Honrando a la apestosa desde el agregado psíquico


El aislamiento puede llevar al control. El control a la incertidumbre. Las palabras y la repetición del mensaje pueden llevar también a cierta manipulación emocional. Cuando todo esto se conjuga, puede llevar a un sistemático lavado de cerebro, siempre y cuando se tenga de eso, porque a veces tal lavado no es necesario. Simplemente, sucede. Sucede que nos manipulan, que nos atontan, que nos empujan a pensar o sentir de una u otra manera. Es algo muy sutil. Ocurre en los gobiernos, en la prensa, en la empresa, en las instituciones, pero también en las relaciones, especialmente en las relaciones.

Las sectas, los gurús, los dogmáticos, los líderes carismáticos, saben mucho de eso. Es muy fácil manipular las mentes de los que buscan respaldo y aceptación, amor o cariño, sentido de familia o admiración. Hay personas que se convierten en tiranas, a veces sin darse cuenta, cuando descubren que pueden ejercer cierto control sobre el otro. Cuando creen que tienen cierto dominio sobre sus vidas. Entonces se vuelven manipuladoras hasta que, de alguna manera, anulan la voluntad de su víctima.

A niveles más amplios y genéricos, ocurre lo mismo. Lo estamos viendo con la pandemia, pero también con los nacionalismos, con el fútbol o la identidad. Con todo aquello que te haga creer que estarás a salvo en cualquier rebaño, asumiendo lo que el líder de turno nos diga que tenemos que asumir. ¡Tendremos que sacrificarnos! Nos dicen algunos mientras por detrás se meten la vida padre. ¿No os suena de nada? Ese sacrificio no va con ellos. Forma parte del control mental necesario para que unos pocos, los de siempre, pues puedan seguir metiéndose la vida padre. Es todo un circo. Y nosotros, sus bestias.

Cuando no se tiene criterio propio, es fácil ser manipulado. Y cuando se tiene criterio, cuando se es crítico con la realidad, es fácil ser estigmatizado, señalado, insultado, abandonado o incluso envenenado. La inteligencia al servicio de la benevolencia no es sinónimo de paz y amor. Miren sino lo que le pasó a Jesús, el que llaman el Cristo. Uno puede acabar en cualquier cruz si se posiciona en contra del criterio unánime, que como digo, suele ser siempre manipulador, coercitivo, anulador de la voluntad individual.

Para eso se inventaron las modas, los partidos, las clases, las razas. Si no vas a la moda no eres aceptado públicamente, por poner un solo ejemplo. Es una forma de manipulación encubierta. Si no piensas como los demás y actúas como los demás te expulsan del rebaño. Normalmente, para confundir, se suelen dividir los rebaños en dos: los buenos y los malos. Los del Betis y los del Sevilla, los de izquierdas y los de derechas, los blancos y los negros, los nacionalistas y los patriotas. Pero esa es la trampa, la forma que tienen de manipular. Lo mismo ocurre en el colegio, en el instituto o en la universidad. Es algo que se reproducen siempre. La propia enseñanza nos dice que tienes que ser el mejor y sacar buenas notas. Es una forma de manipulación basada en el éxito. Si no tienes éxito, eres un mediocre, y ahí empieza el control, la manipulación.

Recuerdo en el colegio que había una niña que me parecía excepcional. Los niños, a veces malévolos, la llamaban la “apestosa”. Sus padres tenían un pequeño rebaño de cabras y ese olor característico impregnaba todas sus ropas. A veces traía para desayunar huevos recién cogidos de su corral que se comía crudos delante de todos. Los niños, incrédulos, la miraban con desconfianza y con cara de asco. A mí, sin embargo, su libertad, timidez y valentía me fascinaban. Fue una gran maestra, con la cual convivía en silencio, y de la cual aprendía atentamente. Daría cualquier cosa por saber qué fue de ella.

Los niños aislaban a “la apestosa”. Conmigo no llegaban a tal extremo, aunque también formaba parte del grupito de raritos que había que tener controlados y aislados. Nunca te invitaban a sus fiestas y nunca participabas de sus secretos. Eso creaba incertidumbre entre los más vulnerables, entre los que me encontraba, especialmente por frecuentar y defender siempre que podía a los más raritos o estigmatizados. Había una cruel repetición del mensaje estigmatizante que iba de uno a otro dependiendo de a quien le tocara turno para saciar la podredumbre humana. Sin embargo, había algo que no conseguían, y era el lavarnos el cerebro. En eso no nos ganaban, porque los raritos, al menos algunos, teníamos capacidad crítica, y sobre todo, teníamos formas de rebeldía, a veces rebeldía encubierta, pero rebeldía al fin y al cabo.

Lo cierto es que nunca me atreví a comer, a pesar de sus reiteradas invitaciones, aquellos huevos frescos recién cosechados de su pequeño corral, pero mi propia rebeldía me hizo ir más allá: tener mi propio corral. Comprendí que para ser aceptado socialmente debía anular por completo mi propio criterio, mi propia forma de ver y entender la vida. Si te sales del redil, si no actúas como se supone que debes actuar, te insultan y te señalan. Forma parte del control mental, de la manipulación social. Pero como le pasaba a esa niña encantadora, tímida y libre, nunca acepté del todo lo normativo. Y quizás por eso durante toda mi vida me vi forjado a ayudar a los estigmatizados, a los señalados, a los raritos, no importa si lo eran material, emocional, intelectual, social o espiritualmente. Ahí estaba yo, alineándome a esas fuerzas contrarias a la norma para echar siempre una mano. Y quiero resaltar ese pequeño “yo”, no como acto de falsa humidad, sino como acto de reconocimiento a todos esos “yoes” que tienen inteligencia y criterio propio para hacer lo que sienten en cada momento que tienen que hacer. Por supuesto, siempre desde la lealtad al principio de oro de no desear el mal a nadie.

Y bueno, debo decir que de alguna forma me he convertido en un pobre apestado, como aquella hermosa niña despeinada, de extrañas ropas, pero elegante figura y andar. Un apestado posmoderno que cría sus propias gallinas y vive a su manera, como un alma libre, a expensas de que la vida disponga y ejerza su soberanía más allá de modas y preámbulos. Y no lo digo despectivamente, al contrario, lo digo desde la dignidad más absoluta. Un apestado de pies a cabeza, especialmente ahora que no para de llover, hace frío y no funciona el agua caliente. ¿Y por qué todo este rollo? Porque llevaba meses sin comer huevos de las gallinas felices. Pero había muchos acumulados y se me ocurrió comer uno estrellado en el arroz. Y eso creó realidad. Y me vinieron recuerdos. Son los agregados psíquicos de los que habla mi añorada soñadora. Pues eso, un agregrado psíquico, sin más.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 comentarios sobre “Honrando a la apestosa desde el agregado psíquico

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