El operador laplaciano


«¡Qué locura!» Goya Lámina 68 de Los desastres de la guerra

 

“El odio es un lastre, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado.”
American history X (1998)

Bueno, cabrearse es humano. No siempre todo fluye de forma armónica. Como cuando hoy esa hermosa rubia, despampanante, casi perfecta, me ha invitado a no sé qué rollos de fruta y le he tenido que decir, “lo siento, odio la fruta, soy galletariano”. A veces uno tropieza, se enfada, se despeina, sufre accidentes, las cosas no funcionan. Hoy era uno de esos días. Empieza mal y termina mal. Es normal, está lloviendo, hace frío, la soledad es abrumadora. Te desahogas con tres paseos, uno por la mañana, antes del desayuno, otro después de la comida y el último antes de la cena. Intentas trabajar algo. Claro que es difícil concentrarse cuando todo sale mal. Son días grises, qué le vamos a hacer. Pero el odio es un lastre… ¿cómo es posible que no me guste la fruta?

Luego recapacitas. Empiezas a correr tras la sombra de tu amigo canino. Te cansas y te das cuenta de que ya tienes una edad. Rozar los cincuenta ya no es una broma. El corazón se acelera. Tengo que parar. Los mareos siguen ahí, hay que tener cuidado. Y los achaques, cuando no es una cosa es otra. Y eso que para algunas cosas parezco aún joven, adolescente diría. “Debería comer fruta”, pienso para mis adentros.

Odiar no odio a nadie, excepto a la fruta. Por suerte a las personas no. Hay gente que me cabrea porque hay gente estúpida e insolente. Pero de todas, las que especialmente me incomodan es la gente egoísta que solo piensa en sí misma y en sus emanaciones. Sobre todo si luego no atiende correctamente a las emanaciones. Pero esto es un problema de perspectiva. Cuando le he dado esquinazo a la rubia ni siquiera me ha intentado convencer de las delicias de la fruta. Se ha marchado ofendida. Los egoístas deberían estar solos y no juntarse con los otros. Solo saben manipular, distorsionar y embaucar al desprevenido para sacar algún tipo de interés o rédito. Sí, un problema de perspectiva y expectativa. No se puede tener expectativas sobre nadie. Por norma, la gente tiene vida propia, y tiende a fluir según capee el viento. Ya no hay principios sólidos, ni compromisos sólidos, ni respuestas sólidas cuando uno se equivoca. Lo siento querida, no me gusta la fruta, qué le vamos a hacer.

Y es cierto, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. Por eso solo me cabreo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Es humano. No se puede evitar. No siempre los caminos son de rosa. Lo normal es que haya baches, curvas peligrosas, accidentes. Sobre todo si caminas. Si te quedas inmóvil al borde de la senda nada ocurre, pero nada aprendes, nada creces, nada mejora. Los que se equivocan son los que caminan, y cuando tropiezan, pues a veces se enojan. Porque si caes y caes mal te haces daño, y eso crea una reacción psicológica que produce primero dolor físico, y luego sufrimiento emocional o psíquico. Es el añadido, el extra al dolor. Podríamos evitarlo, pero no siempre es posible, porque a veces los dolores no solo son tangibles. Están los dolores que no se ven, que nadie ve, pero que están ahí.

Estos días de absoluta soledad me veo a veces hablando solo. Es lo bueno de no sentirte manipulado por nadie, ni por las noticias, ni por embaucadores vendedores o políticos de turno. Luego pienso que me estoy volviendo loco. Y luego me doy cuenta de que loco de remate ya estaba y que el hablar solo tampoco tiene nada de malo. Pero por si acaso apareciera alguien de repente y me viera hablando con las flores o con los árboles, intento disimular mis circunloquios echando unas charlas con el amigo Geo o con los patos o con las gallinas, que como no tienen gallo que las defienda, me toca a veces cacarear imitando cierta gallardía de la que no dispongo.

La verdad es que nunca me gustó la fruta y nunca fui un gallito. En el colegio los niños me pegaban cuando veía los tropezones de plátano que me escondía en los bolsillos disimuladamente. Aprovechaban que era un niño tonto para darme capones. Ocurrió lo mismo en el instituto. Por suerte esos garrulos no pasaron a la universidad, así que allí tuve cierto consuelo, y como las guerras eran más bien ideológicas, me vine arriba, porque en esas batallas casi nadie me ganaba. La logística de mi mente se hizo poderosa, y me di cuenta que, en el mundo de las ideas, podía tener cierto éxito. Y al darme cuenta, empecé a ligar algo, no mucho, pero algo. El rollo dandi intelectual atrae hasta cierto punto. Sobre todo si eres algo rarito, vegetariano, no tomas drogas ni alcohol y te codeas con gente extrañamente fuera de lo normal. Eso sí, cuando las mujeres descubren que no te gusta la fruta, desaparecen volando. Si no le gusta la fruta, algo esconde. No mola, da desconfianza. Lo sé. Una pena.

De todas formas, desde que estoy en los bosques ya no tengo ningún tipo de éxito. Ni social, ni intelectual, ni material ni varonil. He dejado de ser un macho delta (los alfas ya no están de moda) y me he convertido en un operador laplaciano, es decir, en una persona de segundo orden. En el fondo me encanta, porque es como volver a la infancia, cuando los niños más perversos te pegaban capones en el patio. Esos capones tuvieron el efecto de volverte fuerte por dentro, de hacerte inevitablemente más introvertido y por lo tanto, más espiritual. Ahora me pasa lo mismo. Me estoy volviendo más espiritual y más fuerte, aunque de vez en cuando me cabree con la gente que se empeña en darme fruta de postre. ¡Qué le vamos a hacer!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 comentarios sobre “El operador laplaciano

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