Imaginar utopías nos mantiene a salvo


Esta foto es muy significativa… estamos celebrando la puesta en marcha de la primera cabaña comunitaria, la cabaña que ahora habito unos años más tarde… ¡pero aún hay tanto por hacer!

Creo que escribir todos los días conviene. Yo mismo no cumplo con ese precepto. Soy muy haragán, pero creo que uno debe hacerlo. Además, Eliot decía que un poeta debe escribir muchas páginas que sólo sean versos, y no de poemas, porque tiene que estar listo para la eventual llegada de la musa o de la inspiración. En cambio, si no está entrenado, digamos, cuando llega el momento puede ser indigno de esa alta visita. (Jorge Luis Borges)

Caminaba por los prados. Observaba los árboles uno a uno. Algún día me gustaría catalogarlos, pero hay cientos. Abedules, castaños y robles son los que más abundan, pero entre ellos se encuentra alguna rareza. Y habría que añadir a la lista los frutales que hemos ido sembrando a lo largo de estos años. También me encanta descubrir esas rocas blancas redondas que hay por todas partes. Algunas las recojo y las amontono en el círculo de la entrada. Las más bonitas tienen siempre cierto protagonismo. Los pájaros también son cientos y aún no logro distinguir las múltiples especies. En la ciudad solo había dos o tres pájaros muy definidos: gorriones y palomas. Luego llegaron las cotorras para dar un poco de vida a tan pobre variedad. Pero en los bosques todo es diferente. No es de extrañar que este lugar tan virgen esté plagado de incluso algunos que no se dejan ver. Contar los múltiples elementales también sería una buena forma de proteger el mundo intangible, pero para eso hay que tener una cierta sensibilidad de la que es mejor no hablar. Hay algunas formas de vida que es mejor proteger de la curiosidad del extraño o el curioso.

Aparentemente el lugar podría ser otro cualquiera si no fuera porque para algunos “no hay tal lugar”. Una utopía es un lugar que no existe, y para muchos de vosotros este sitio no es más que un puñado de árboles, prados, piedras y pajarillos que van y vienen ignorando qué es lo que aquí se cuece. Me tocó ser guardián del lugar y del “no lugar”. El “no lugar” es la utopía que se encierra en estas casi cuatro hectáreas. Hay un ideario, una promesa, una esperanza. No se trata de catalogar los árboles, sembrar algo en la huerta y pasar el rato. Se trata de escribir todos los días una posibilidad, una alternativa, una especie de eventual inspiración que pueda servir a otros para modificar algo de su visión. Escribir un boceto de piedra, árboles y promesas es algo complejo. A veces desesperante, pero siempre motivante. Es esa causa mayor a la que uno aspira cuando ha logrado mantener su vida material satisfecha. Cuando eso ocurre, siempre se abre el vasto campo de la experiencia espiritual con todas sus consecuencias. Y materialmente me siento pleno porque cada día necesito menos.

Al igual que los virus se contagian, aquí intentamos contagiar esperanza, utopía. La gente viene y va, ahora solo bajo invitación, en silencio y siempre y cuando sean amigos de estrecha confianza. Al menos será así hasta la próxima primavera. Luego habrá que aventurarse a abrir de nuevos las puertas a lo desconocido y ver qué pasa. Todo dependerá de la evolución del “bichillo”. Debo, como guardián, escribir todos los días y apuntalar en letras lo que va ocurriendo mientras ese día llega. Hay que dejar una memoria escrita, algo que pueda servir para disparar la imaginación, para ensanchar el pensamiento, para ensamblar conductas en la nueva programación humana. Esto es un requerimiento antropológico, pero también artístico.

Hay que estar preparado para todo lo que pueda ocurrir. Escribir ayuda a dosificar las ideas, las experiencias, las promesas. Los amigos que se acercan entienden el proyecto, lo dulcifican y lo hacen más agradable con su presencia. Pero luego habrá que abrir las puertas de nuevo a lo desconocido, que, a su vez, permitirá hacer crecer las redes de amistad, fortalecer los lazos místicos que aún quedan por reencontrar y apuntalar el nuevo mundo que está preñado de esperanza.

En todo caso, imaginar utopías nos mantiene a salvo de la desidia, de la desazón, del desconsuelo. Las utopías son necesarias, especialmente en estos tiempos de derrumbe, de incertidumbre, de miedo. Las utopías, aún con sus fracasos arraigados dentro de su propia existencia, requieren cuidarse, mimarse, expandirse. El ser humano no podría vivir sin la promesa de tiempos mejores, de lugares mejores, de personas mejores. Sí, necesitamos las utopías, y a los poetas, y a los escritores, que son los que dibujan el mañana de nuestro espíritu humano, el cielo en la tierra, la esperanza de un mundo siempre mejor. Así que debo seguir escribiendo, y ser digno, si llegara, de tan noble visita. Sí, la inspiración, que viene de la parte arquetípica de nuestras vidas, del ser esencial, de la chispa original.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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