No soy poeta, pero como si lo fuera


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© Dody Alaydrus

A los poetas nos gusta lloriquear en las esquinas. De alguna forma hay cierto disfrute en cada naufragio. Sobre todo por esa sensación de supervivencia que entroniza la vida en su más alto podio. Forma parte de nuestra dramática existencia. No es un defecto de forma, es más bien una esencia, un requerimiento para expresar ese mundo tan angostado que nace de las emociones. No es que yo sea realmente un poeta. Siempre fui débil, perdedor y poco querido niño agotado. Es decir, tenía todas las cartas para terminar escribiendo libros y poesía. A pesar de ello, no soy realmente un poeta, pero como si lo fuera. De ahí el drama, la melancolía, la languidez. Me gusta regodearme en esos estados de ánimo bajos. Los observo con cautela, para que no se desmadre el asunto, pero anotando todo cuanto ocurre en ese cuerpo arrollador que sube y baja como una noria, perseguido por los astros, por lo astral del sueño taciturno, por el deseo, por la necesidad, por la desdicha, por el drama.

Antes del naufragio, o de la tragedia, si se prefiere, debo decir que la pasada fue una de las mejores primaveras que recuerdo. De noche y de día abarcábamos el universo entero. Las dimensiones habituales se multiplicaban. Leíamos libros, comíamos bien a la sombra del árbol, en la nueva mesa, mientras veíamos como crecían las primeras simientes. El verde se apoderaba de todo hasta que apareció nuestra primera y única rosa. La idea era construir un hogar material y espiritual para enfrentarnos al invierno de la vida. Mientras lo hacíamos compartiendo complicidades, veíamos como los pájaros se mostraban especialmente generosos con sus cantos, compensados todas las mañanas con buenas dosis de semillas que esparcíamos puntuales en el comedero.

Aunque no era nuestro fuerte, hacíamos el amor de vez en cuando, entre bromas y risas, a sabiendas de que el atardecer siempre es un buen momento para respirar cualquier misterio. Pocas veces uno se encuentra con la complicidad intelectual y con la exquisita connivencia espiritual. Se puede decir que fue todo un éxito del apoderado que realizó el casting. Le puse un diez en la puntuación que había que cifrar cuando nos llegó la encuesta de calidad. Por fin había encontrado con quien hablar de aquello de lo que no se puede hablar. ¡Qué más se podía pedir! Esa fue nuestra primavera soñada. Dos almas gemelas encontrándose en un pequeño y reducido embudo de espacio-tiempo.

Cinco meses bastaron para darnos cuenta de que nuestras diferencias no eran mayores que nuestras similitudes, y que, en el balance final, el cuadro daba positivo. El guionista, por fin, había acertado en casi todo. Faltaba pulir algunos asuntos irrelevantes, pero es fácil adivinar que el tiempo pule aquellas aristas que impiden que dos piezas encajen a la perfección. El problema es saber sortear los obstáculos que ese tiempo va poniendo sobre la mesa para ir aprendiendo en el noble arte del modelado. El amor se hace, pero también se aprende. Y para aprender, hay que salir de vez en cuando huyendo, coger distancia y valorar si el guionista ha sido esta vez generoso con nosotros.

A pesar de la excelente primavera, un malentendido, o una broma cósmica, o vaya usted a saber, hizo que el verano no diera buenos frutos. Estuvimos experimentando con todo tipo de semillas, de tierras, de lugares, de formas de riego, de tiempos de siembra según si la luna estaba así o allá. Se notaba que nuestro fuerte no era sembrar y que, deductivamente, iba a ser poca la cosecha de este año. Unos jabalíes terminaron de fastidiar la cosecha de patatas que esta temporada prometía buenos frutos. Durante una semana estuvieron minando el campo, creando cráteres allí donde metían el hocico en búsqueda de alimento. No quedó ni un triste tubérculo.

Al final marchó, quizás hastiada de la rutina, o de ese intenso compartir diario que daba poco juego para la soledad. Sentí un gran vacío y todos los universos y dimensiones con ella descubiertos desaparecieron en la noche estival. No fue este un verano azul, sino un triste opus nocturno, taciturno, sempiterno. Siempre pienso que solo fue una pausa, como las anteriores, para coger distancia e interrogar al guionista sobre sí era o no cierto todo lo vivido. Es el engaño de la esperanza, o de la ilusión, por eso de que cuando algo es verdadero, permanece.

Ahora veo pasar las horas, un día acompañado del ciudadano Kane, otro acompañado de Vito Corleone, y siempre solitario, un poco como ellos. Cierta ansiedad me obliga a comer a todas horas, y noté mi propia dejadez cuando hoy fui a comprar y todos me miraban con desconfianza. Al volver busqué un espejo y comprendí el desprecio y la distancia social que sentí mientras buscaba algún alimento. No era por la pandemia, era por mis propias pintas, dejadas de la mano de esta naturaleza salvaje que de alguna manera moldea también mi realidad ilusoria. Debo cuidar el aspecto, al menos cuando salga de la selva boscosa y me adentre en la civilización.

El verano sigue. El bosque está completamente en silencio. Los pájaros ya no cantan, habiendo sucumbido a la extraña y para mi ajena misión del procrear. Por las noches sigue viniendo el ourizo cacho. Aunque no lo veo, lo escucho comer los restos que los gatos dejan en la alacena exterior. Es la única visita que recibo con cierto agrado. Me recuerda a la primavera, cuando salíamos a saludarlo medio desnudos, coqueteando con sus púas y felices por tener un amigo del bosque.

Tengo hambre. He descubierto una crema de chocolate vegana que compensa los vacíos existenciales a base de dulzor inevitable. Descubro que nada es perfecto, al mismo tiempo que revelo que todo tiende a la perfección. Incluso este momento de hambruna interior resulta apropiado. No estoy feliz porque me falta la musa que me mostraba universos, pero la felicidad siempre es algo que puede suplirse con una buena crema de chocolate. Ya no sé si habrán más primaveras como la de este año, que fue de las mejores. Tampoco importa. La vida siempre llena los huecos de auténtica sorpresa, y de no haberla, siempre nos quedará el chocolate y algo de dramática poesía. ¡Maldito verano náufrago! Que diría aquel.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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4 comentarios sobre “No soy poeta, pero como si lo fuera

  1. Hola Javier,

    Gracias por compartir. En naufragio parecido me encuentro yo, aún a bordo del navío, achicando agua, enredado entre drizas y escotas.
    Cual Ulises atravesando el estrecho de Mesina, atrapado en el angosto paso entre Caribdis y Escila, oteo el horizonte gris oscuro ansioso por atisbar un rayo de luz en medio del terrible temporal.
    Tu escrito, honesto y diáfano, situa el naufragio en una dimensión espacio-tiempo más amplia, en una Odisea del que cada aventura, por dolorosa y dramática que sea, forma parte de un hermoso viaje de autodescubrimiento y de reconciliación entre lo inmanente y lo transcendente, lo profano y lo sagrado.
    Kathleen Raine en su bellísimo poemario “On a deserted shore” se expresa así en su naufragio particular:

    Las evanescentes estrellas dijeron,
    “Nuestras nocturnas distancias,
    Estos espacios desiertos,
    La vista puede en un instante recorrer,

    Pero el que pasó
    En obscuro vuelo del alma
    Viaja más allá
    Del destello de nuestra luz.”

    Dije yo, “De allí a donde camina
    Que ningún dolor mío
    Atraiga un solo pensamiento
    Hacia estos velados cielos

    Ni lágrimas humanas
    Empapen esas alas que pasan
    Liberadas del peso de la tierra
    y de la rueda de las estrellas,”

    Xavi

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  2. Gracias Xavi por tus hermosas y preciadas letras. Los naufragios tienen algo de vida. Sobre todo para el que sobrevive una y otra vez a ellos. Es una sensación extraña, mitad fracaso, mitad alivio por estar vivos. Sospecho que habrá más, pero mientras llegan, ¡estamos vivos!

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    1. En efecto, heridos però vivos! Por cierto, muy identificado con tu comentario «Debo cuidar mi aspecto». Aprendices de sabiduría ,como Quirón en su cueva, nuestro apariencia de centauro puede ser contraproducente al salir al mundo, a ese mismo mundo al que por ahora pertenecemos y al que nos debemos, con sus Cronos, Filira, Apolo, Atenea, Hércules, Aquiles, Jasón, Prometeo,…
      De modo que si, Javier, cuidemos nuestras pintas! aún más al filo de los 50, cuando Quirón regresa a su casa y signo natal y la reapertura de nuestra profunda herida interna puede absorbernos alma, mente y sentidos desconectándonos del mundo exterior.
      Como integrar lo espiritual y lo institntivo, el hombre y el caballo?
      Kathleen Raine también expresa magnificamente esta dualidad en su poesía:

      Si, hacia esta noche en que la hierba al rocío acoge,
      pudiera salir de mi misma sobre pies alados,
      me estaría con las briznas de hierba, recolectoras del rocío,
      más no puedo cruzar
      las fronteras del verde reino, frío y quieto
      en mi cuerpo espeso
      que camina esta hierba crepuscular hacia la tumba

      Xavi

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  3. Es complicado esto de vivir en los bosques de forma salvaje y de repente ir a comprar cualquier cosa al supermercado, olvidando por un momento que la civilización es diferente y tiene gustos por la estética. En fin, esconderemos nuestra verdadera naturaleza al pisar tierra firme, no vaya que se nos hundan las naves y tengamos que volver al hado. un abrazo y gracias por las poesías selectas y bellas…

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