Confinados en un sistema enfermo, reconectemos con los vivos


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Paseando con el amigo Geo por el mundo real

No podemos quejarnos. No tenemos derecho. Lo sabemos y por eso, cómplices, obedecemos cualquier consigna, cualquier mandamiento. Sabemos que somos copartícipes y parte de la destrucción masiva de nuestro ecosistema. Secuaces encubridores de todas las injusticias del mundo. Siempre nos queda el grito desarmado para culpar al otro, al político inepto, al capitalista avaricioso, a mengano o fulano. Siempre son ellos mientras que a escondidas jugamos a su juego, bebemos de su misma sangre, como vampiros que absorben poco a poco la savia de este planeta.

Nos hemos vuelto perezosos. Sentados en nuestros sillones después de una larga jornada de esclavitud encubierta, ¿quién tiene tiempo y ganas para provocar cualquier cambio? Solo queremos estar distraídos con todo tipo de telepantallas. Solo queremos que las horas pasen, obviando cada segundo de vida, cada único e irrepetible instante. ¿Quién desea cambiar nada si la pereza y la desidia se ha apoderado de nosotros? Preferimos ocultarnos tras emoticonos, preferimos encerrarnos en la oscuridad de nuestras vidas, iluminadas únicamente por la pobre luminiscencia de las pantallas.

Pero este ya empieza a resultar ser un mensaje aburrido y trasnochado. Siempre con ese sentimiento de culpa por hacerlo todo mal. En las relaciones, en el trabajo, en la vida en general. ¡Claro que lo hacemos mal! No somos perfectos. Pero venga, ¡ánimo! Que tan poco es para tanto. Reconcíliate con tu prójimo o tu prójima, dale un beso, una caricia, abrázala. El ser humano solo pide un poco de cariño, y cuando se lo negamos, se entristece, se abruma, se pierde en la desidia. ¡Y tan poco es para tanto! No somos perfectos. Pero busca aliados de carne y hueso, de esos que ríen y lloran, que se enfadan y se alegran, que derraman sudor en la noche oscura.

El planeta sobrevivirá a nosotros. Si todo esto se nos va de las manos en los próximos cien o doscientos años vendrá la gran ola, o el gran terremoto. La tierra estornudará y la mitad de nosotros nos iremos al otro barrio. Pero no dramaticemos, sería algo merecido. Si convertimos nuestra especie en una plaga, el ecosistema se autorregula y todo continua hasta la próxima Sodoma y Gomorra. Es la ley de los ciclos.

Por eso debemos recapacitar individual y colectivamente, pero sin dramas. Bien, soy partícipe de un sistema enfermo. Un sistema que ya no se soporta así mismo. Un mundo distraído en lo que llaman la maya de la distracción, el mercado del entretenimiento. Estamos entretenidos, sin hacer mucho por salvar el planeta, o sin hacer mucho para salvarnos a nosotros mismos. Preferimos escondernos, cobardes de la pradera, bajo el mundo virtual, aséptico, pulcro, esterilizado. Un lugar donde nada nos puede hacer daño. Solo tenemos que pasar las horas mirando una y otra vez las mismas tonterías de siempre. Pasar de una pantalla a otra, de una viñeta de la vida virtual a otra. Pero ahí no está el verdadero conocimiento, ni la verdad sobre la existencia. Esa verdad solo se encuentra en el barro de la vida real, en la suciedad de las relaciones fallidas, en el sufrimiento y el dolor que causa escalar una montaña, sea la que sea, manchando tus manos y tus pies a cada paso, a cada sudor.

Bueno tranquilos, no nos pongamos serios. La vida pasa, moriremos, seguramente solos. Porque el mundo va cada vez más hacia la soledad individual. Nadie irá a nuestro entierro, porque la muerte será real y el mundo virtual no podrá competir con ella. Pero no importa. No importa si nuestras mugres se secan, si nuestros pechos dejan de ser acariciados, si dejamos de escuchar los ronquidos o el grito alado de la compañía. No importa mientras sigamos viviendo una vida irreal.

No sé, quizás aún estemos a tiempo de reconectar con los vivos. De apretar sus manos, de pasear entre los bosques, de enfadarnos cuando yerran, de frustrarnos cuando la pifian en la cama olvidando el calor y el sudor previo. Tal vez aún estemos a tiempo de reír y dejar que el mundo sea nuestra verdadera razón de ser. Y si no es así, no pasa nada, no dramaticemos, la vida sigue, a pesar nuestra.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 comentarios sobre “Confinados en un sistema enfermo, reconectemos con los vivos

  1. Así es Eva… nuestra generación es hipersensible a la realidad, que siempre es dolorosa y a veces cruel, por eso nos refugiamos en lo virtual. Allí nadie nos puede hacer daño, claro que, a costa de no vivir. ¡Vida, más vida por favor, aunque duela!

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