Un día cualquiera de vacaciones



Antes las vacaciones eran de treinta interminables días. Este año no he tenido vacaciones, excepto el día de ayer, donde pude condensar en algo más de 24 horas todo un mundo de experiencias. Pasé la noche perdido en un bosque, como en los viejos tiempos. Adentré el coche en una interminable frondosidad iluminada por una luna llena exuberante. Esa sensación de incertidumbre cuando te recoges en el colchón adaptado al pequeño recinto es siempre conmovedora. La aventura de dormir en cualquier parte, como un vagabundo o como el loco de las cartas del tarot no tiene precio.

La noche fue plácida, incluso cuando descubrí a menos de dos palmos de mi rostro a una hermosa ninfa blanquecina que hacía dibujos con el vaho condensado en los cristales. Primero sentí un temor vago y pasajero, luego me adentré en el mundo onírico confundiendo los ruidos propios del crepúsculo con el complejo mundo astral. Al alba estaba rodeado de una densa niebla que lo cubría todo. El coche estaba completamente sumergido en un mar blanquecino y espumoso. Pude salir del bosque de aquella manera y desayuné de lujo en la borda de un antiguo galeón. Diéronme una gran tostada de tomate y aceite junto con un gran zumo de naranja recién exprimido. Mentalmente seguía trabajando en las Odas de Salomón, pero materialmente vivía la experiencia de sentirme servido, de vacaciones. ¡Qué gozada! No cabía de contento en aquella amplia cubierta.

Tras salir del galeón llegué hasta la orilla del mar, busqué un gran acantilado y allí me di mi primer baño en dos años, si no tenemos en cuenta el chapuzón que en pleno invierno me di en tierras de Israel. El agua del Atlántico es bien fría, pero pude nadar entre las rocas de aquella paradisíaca cala totalmente anónima y recóndita durante una brevedad. Tomé el sol y ante mi cuerpo desnudo, me di cuenta de su blancura y deformidad. ¡Tengo que cuidar el body! Me decía interiormente mientras tocaba y retocaba mis chichas flotantes. Lo de bañarme era algo que no me permitía desde hacía excesivo tiempo. Siempre trabajando y atendiendo a los demás, me había descuidado en exceso. No es que yo sea un enamorado de la playa, y a pesar de que nací a las orillas del Mediterráneo, nunca sentí una gran atracción por el mar. Ni siquiera por su forma poética, la mar. Pero un día es un día, y además, ese era mi día de vacaciones, y había que disfrutarlo.

Cuando la marea alta empezó a engullir de repente la calita rocosa, tuve que abandonar rápidamente el lugar, instalarme en una roca con mayor altura y seguir plácidamente tostándome al sol. ¡Qué rojo me puse! Cuando pensaba que esto lo hacía mucha gente por semanas seguidas, me puse nervioso y marché rápidamente de allí. ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Y las Odas aún sin terminar! ¿Cómo puede la gente pasarse horas y días y semanas enteras tostándose sin mayor provecho que ese?

A pesar de los remordimientos, no quise que esas ideas estropearan mis preciadas vacaciones. Aún así, cierta angustia me invadió, me entró hambre y a eso de las cuatro me atreví a mendigar una pizza en uno de esos lugares donde con la crisis, son capaces de hacerte de comer a cualquier hora. La pizza, que es una de mis comidas preferidas, estaba deliciosa. Como nunca suelo pedir refrescos, a sabiendas de que era mi día de vacaciones, pedí uno de cola con hielo y esa rodajita de limón más bien decorativa que funcional. ¡Está horrible, pero admito que refresca! Y ni pensar que hay gente que lo toma todos los días, o incluso esas malolientes bebidas de color turbio que recuerda a la orina, fermentadas con ese sabor amargo que llaman cerveza. ¿Cómo hay seres vivos que pueden disfrutar con eso? “¿Café o postre?” No, gracias”, dije amable. “La cuenta por favor”. Me marcho corriendo que es mi último (y primer) día de vacaciones y tengo que continuar, pensé para mis adentros.

Dejé una buena propina, como hacen los bañistas cuando van a los chiringuitos de la playa. Era mi forma de agradecer la excelencia de la pizza y las horas de atenderme. Así que el último cliente de la mesa salió pitando, reflexionando sobre el lípido y sus misterios, y se dispuso a hacer turismo, que es lo que se hace en las vacaciones.

Surqué parte de la costa norte, paraba aquí y allá. Hice fotos en un castro celta a la orilla de un acantilado. Menudos eran los castrenses. Todo un chalecito a los pies de la playa con dos mil años de antigüedad. Tuve tiempo de rescatar un caracol y recoger algunas plantas mientras miraba las vistas profundas. ¡Cuanta agua tiene el mar! Y no se pierde, ni se cuela hacia abajo, ni se desborda hacia arriba a pesar de que nuestro planeta gira a cientos de miles de kilómetros por hora. ¡Qué misterio! Pensaba mientras me acordaba de mis amigos los terraplanistas… ¡Mira que si tienen razón y todos los científicos del mundo, en púnica conspiración, nos tienen engañados! ¡Qué misterioso es todo! ¡Cuánta agua!

Seguí mi ruta turística. El día estaba dando mucho de sí. Terminé visitando un conocido mirador desde el que se divisa una hermosa ría y un pueblo costero con mucha vida. Todo era precioso. La gente paseando, las parejas bucólicas disfrutando. El mundo parecía pararse de repente. Así son las vacaciones. Postales de poesías pastoriles, campestres, silvestres, idílicas.

Bajé al pueblo mientras veía a los caris paseando de aquí para allá, cogidos de la mano, dándose cómplices besos en las esquinas. El verano y el calor nos regala esas imágenes, esos amores de verano que se alargan hasta el comienzo del otoño y luego desaparecen como la espuma. ¡Así es el amor efímero, epidérmico, estacional!

Me compré un helado y me quité la máscara en plena calle para disfrutar del paseo chupando el almendrado. Unas buenas vacaciones no lo serían sin un buen helado. Tras la visita turística, pensé que podría rematar el día visitando una conocida comuna hippie que había no muy lejos de allí, un poco adentrado en el monte, y así seguir con mis pericias utópicas, siempre tan inspiradoras. Así que cogí el coche y enderecé la ruta hacia un paradisíaco lugar entre curvas y montañas.

Aparqué el coche cerca del río y tímido yo, admito que me hice el remolón antes de entrar en la comuna. No me gusta llegar a los sitios sin avisar. O no me gusta ir a los sitios donde alguien se ve obligado a recibirte. Pero allí eran amables. Primero me saludó un holandés muy simpático y luego el encargado del lugar me hizo un recorrido generoso por todo el recinto, enseñándome los avances, las peculiaridades y todo lo que allí hacían. El horno antiguo, la capilla, el molino de agua, la casa grande, la huerta, las habitaciones, todas individuales… Le expliqué que yo también me había vuelto un poco hippie y que regentaba una comuna bastante parecida a esa, pero donde aún escaseaban los espacios de privacidad. Eso sí, en nuestra comuna no se permiten las drogas, ni el alcohol, ni la carne. ¡Qué inspirador ver un lugar colectivo con tanta privacidad y tan lleno de cervezas! ¿Una cervecita? Me dijo el encargado. No gracias, no soporto el lípido esponjoso con olor a orina, pensé yo siempre tan aguafiestas. ¡Qué gente más rara, de verdad! Qué manía esa de beber orina.

Como me atendió bien, dejé un generoso donativo en la caja común y me marché feliz y pitando de haber conocido ese lugar. Estaba desprendido en mi último (y único) día de vacaciones. ¡Ains! Qué felicidad la holgazanería de no hacer nada, de pasear sin rumbo, de dejar pasar las horas sin pensar (excepto en las Odas), disfrutando de la vida gozosa, despreocupada, vividor en un mundo ingenuo y espontáneo, colorido, pacífico, abstemio. Así son las vacaciones. Así ha sido mi día de vacaciones, no en julio ni en agosto, sino en septiembre. ¡Qué gozo, qué disfrute! Así hasta el año que viene, o quien sabe. Siempre fui un poco rarito.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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