De agua fría, llevo ya años mojado


© Andre Vroon

 

Llevo ya unos años mojado, así que no temo en exceso a la lluvia. Cuando llueve me gusta mirar por la ventana, observar el griterío de las hojas que caen, del viento azuzando las laderas, los troncos. Ver caer las ramas más frágiles y observar como se amontonan en rincones aparentemente aleatorios. Ocurren mil cosas a la vez cuando llueve. Hay que estar atento a todo. Especialmente a las goteras que puedan abrirse paso por algún craso despiste o simplemente, por falta de mantenimiento o vejez.

Hace tres días andaba corrigiendo un libro de próxima aparición. Trata sobre la magia blanca y su aplicación práctica en el camino del discipulado. Una cosa de locos, me refiero a una cosa de los que emprenden el Camino del Loco. Estaba leyendo algo sobre el conocimiento aleatorio y la intuición cuando de repente empezó a gotear casi justo encima de mi cabeza. Tenía dolor de espalda así que andaba recostado encima de la cama, trabajando en la horizontalidad. Lo bueno de no tener jefes ni horarios es que puedes organizar tu trabajo como quieras, inclusive tumbado. Miré hacia arriba y allí estaba, la promesa de una gran gotera que tímida se abría paso justo encima de la cama. Sentí extrañeza porque el tejado lo había construido hace unos años a prueba de bombas. Pero recordé que en verano estuvimos subiendo capazos de tierra para renovar la que se había desgastado en el techo verde con el paso del tiempo y algo debimos hacer mal. Quizás pisamos en exceso y se quebró alguna parte del mismo. A saber.

Puse un cacharro debajo de la gotera, me calcé las botas de agua, me puse el chubasquero, fui hasta el taller a por la escalera, busqué una pala y mientras el agua de la lluvia golpeaba en todo mi rostro, subí a las alturas. Recordé que estaba solo y que debía andar con cautela. Cualquier resbalón o descuido podía ser el final. Nadie se enteraría si resbalaba, me daba un golpe en la cabeza y caía al vacío. Despacio, bajo la lluvia, con las botas embarradas en el tejado de tierra, empecé a vaciar con paciencia el trozo donde la gotera había irrumpido. La tierra que en verano habíamos puesto, con la lluvia, hizo de tapón en las piedras finales del drenaje, y el agua se acumulaba en una de las partes. Retiré primero la tierra, luego las piedras del drenaje y alcé con cuidado las dos capas de aislante. Una de ellas estaba inundada. El agua había entrado, había corroído una de las capas y había calado hasta mi cabeza.

A la hora de estar dando palazos me sentí abatido. Bajé, me fui hasta la pequeña cocina de la cabaña y me hice una buena merienda. No paraba de llover y el ánimo andaba por los suelos. Me quité las botas, me sequé la cara con una toalla, dejé el chubasquero todo embarrado a buen recaudo y volví a tumbarme mientras veía como la gotera poco a poco iba remitiendo. Tardó unas horas en desaparecer. Antes de que lo hiciera, fui hasta la casa grande. Allí habían aparecido siete goteras más en el tejado nuevo. Era desesperante, porque esas goteras son difíciles de reparar, especialmente en un tejado recién puesto todo de pizarra. Y especialmente ante el pensamiento de que aún no había llegado el invierno ni la temporada de lluvias. Esta había sido una pequeña tormenta de verano y ya teníamos las primeras goteras. Predicción seguramente de que me espera un invierno movido y complicado. Volví a la cabaña, dejé la corrección del libro y me fui a dormir, separando la cama de la gotera por si la noche fuera especialmente lluviosa.

Al día siguiente llegó el nuevo termo eléctrico. La idea es ir sustituyendo los calentadores de agua que funcionan a gas por los eléctricos. Si viene el fin del mundo, al paso que vamos, seguramente muy pronto, debemos estar preparados y no depender de terceros. Al haber aumentado el doble la capacidad eléctrica de las placas solares, ahora podemos también ir sustituyendo poco a poco el gas por la electricidad, con el ahorro que eso supone. Inmediatamente, ante la alegría interior de por fin poder ducharme con agua fluida, sin cortes, sin miedo a quedarte sin gas y sin el aparatoso viaje de ir al pueblo a comprar las botellas de butano, fui a la ferretería a por los materiales que necesitaba para su instalación. Una uve, dos grifos, manguera, teflón, … Siempre fui un auténtico inútil con todo lo que tuviera que ver con el bricolaje o las manualidades. Lo mío es el mundo del pensamiento, de las ideas, de los libros. Pero en estos últimos casi siete años en la montaña y los bosques he aprendido casi de todo. Incluso he aprendido a que, en el caso de que se derritieran los casquetes polares y viniera la gran ola, en la montaña estaríamos a salvo. Hay que estar preparado para todo, incluso para el Apocalipsis.

Esta mañana, emocionado porque la gotera no había vuelvo a aparecer a pesar de que aún no he podido reparar el tejado, ordenaba todas las herramientas. Primero corté el agua y la luz, saqué el nuevo termo eléctrico del embalaje y me puse a su montaje. Anclé los soportes, luego me puse con la fontanería y por último con la electricidad. Cuando volví a dar al agua había tres piezas que perdían. Volví a cerrar la toma y me puse con su reparación. Lo conseguí con algo de paciencia, cosa de la que no dispongo para este tipo de menesteres.

Ahora los termos son modernos y tienen wifi desde el cual poder controlar su encendido, apagado o programación desde una app. Le llaman el internet de las cosas. Puede parecer algo inútil a primera vista, pero para mí es toda una ventaja. Desde el móvil puedo controlar el flujo de las placas solares, puedo ver por la cámara si alguien viene a la puerta de la finca o puedo programar el calentador de agua dependiendo de si hay luz solar o no. Hay tecnologías que son completamente inútiles, como por ejemplo empalmar dos trozos de cable, ¡diosanto qué horror!. Pero hay otras que son una maravilla.

Acoplé por fin la app al aparato e hice el primer encendido. A las dos horas ya estaba terminado el proceso de calentamiento, pero al abrir el grifo, no salía agua caliente por ningún lado. Estuve una hora entera analizando dónde podía estar el error. Había acoplado las tuberías al viejo sistema de gas pensando que sería fácil la conducción de ambos sistemas, por si en invierno hubiera muchos días sin luz solar y debía tirar del gas, a falta de que para esos casos podamos comprar un molino de viento que recargue las baterías cuando falte sol. Pude encontrar el error, lo resolví, me quité la ropa apresurado y me tiré un buen rato bajo un flujo continuo de agua caliente sin interrupciones, sin prisas, simplemente disfrutando, tranquilo, en paz.

Es cierto que me vine a vivir a los bosques buscando la simplicidad voluntaria, el decrecimiento y la vida en la naturaleza. Lejos del sistema y sus comodidades, viviendo en una humilde cabaña de madera construida con mis manos, a lo largo de los años he aprendido que hay cosas a las que no puedo renunciar. Una de ellas es el papel higiénico y la otra, un buen chorro de agua caliente sobre mi desnudo cuerpo. De agua fría, como decía al principio, llevo ya años mojado.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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