menudo, por eso estoy buscando la manera, no con mucho éxito, de esconderme cada vez más en el bosque y no sufrir este tipo de atropellos a la intimidad.

Resulta que era buena gente que querían hacerme una entrevista. Los llevé hasta la casa de acogida, porque siendo tan tarde, la entrevista era mejor hacerla al día siguiente. Y mientras les enseñaba las habitaciones, me topé al inquilino que excepcionalmente habíamos permitido pasar aquí el invierno a pesar de tener la casa cerrada, fumando porros. Se me vino el alma al suelo. Todo aquel que desea venir a este lugar por el cual no se paga nada si no se tiene o no se puede o no se quiere (de todo hay en la viña del Señor), se le hace firmar un papel de responsabilidad y compromiso en el cual está conforme con nuestros tres únicos acuerdos, y uno de ellos, el no fumar ni tomar alcohol ni tomar drogas es casi como un mandamiento sagrado para nosotros. ¿Por qué lo había hecho dentro de la casa, aprovechando mi día de descanso?

Debo decir que el tipo me caía bien. Joven, sensible, educado, trabajador, atento, virtuoso, divertido, con un pasado duro y un presente confuso. Le había cogido cariño y se lo demostraba en las tareas compartidas por la mañana y en la obligada partida a ping pong que hacíamos todas las tardes después de comer. Lo cuidaba casi como a un hermano, intentando respetar siempre sus tiempos y espacios y procurando que no le faltara de nada.

En la casa de acogida he visto prácticamente de todo en estos últimos siete años. Nunca expulsé a nadie, y a lo máximo que he llegado, cuando alguien se desmadraba demasiado, era invitarlo a que se fuera de vacaciones unos días. Muchos, por vergüenza torera nunca volvían. Pero esta vez la vida me estaba poniendo a prueba. Todos los que me conocen saben que no sé decir que no, que soy excesivamente permisivo y flexible con toda la gente, y que esa flexibilidad excesiva ha sido luego el fruto de cientos de abusos de todo tipo y problemas personales. “Tienes que aprender a decir que no”, “tienes que aprender a proteger lo que es tuyo”, “tienes que aprender a poner límites”… Esa es la canción diaria desde que fui al psicólogo en mi última crisis emocional hace ya dos años y el propio profesional me decía que tenía que luchar por lo mío y dejar de ir regalando mi tiempo y mi dinero a quien no lo merece.

Conté la anécdota con personas cercanas al proyecto y todas coincidían: “tienes que invitarle a que se marche. No está respetando el proyecto ni a ti como guardián del mismo”. Se me vino el mundo abajo. Como digo, el chico que me caía bien y le tenía cariño. Pero de alguna forma sabía que era mi prueba de fuego, mi graduado en decir “basta ya de tanto abuso”. Así que esta mañana temprano me fui a la ermita. Encendí la vela, toqué el gon tres veces al empezar y tres veces al terminar. Cogí aire, mucho aire, me fui a pasear a los perros con cierta tristeza y angustia interior. Volví, me puse a trabajar desbrozando el terreno de la futura escuela y cuando apareció con su cara inocente y de buena gente se lo dije.

Fue un momento terrible, doloroso, amargo. Sé que interiormente lo tenía que hacer. Sé que de alguna forma tenía que aprender a decir no, basta, hasta aquí. El chico, educado como es, lo entendió e hizo sus maletas, recogió sus animales y compartió una última comida juntos. Es un mundo muy complejo esto de las relaciones humanas. Pero aún es peor cuando intentas ayudar al otro, le abres las puertas de tu casa y de tu corazón y el otro te responde de esta u otra manera. A veces pienso sinceramente que debería dejar atrás este rol de buen samaritano, de dador, de hacedor, de intentar siempre ayudar al otro. A veces pienso que debería volverme un poco más gris, más solitario aún, más huraño y egoísta. A veces lo pienso, pero solo me sale decir: fue un mal día. Solo fue un día duro. Fue un día difícil. A todos nos pasa.

Hasta siempre amigo… buena suerte en tu peregrinar…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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Un comentario sobre “Solo fue un mal día…

  1. Felicidades Javier es importante ayudar al otro y obrar con justicia es parte de su propio crecimiento, por tu parte tu graduación ha sido un éxito así con calma y educación en las sociedad el hacer cumplir las normas nos aleja de la anarquía. Te admiro mucho.

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