Hagámoslo… Cerremos los ojos, y ya verás que todo cambia


© Yalçın Varnalı

A veces merece la pena cerrar los ojos profundamente. No ver, inmiscuirse en la nada, bajar las palpitaciones al mínimo, observar lo inobservable, profundizar en el silencio, en la oscuridad, en la inmediatez, en el suspiro. Al hacerlo, hay algo de nosotros que se anula, que desaparece, que deja paso. Cuando dejamos de ser “yo”, cuando apartamos nuestros condicionantes, nuestros miedos, nuestras manías, nuestros apegos, nuestros deseos, nuestras creencias, nuestros anhelos, nuestras fantasías y nuestras exigencias, ocurre algo diferente, algo que no nos pertenece. Es como si de alguna manera dejáramos actuar una parte de nosotros que siempre está encerrada y encapsulada y mancilla entre nuestra lista interminable de cosas que nos amarran a nuestra siempre limitada y ensoberbecida realidad.

Digamos, si fuéramos magos o algo parecido, que al cerrar los ojos de forma sincera y silenciar nuestro pequeño yo, se manifiesta nuestra parte más noble y profunda. O como diría aquel, se manifiesta ese reguero de universo que nos pertenece y que, por múltiples mutilaciones, no dejamos expresarse.

Y ocurre, sí que ocurre. Ocurre algo porque de repente todo cambia. Los escenarios cambian, los personajes cambian, el ánimo cambia, cambia la alegría, el entusiasmo, el poder que uno mismo siente ante los acontecimientos. Cambia todo, y al hacerlo, se dibuja un nuevo paisaje, una nueva oportunidad, un volver a empezar.

Claro, es normal, diríamos. Se apaga el ruido y se cierra el reflujo egoico para dejar que el propio logos se manifieste a sus anchas, con sus mensajes, con sus propias normas y caminos, con sus propios requisitos para engrandecer nuestra vasta experiencia humana. Ya no somos nosotros el timonel, sino algo que tiene mayor sabiduría, mayor visión de las múltiples realidades, mayor amparo ante las inexplicables leyes universales.

La premisa es fácil, aparentemente. Buscar un lugar tranquilo, cerrar los ojos, respirar profundamente, acallar la mente, las emociones, los deseos, las fantasías, los humos, los ánimos y desánimos, y entrar, ante la estrecha puerta de la iniciación diaria, en ese necesario punto de quietud, en esa pequeña brecha abismal. Alejarnos de nosotros mismos, o mejor dicho, de la mediocre imagen que tenemos de nosotros mismos, para que entre nuestra vida expansiva, nuestra realidad múltiple, nuestra belleza más prístina, nuestro propio hierofante.

¿Por qué siempre limitar nuestras vidas a ese escenario igual de limitado que nace de nuestra limitada capacidad de imaginar? Creemos que somos esto u aquello, que hemos nacido aquí o allá, que somos así o asá y que deberíamos aspirar a eso u otrora, a lo siguiente. Siempre limitando nuestras vidas con nuestras creencias sobre nosotros mismos, como si fuéramos un mero chiste, un reducto, una sombra melancólica que deambula sin exceso de motivaciones. Obviamos siempre que la vida es esotérica, misteriosa, y por lo tanto, oculta dentro de sí cosas que aún no somos capaces ni de imaginar. O mejor dicho, cosas a las que no dejamos expresar.

¡Ay! Pero algo ocurre cuando cerramos los ojos y respiramos profundamente y contemplamos y meditamos y expandimos nuestras consciencias y empezamos a cabalgar en la ola de aquello de lo que no se puede hablar y empezamos a entender el lenguaje oculto, sus símbolos, sus arquetipos, sus señales. Atravesamos el círculo-no-se-pasa y dilatamos hasta casi la infinitud nuestra esfera lumínica. Y entonces el ser se convierte en no-ser y la nada en absoluto y nosotros, ¡ay nosotros!, en algo difícil de explicar, comprender, analizar, entender, vislumbrar, acertar, advertir, discernir…

Entonces… ¡hagámoslo! Cerremos ahora mismo los ojos y dejemos que nuestras vidas se transformen. No tengamos miedo al qué dirán o al qué ocurrirá. Dejemos que cada día traiga su propio sosiego, como diría aquel. Dejemos que cada día se manifiesta una versión diferente de nosotros, mejor o peor, no importa, pero diferente. Equivoquemos el paso entendiendo a la vez que no hay caminos errados, solo flojera para empezar a practicar sus sendas, para empezar a caminar, a correr, a embarrar nuestros pulidos y protegidos zapatos. ¡Embarrémonos!

¡Ay! Hagámoslo… Cerremos los ojos, y ya verás que todo cambia.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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