Normalizar una vida anormal


Marzo de 2014 firmando libros en una terraza de bar en mi añorada Malasaña… había cierta normalidad en mi vida antes de venir a los bosques…

 

Ayer fui a comprar unos pastores para los caballos a la ciudad. Justo al entrar, instintivamente miré hacia la izquierda. Había una terraza y allí estaba, sentado, tomando un café y leyendo un libro. Paré el coche de golpe mirando que no hubiera nadie detrás. Me lo quedé mirando un buen rato. Casi se me hizo eterno. Una estampa normal, de alguien conocido tomando plácidamente el sol en una terraza de un bar mientras leía un libro y degustaba un café. Me pareció algo extraordinario y casi envidiable.

Intenté recordar la última vez que tuve la oportunidad de hacer algo así. O de vivir así, a mis anchas, sin dar explicaciones a nadie, sin mayores responsabilidades que las mías propias. Creo que fue hace siete u ocho años, antes de emprender este excesivamente ambicioso proyecto. Vivía en madrileño barrio de Malasaña, y allí me permitía, de vez en cuando, ese tipo de pequeños placeres. Especialmente en el café Ruiz, ahora ya tristemente desaparecido, y en el café de la Luz. ¡Qué tiempos aquellos!

Desde hace unos días pienso que de alguna forma me gustaría normalizar esta vida tan anormal. Quiero decir que me gustaría tener algo de tiempo para salir, tomar algo, cenar con alguien, ir al cine. Sí, ya se que con esto del Covid ahora todo eso es casi imposible. Pero incluso en estos días me impuse una necesidad aún mayor. Me gustaría ser más normal, tener una pareja, tener una relación estable con alguien e incluso tener hijos. No sé, algo normalito, aunque suene retro. Tanta vida extravagante, tanto ajetreo, tanto trabajar para ver tan pocos frutos, al final desanima. Y uno se vuelve mayor, y conservador de alguna manera, y desea, con la edad, hacer algo normal.

No busco fama ni gloria, ni siquiera tener mucho dinero. Las cosas vanas y materialistas nunca me llamaron la atención. Pero ahora, a mi edad, siento cierta curiosidad y deseo por tener una vida normal. Normal me refiero a unos mínimos de normalidad. Pero miro mi entorno, miro la obra que he ido construyendo estos años de excesivo trabajo y sacrificio y veo lo lejos que estoy de poder conseguir ni siquiera un ápice de vida ordinaria. Emocionalmente, entiendo que nadie podría fijarse nunca en alguien que ofrezca tan poca estabilidad material. Y menos aún que pueda comprender la complejidad de mi vida interior, de mis reflexiones, de mi moralidad o de mi forma de ver el mundo. “¿Qué no comes carne? Bueno, pero sí un vinito, ¿no? ¿Tampoco?” ¡¡Ufff!! Sí, lo sé, siempre fui un poco rarito y anormal. Y en la cama ni te cuento. Fetiches ninguno. Y de sexo, mejor ni hablar.

De poder hacer una selección, pocos, muy pocos, o ninguno quizás, sería capaz de entender el origen galáctico del comando Asthar, la honradez de los versos áureos pitagóricos, la diferencia entre el cuarto y quinto rayo, el significado profundo de la puerta estrecha, la necesidad de agacharse a la entrada de cualquier templo o el significado simbólico del Delta. Una conversación sobre ideales, valores o paradigmas vividos con intensidad es cada día más improbable. ¿Cómo explicar la diferencia entre ego y alma, y entre alma y espíritu, sin adentrarnos en los pormenores del plan, el propósito y la necesaria construcción del antakarana? ¿En qué terraza de bar podría yo buscar un interlocutor válido que se lanzara a la aventura de buscar leña, sembrar patatas y construir cabañas a la vez que hablamos de la hermandad blanca o los devas de la naturaleza mientras editamos al mismo tiempo libros de Dion Fortune o Bakunin?

No se me ocurre de qué manera podría vivir una vida normal, fuera de mis extravagancias y mis deseos incumplidos. ¿Qué clase de hijo, en la supuesta e imaginaria hipótesis de que encontrara a la que sabe volar, podría salir de padres tan volátiles? ¿Quién estaría dispuesta a pasar la prueba de sufrir un invierno encerrada entre nieves, silencio y sacrificio en una perdida cabaña en los bosques? ¿Quién podría entender la belleza de la rama dorada y la sutileza del arca lucis? Un casting muy difícil, casi imposible, al que ni yo mismo me atrevo a nombrar. Por eso sucumbo día tras día a la centrifugadora realidad. Lo siento querido mío, me digo a mí mismo. No hay normalidad que valga. Lo mío es anormalidad pura y dura. Lo mire por donde lo mire. Así que la imagen bucólica de verme en la terraza de un bar, meciendo el carrito de un recién nacido mientras releo las páginas de algún pesado libro deberé dejarla para próximas vidas. Es lo que hay… de momento…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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