La cofradía de los cobardes


Uno de los espacios recuperados a la antigua ruina, aún por terminar

 

Esta mañana hacía un recorrido por toda la finca para fotografiar los avances de este último año y redactar un pequeño informe con sus detalles, una especie de memoria de actuaciones y mejoras. Viendo las fotos y el informe, la verdad es que han existido muchos progresos este último año, a pesar de los obstáculos que hemos sufrido. Avances que no siempre están a gusto de todos, pero que, a mi parecer, han sido toda una proeza. Levantar una ruina sin medios económicos, entregados al esfuerzo de todos bajo la economía del don, ha tenido su mérito. Claro que cuando vienes por primera vez, acostumbrados a vivir en auténticos lujos asépticos, limpios y cuidados, la ruina en la que estamos trabajando puede echar para atrás a más de uno.

Hace unos días vino alguien a visitarnos. Quería quedarse unos días, pero nada más llegar empezó a disparar, a criticar sin ton ni son, que si esto está mal, que si aquello está peor, que si no hacéis bien las cosas, que todo lo que hacéis es un desastre… Estuvo un buen rato salpicando la atmósfera de negatividad, mientras yo, con una sonrisa condescendiente, construía paciente el tejado de una nueva cabaña y le decía alegre: al menos lo hemos intentado. Esa respuesta le desesperó aún más y se marchó como había venido. Por dentro realmente me sentía feliz y tranquilo por hacer lo que podía. Soy editor y antropólogo, no constructor. El mérito de todo es que dónde antes no había nada, ahora hay algo. Imperfecto, claro, pero algo.

Realmente sus críticas estaban totalmente justificadas. Admiro que tuviera el valor de hacerlas y que fuera capaz de ver todo tipo de defectos en el esfuerzo titánico que se ha hecho en estos últimos casi siete años. En un mundo de cobardes que se esconden, que no dan la cara, que hacen daño en sigiloso silencio, gusta la gente clara y valiente, abierta y sincera. Bueno, gusta hacia cierto punto, porque si no haces más que criticar, llega un momento que el mensaje cansa y la actitud aturde. Cierta crítica amable siempre es positiva, siempre que venga acompañada de una acción de cambio, de un contraste, de una disposición para echar una mano.

Por eso a veces uno piensa que esa valentía vacía, carente de acción, amor o compasión viene acompañada de cierta frustración. Porque el problema, por llamarlo de alguna forma, de hacer cosas, es que cuando haces, cuando construyes algo, te equivocas, casi inevitablemente, a no ser que seas una persona talentosa o un genio. Y el que no hace, y aquí hay otra segunda cobardía, nunca se equivoca, y puede degollar desde la crítica aséptica al que se atreve a mancharse de barro. El no hacer destruye mundos. El punto insalvable entre la crítica y el no hacer solo puede contraer destrucción.

A nivel social puede ocurrir lo mismo. No paramos de criticar al gobierno, a los empresarios, a los masones, a los iluminati, a los de aquí y más allá, pero realmente, poco hacemos nosotros para mejorar las cosas. Siempre queremos que los otros las mejoren para nuestro beneficio. Siempre esperamos con cierta desesperación y falso orgullo que un empresario nos de trabajo, que el gobierno mejore nuestras condiciones, que aquello y que lo otro. Pero realmente nada arriesgamos para ser nosotros los que cambiemos nuestra propia situación.

Es como una cofradía de cobardes que se esconden debajo del santo suplicando algún milagro que mejore sus vidas. El santo, que es de madera y no entiende el idioma cobarde, sigue paciente la procesión hasta su destino. En cambio, cuando alguien se atreve a rebelarse ante ese orden establecido, el suyo propio, el yugo muchas veces inconsciente, algo conspira a su favor. Deja tranquilo a los santos, a los dioses, al universo entero y se dispone a colaborar activamente con lo invisible. No le pide nada, solo da. No espera milagros, los obra. Se equivocará una y otra vez, fracasará una y otra vez, pero siempre podrá decir, complaciente: al menos lo he intentado.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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