Ver como el mundo se derrumba también puede ser un acto de amor


© Ready Rey
© Ready Rey

Volverás a levantar viejas ruinas, cimientos desolados por generaciones; te llamarán reparador de brechas, repoblador de lugares ruinosos. Isaías 58:12

En la trimurti de la mitología hinduista, Brahma es el dios que se ocupa de crear el universo, Visnú el que lo preserva y Shiva el que lo destruye. Representan los ciclos de creación, conservación y destrucción del universo, los cuales podemos ver constantemente en nuestras vidas y en los ciclos de la naturaleza. Pareciera que en estos momentos el aliento de Shiva estuviera golpeando el viejo mundo, destruyendo sus viejas formas a golpe de damaru, como si ya hubiera llegado el fin de este tiempo.

Si esto fuera así, si el viejo mundo ya estuviera destruyéndose, quizás poco a poco, quizás paso a paso, no deberíamos de ninguna forma aferrarnos al mismo. De hacerlo, nosotros seríamos engullidos, absorbidos por su fuerza destructora y centrífuga.

Ver como el mundo se derrumba también puede ser un acto de amor. Especialmente porque tocará aprender a desapegarnos de las viejas formas, de las primitivas instituciones, de la antigua moral. Deberemos observar como aquello que cae servirá de abono inevitable para lo nuevo. En el caldo de cultivo que se genera en la podredumbre del mundo, de lo añejo, nacen los componentes, el compost ideal para crear lo nuevo. En el hedor y la fermentación del pasado renace la vida de nuevo.

Esta vida se manifiesta irremediablemente. Pero también la muerte y la destrucción. La expiración que acontece en el final de los tiempos tiene que ver con el ciclo de la savia que sobrevive al derrumbe, de la semilla que aguarda en el frío invierno para erguirse triunfante en la primavera. Siendo así, ¿para qué aferrarnos a lo antiguo? Empujemos. Empujemos una y otra vez para ayudar a su desmorone. Sobre la ruina del viejo mundo se construirá la nueva casa.

Quisimos por eso buscar una ruina que ejemplarizara lo viejo destruido. Quisimos también demostrar que es posible reconstruir sobre lo antiguo, y que, además, se puede indicar desde allí el camino hacia lo nuevo. Disfrutamos de la reconstrucción como lo hacía aquel San Francisco de Asís. Un mundo en ruinas para construir un mundo nuevo. Por eso, insisto, ver como el mundo se derrumba, también puede ser un acto de amor. Algo nuevo florecerá cuando todo haya terminado. ¡Vida, más vida! ¡Aunque duela!

 

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