A un mundo yermo


© Gobotoru Gobotoru

 

Vivimos en el drama postmoderno en el que lo ortodoxo se derrumba. La heterosexualidad, el matrimonio, la familia o la maternidad son sinónimos de algo antiguo. El trabajo asalariado y patriarcal donde una autoridad mayor, ya sea el Estado o el empresario, nos da trabajo para poder sobrevivir, se está convirtiendo cada vez más en un modelo caduco. También todo lo que tenga que ver con las antiguas instituciones. Hablar de Estado o Iglesia, de patria o nación, o incluso hablar de familia o relaciones continuadas es algo completamente añejo. Toda nuestra anquilosada civilización se está derrumbando frente a nosotros.

Lo nuevo no es muy esperanzador. En una de las eras más materialistas que se conoce, el derrumbe de todo tipo de valores se ve reforzado por un egoísmo cada vez más poderoso y extremo. El ser humano se está volviendo insensible, pero también inservible. En cuanto las máquinas se apoderen de todo, como ya lo están haciendo, y la inteligencia artificial crezca exponencialmente hasta límites aún no sospechados, el ser humano, dejará de tener sentido y utilidad.
Ni siquiera la poesía o el arte podrá ser algo exclusivo de nuestro drama. Ya no habrá encuentros con lo íntimo, ni siquiera con lo erótico. La sexualidad quedará relegada a la autogestión que en soledad padeceremos. Perderemos el sentido de las cosas. Volveremos a la oscuridad que nos pertoca por haber dado la espalda a los principios más básicos de solidaridad, fraternidad y consolidación de relaciones sanas y duraderas. Lo fluido matará a lo sólido, y lo sólido dejará de existir en todas sus dimensiones posibles.

Llegado el momento, el autosuicidio de una civilización entera será el mejor de los pronósticos. Este nace del hecho de que los seres están siendo educados para vivir aislados, basando sus relaciones ficticias en máquinas que reclaman atención continua, creando la ilusión de estar conectados a algo. Pero realmente ocurre todo lo contrario. Nos desconectamos de lo esencial, dejamos de tener relaciones basadas en la intimidad, en el tacto, en el placer continuo del abrazo, del tocar al otro, del mirar al otro, de pasar juntos una vida de riesgos continuos. Dejamos de amar y el verso se vuelve papel mojado, olvidado, arrojado al más oscuro de los vacíos.

¿Qué fue del roce, de la complicidad, del riesgo en el camino? Ya no queremos contaminarnos con el otro, contagiarnos de sus manías, de sus malos días, de sus tonos grises y sus oscuras noches. No queremos albergar la esperanza del mañana, ni de saltar de júbilo ante la gloriosa primavera. Ya perdimos la noción de estar vivos, porque nos conformamos con mirar una fría pantalla que satisface lo inmediato, lo epidérmico, lo estéril. Ningún fruto saldrá de esas relaciones encorsetadas y seleccionadas en la frialdad de la distancia. La tierra se volverá yerma.

El mundo, baldío, terminará muriendo. Ya nadie está dispuesto a mancharse las manos de barro y aprender a jugar a la vida. Ya nadie querrá quitarse nunca más la máscara que nos han puesto, la desconfianza que ahora albergamos hacia el otro, la distancia social impuesta bajo el mandato del miedo y la acritud. Cierran los bares, las plazas, las calles desiertas, el mundo vacío, triste, apagado. No, no es el virus. Somos nosotros, que en eso nos hemos convertido. Es el fruto de lo sembrado. Es la cosecha de nuestro más absoluto materialismo. Veremos qué sembramos ahora. Veremos qué cosechamos en el mañana, de haberlo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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