Su presencia


La persona que nos ha pedido hoy ayuda viaja con dos yeguas… 😦

 

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque
por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.
(Hebreos, 13-2)

Entro en el cuarto y cierro la puerta. Leo las letras de una nueva llamada de auxilio. “Me quedé sin dinero y llueve y estoy un poco agobiado acampando por el monte y no sé muy bien a dónde ir… ¿podríais echarme una mano?” Cierro los ojos e intento buscar luz. Cierro los ojos y abro el corazón y noto su presencia. Es hora de hablar directamente con Deus.

El corazón acelerado, los secretos de la gente, la vida que se expresa. Tengo frío. Llega su presencia y tiemblo. En los montes hace frío. ¿Y qué comeré? ¿Y dónde dormiré? Ya no es él, ahora también soy yo. Porque llueve. Llueve, llueve mucho y hace frío. Lloro. Lloro ante la presencia, ante la impotencia, ante el dolor del otro, el sufrimiento. Cierro los ojos aún más. Abro el corazón. Es hora de hablar directamente con Deus.

Doblo las rodillas, me inclino. Siento su presencia. Junto las manos imitando a los que oran. No soy digno de que entres en mi casa, pero necesito Su presencia. No soy un santo, solo un mendigo más, un peregrino que necesita sanar. Pero las lágrimas vienen, el otro sufre, y yo aquí, buscando su presencia. No quiero oro ni plata. No quiero nada, excepto su presencia. Ya nada me importa. Me postro ante la grandeza y ante mi ridícula expresión. Amor, compasión… hace frío, mucho frío…

Salgo fuera, miro el cielo abriendo los ojos. Llueve, llueve mucho… Hace frío… entro en la habitación y cierro la puerta. Cierro todas las puertas para que se abra el alma, para que explote toda su grandeza, para que la compasión sea siempre gobernada por la justicia, la sabiduría y el buen obrar.

“Llueve y estoy agobiado”… No me detengo en la oración y en las lágrimas. El corazón acelerado requiere su presencia. Sin conocer sus secretos, sin poder acercar la mirada a lo más lumínico, pero sabiendo que una palabra bastará para sanarme. Su presencia es medicina. Abro el corazón, y al hacerlo, también abro el alma para que todo resplandezca en clara luz.

Y me levanto, conmovido. Abro la mano ardiente. La extiendo y abro las puertas de la casa. Todo se extiende, todo se multiplica. El frío se va, deja de llover. Sale el sol y los ángeles cantan en el coro celestial ese aleluya esperado. ¡Que vengan! ¡Qué vengan! Y que sea lo que Deus quiera…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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