Una situación desesperante


El antes y el después de la Casa de Acogida

 

Estamos viviendo un tiempo complejo y seguramente a muchos nos hará cambiar la forma de ver el mundo. Pero más allá de eso, estamos viviendo un momento de mucha ansiedad, crisis y desesperación. La posibilidad de una segunda oleada de pandemia junto a las medidas que eso conlleve está removiendo a mucha gente que, de forma desesperada, busca una alternativa de vida.

En el proyecto estamos recibiendo decenas de peticiones, algunas incluso internacionales, para venir hasta aquí. Hoy alguien ha llamado por teléfono, con cierto tono de desesperación y tristeza que me ha conmovido poderosamente. Pedía auxilio, algo de comida y alojamiento a cambio de trabajo, algo de compañía desesperadamente. Casi como un robot, intentando alejarme emocionalmente de todos los que piden ayuda en estos tiempos, le he contestado con la retahíla habitual: estamos cerrados hasta el 21 de marzo, lo siento.

Pero tras colgar la llamada, me he sentido como un extraño para mí mismo. Llevo toda la vida ayudando a todo el que podía y egoístamente, he decidido ayudarme a mí mismo en estos meses de soledad y cierre. Sin embargo, he descubierto afanosamente, tristemente, que al alejarme del otro, me estaba inevitablemente alejando de mí mismo. Que al cuidarme y dejar de cuidar al otro, estaba volviéndome cada vez más inhumano, si es que esa palabra u hecho es posible, o si es que esa condición existe.

Esa voz desesperada ha removido algo dentro de mí que estaba cerrado a cal y canto. Me fui corriendo hasta la casa de acogida, ahora cerrada. Conté las camas que existen actualmente: cuarenta plazas. Miré la despensa vacía e hice un cálculo aproximado de qué costaría abrir de nuevo el lugar, acoger a todo el que pida auxilio y saltarme todas las normas anti-Covid, con sus consecuencias, y con el riesgo que ello conlleva para todos. La casa es habitable en verano pero no en invierno, aún no hemos conseguido la calefacción. Miré los espacios privados con posibilidad de calor y solo son tres, quizás para albergar cómodamente a unas seis personas en invierno. Puse en la balanza mi felicidad actual, mi paz, mi tranquilidad y mi bienestar en un lado, y en otro lado puse la desesperación del otro. Inevitablemente ganó la segunda.

Así que durante estos días voy a ver como puedo hacer, aunque sea de forma sigilosa, todo lo posible para volver a acoger al otro, abrir las puertas de este hermoso lugar y de paso también de mi corazón, y volver a retomar el amor en acción, la espiritualidad realmente válida de poder ofrecer al mundo algún tipo de paz y reposo, de esperanza y alivio, algún tipo de oportunidad e inspiración. Aún no sé como hacerlo, es algo complejo y difícil. Pero tengo que hacer algo, no puedo seguir regodeándome en este egoísmo e individualismo mientras haya gente sufriendo. No puedo seguir la senda de un mundo acabado. Debo esforzarme en construir una nueva, cueste lo que cueste. Un nuevo hogar, una nueva casa, una nueva esperanza renovada. Hay mucha gente que vive cómodamente vidas plácidas y tranquilas. Pero hay mucha otra que aún requiere cuidado y atención. Cumplamos con nuestra parte, sea la que sea…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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