Pequeño tratado sobre pobreza práctica


O Couso hace unos años…

 

Sin duda hay muchos tipos de pobreza. No voy a hablar de la pobreza extrema que mucha gente padece, sino más bien de la nuestra, de la pobreza occidental, de esa de la que no se habla porque es compleja y difícil de tratar o aceptar. Somos pobres a muchos niveles, pero especialmente a nivel espiritual. No sabemos nada, ni nos interesa, sobre el más allá, sobre la gestión del universo, la creación, la resurrección de los muertos, los advenimientos espirituales de cada época, la sensibilidad hacia nuestros hermanos los animales, ni qué decir hacia nuestros hermanos bípedos. Nada queremos saber sobre la gestión del Misterio. Nada sabemos de nuestra constitución humana, de cuantos cuerpos tenemos, de cuantos egrégores nos dominan, de qué forma nos influye el alma-grupal al que pertenecemos y de cuantos componentes está clasificada toda nuestra cuenta karmática.

Sobre las leyes de causa y efecto, sobre las de atracción y genero, sobre aquellas que afectan a nuestro mundo atómico, pero también a nuestro mundo energético y astral, nada nos dicen. Hablamos de la mente pero no conocemos sus misterios. Tampoco nos interrogamos sobre la diferencia entre mente concreta y abstracta, y de las posibilidades de la imaginación o la intuición. No sabemos nada de telepatía, ni nadie nos cuenta como ejercer influencia en el mundo mediante la entrega pragmática hacia las fuerzas y energías de cada tiempo. Somos prisioneros de algo que llaman maya, glamour o ilusión, pero nadie nos explica como forjar nuestra liberación oportuna.

A nadie se le ocurre hablar de chohanes, de logos, de arquetipos, de ciudades más allá de la materia, o de sus habitantes, esos que antiguamente llamábamos santos o maestros, o de los discípulos de los mismos, que a veces se les conoce como adeptos y que puntualmente regresan a la tierra para echar una mano en cuanto avanzadilla espiritual. Nadie distingue correctamente un discípulo aceptado de un probacionista, porque las escuelas que imparten este conocimiento han sido vaciadas de inteligencia y ahora solo se dedican a buscar fama y dinero. Nadie nos habla del toque de clarín, y de como ello puede afectar a la necesaria travesía por el desierto, o a navegar por entre las aguas, que todo, a nivel simbólico y arquetípico, tiene una explicación velada.

Nuestra pobreza es tan grande que apenas distinguimos entre alguien que aspira a encontrar un trozo de luz y conocimiento y aquel que ha conseguido enfrentarse a sus primeras pruebas iniciáticas. Ya no se enseñan los ritos y la magia, ni se profundiza en el necesario contacto con la naturaleza, desde el respeto y la admiración que deberíamos sentir hacia esos seres que progresan y evolucionan de forma paralela a la nuestra en los mundos dévicos. Nada sabemos sobre los siete rayos, sobre los siete cuerpos o las siete dimensiones, ni nadie nos explica por que estamos en un mundo cíclico, dual o septenario.

Sobre los mundos invisibles, a penas podemos decir nada. Estamos tan pobres de verdades e intuiciones, de maestros y adeptos que nos puedan guiar, que jamás pensaríamos en la posibilidad, aunque fuera remota, de comprobar en nosotros mismos los velos, la alquimia y todo lo que provoca en nosotros el comer unos u otros alimentos, unas u otras energías, unos u otras emociones, unos y otros pensamientos. ¿Qué sabemos sobre el fuego cósmico? ¿Y sobre los efectos de la meditación en la construcción del antakarana?

Aún nadie nos dijo que posiblemente todo es más complejo, y dada la tamaña complejidad de todo, merecemos estar distraídos y pobres. Sería imprudente, de no haber madurez en ciertas ideas, cierta sensibilidad hacia otros reinos, cierta empatía hacia la vida, formular ideas y arquetipos que no correspondieran a nuestro nivel evolutivo. La imprudencia se podría resumir en catástrofe si, al no desarrollar cierta habilidad para las pruebas que se presentan, no tuviéramos las capacidades suficientes para avanzar. El camino es arduo, y estamos en la época de lo epidérmico y sensiblero. Nadie, en nuestros tiempos, desea riquezas que requieran embarrarse en los caminos enfangados. De ahí nuestra pobreza.

Y de ahí que estemos llenos de cosas, pero seamos pobres, al menos pobres interiormente, sin capacidad para contactar con ningún tipo de elemento que nos pudiera hacer sospechar lo más mínimo sobre la posibilidad de que existiera algo más de lo que podemos percibir desde el mundo de lo tangible. Las puertas se cierran para aquel que no quiere ver, y el mundo se torna pobre y nefasto para el que no desea avanzar más allá de sus propios límites. Como dice un viejo adagio: si queréis seguir los métodos del yoga, es necesario seguir igualmente la vida del yogui. ¡Así de pobres somos, ignorando las maravillas que nos aguardan!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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