Teoría del egregor


© Vassilis Tangoulis

 

La Mente es el gran destructor de lo Real.
Destruya el discípulo al Destructor.
(H .P. Blavatsky.- La voz del silencio)

Un egregor puede ser muchas cosas, pero sobre todo, en terminología cristiana, es lo más parecido a una posesión. Son como especie de energías, emociones, pensamientos o entidades que se agregan a nosotros mismos, formando algo que no nos pertenece, pero nos acompaña e influye.

Hay varios tipos de egregor según su naturaleza. Puede ser un egregor genético, es decir, que corresponde a la información de nuestros antepasados, de ahí la importancia a veces de romper con tu árbol genealógico y separarte inevitablemente del mismo. ¿Cuántas veces dejamos de ser nosotros para complacer a nuestro clan? ¿Cuántas veces creemos que somos hijos de una familia, una tierra, una etnia o un grupo, olvidando que nuestra alma ha viajado por todas las tierras, por todas las etnias, por todos los grupos? Las creencias subjetivas sobre nuestra procedencia no debería ser más fuerte que nuestro yo real.

Existen egrégores energéticos, que se acoplan a nosotros para influir en nuestro estado de ánimo. A veces decaemos sin saber exactamente porqué. Simplemente nos cambia el ánimo, la fuerza vital, la energía que nos mueve, y nos sentimos apáticos, desanimados, sin alma. La energía que nos mueve es el halo vital del espíritu creador de todas las cosas, pero a veces tenemos la sensación de que esa presencia no está, y sí otra de naturaleza más extraña y desafiante. ¡Cuidado con los estados de ánimo que no nos pertenecen! No dejemos que nadie ni nada vampirice nuestra energía, nuestro chi, nuestro fuaaaa (os dejo el enlace para entender qué es el egregor de un viajero errante). 

También existen los egrégores emocionales, normalmente provenientes de eso que llaman el bajo astral, una especie de entidades que viven de vampirizar las emociones de otros, sobre todo de aquellas producidas por nuestra propia incapacidad para ordenar las emociones más destructivas. ¿No os pasado alguna vez que estáis irreconocibles ante acontecimientos insoportables? “Pareces poseído”, nos dicen las pobres almas que tienen que soportar nuestros ataques de ira, rabia o frustración, nuestras idas y venidas, nuestros desmanes y desplantes. ¿Cuántas relaciones no se han roto en momentos de auténtica posesión? “No te reconozco”… ¿Os suena?

Los egrérores mentales son más sutiles, pero están ahí. Son aquellos que viven en el plano mental y suelen inspirarnos ideas, a veces buenas, otras macabras. Muchos tipos de esquizofrenias y paranoias tienen que ver con esto. A veces perdemos la cabeza cuando hemos puesto al límite nuestra química interior. No debemos olvidar que nuestro cuerpo es una máquina que debe ser cuidada. Y cuando no lo hacemos, falla, y se bloquea hasta desfallecer. Cuidado con todo aquello que metemos en nuestro cuerpo, porque algún día este puede colapsar y podemos perder, literalmente, la cabeza.

También están los egregores asociados, aquellos que se crean cuando se pone en práctica un ritual grupal. Este egregor puede ser inducido o excitado, consciente o inconscientemente. También se pueden crear de forma consciente egregores que nos ayuden en algún tipo de tarea, pero esto estaría más cerca de la magia.

Lo importante es saber o determinar qué tipo de egrégores influyen en nuestras vidas y como evitar que esa influencia sea determinante. Tener autocontrol sobre nuestro yo no es siempre posible. A veces algunos malentendidos pueden ocasionar que se apodere de nosotros algo que no somos nosotros mismos. Los agregados psíquicos, los clones híbridos, la periferia de todo aquello que no somos, pero que de alguna forma nos influye hasta el punto de que, en ocasiones de pérdida de control, nos enajena.

La mente, así como los sentidos, distorsionan la realidad al mismo tiempo que la realidad distorsiona nuestro verdadero yo. Es algo complejo y difícil de entender. Pero si uno se observa a sí mismo, si encuentra su verdadero yo real y puede experimentar desde la observación todo aquello que no le pertenece, pero que de alguna forma le influye, puede discernir lo real de lo irreal, y puede llegar a destruir todo aquello que nace de lo ilusorio. ¿Queremos realmente a esa persona o queremos la imagen que hemos creado sobre ella? ¿Nos gusta realmente lo que hacemos o lo hacemos porque no somos capaces de imaginar otra realidad que la impuesta por la cotidianidad, el tedio o lo normalizado?

La frase del templo de Delfos no era ninguna broma: conócete a ti mismo. Eso es lo más complejo, pero también lo más esencial para entender quiénes somos, qué hacemos aquí y para qué hemos venido, en definitiva. Sí únicamente estamos viviendo la vida de los agregados psíquicos, de los egregores que no nos pertenecen o de los clones híbridos que simulan nuestra existencia sin ser esta real, entonces andamos perdidos en un mar de confusión, en una vida que se apaga y de la cual no somos capaces de extraer todo su jugo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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