Del proletariado al precariado. Poner en valor la incertidumbre


Cuando se habla de precariado siempre se mira como si fuera algo horrendo, como si hubiéramos denigrado aún más aquella imagen del proletariado de siglos pasados. El precariado es la nueva clase social, aún mucho más baja que la clase media que tanto bien hizo por el bienestar del que ahora disfrutamos la mayoría.

Si alguien pudiera verme sin conocerme de nada pensaría que vivo una vida precaria. Pero mi precariedad es maravillosa. Me permite trabajar en libros alucinantes como las Odas de Salomón, al que le estamos dedicando estos días un tiempo de divertimento (por no utilizar la palabra trabajo), o jugar un rato con los patos del estanque, o construir modelos de cabañas que puedan servir para solucionar el gran problema de la propiedad, de la hipoteca y de la servidumbre que eso conlleva. En pocas palabras, la precariedad de mi vida me permite administrar el mayor bien preciado que el ser humano dispone: el tiempo. Y lo administro a mi antojo, haciendo de cada día una auténtica aventura tan radicalmente diferente al día anterior que siempre resulta algo emocionante.

Esta mañana trabajaba en una vivienda de lo más precario. Es mucho más pequeña que la precaria cabaña que ahora habito, que no supera los veinte metros cuadrados. Esta cabaña experimental en la que ahora estamos trabajando no debe llegar a los diez metros cuadrados, quizás algo menos. Pero la idea es increíble. Si la cabaña que habito tenía un coste aproximado de tres mil euros, esta nueva idea de cabaña no supera los trescientos euros. Es cierto que es muy precaria, pero al mismo tiempo, es una maravillosa oportunidad para ir desapegándonos de la idea de tener que vivir en auténticas mansiones, en lujosos apartamentos hermanados con el resto de conejeras o colmenas, en el mejor de los casos, y con la oportunidad de emancipar tu tiempo para aquello que realmente uno se ve capaz.

Digamos que sería cambiar un paradigma: vivir toda la vida trabajando en algo que no te gusta para pagar una hipoteca de una casa o apartamento que algún heredero, de tenerlos, se fundirá en cuatro viajes al Caribe, o gastarte el sueldo de un mes precario en crear un pequeño espacio donde tener lo mínimo para vivir, y a partir de esa pequeña base, ir progresando, si se desea, según las posibilidades o deseos.

Si pusiéramos en valor la precariedad, en vez de atosigarnos con esa manía del progreso, del ganar, del valorar las riquezas y las posesiones, viviríamos sin duda una vida más feliz. Hay otras soluciones menos precarias que las que señalo, por ejemplo, la vida en una autocaravana o en una tiny house. Pero como digo, para empezar, añadamos dosis de precariedad en nuestras vidas, y quizás nuestras vidas se resuelvan de forma diferente.

La incertidumbre de no tener nada tiene su parte positiva. Primero, uno se vuelve totalmente discípulo ardiente del Sermón de la Montaña, cuando se decía aquello de no preocuparse por el mañana, si hasta las flores del campo visten mejor que el rey Salomón. Ese mensaje es revolucionario, pero inconveniente para el sistema social que hemos creado. Sin embargo, ¿qué pasaría si un día dejáramos de preocuparnos y nos dedicáramos a hacer lo que realmente deseamos? ¿Para qué quieres ser un gran ejecutivo de una importante empresa si lo que más te gusta en el mundo es cosechar lechugas o hacer jabones naturales?

Pero resulta que la vida que nos han inculcado es absurda, y uno se pasa toda una existencia para darse cuenta de ello. ¡Pero ahí están los pioneros! ¡Atentos a aquellos que son capaces de dejarlo todo, vivir en una choza y demostrar que se puede vivir feliz con menos! ¡Atentos a los que empezaron a construir las casas con sus propias manos! Los que aprendieron nociones básicas de fontanería, de electricidad, de autoconsumo, de huerta, de albañilería y de todas esas cosas útiles que te permiten emanciparte de la ruidosa y exigente vida del tener. Atento a los que dejaron de ser prisioneros y liberaron su alma para ensalzar la vida hacia nuevas y diferentes metas.

Pero claro, la vida precaria no se lleva, no mola, no está bien vista. A nadie le gusta vestir mal, vivir mal, envejecer mal. Todos pensamos que la riqueza nos dará felicidad. Sí, claro que sí, siempre y cuando por dentro seamos felices. Pero cuando la riqueza, o la falta de la misma, nos da infelicidad, debemos girar nuestras mentes hacia otro tipo de cosmos, de valores y de visión. Hacia una radical y visionaria nueva forma de entender la vida y sus vínculos misteriosos.

Así que me levanto con cierto orgullo, tras llevar unos días construyendo una modesta cabaña de madera por menos de lo que vale un móvil de última generación y digo: claro, claro que se puede… La precariedad es maravillosa…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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