Saliendo de la oscuridad doliente


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© Sergey Novozhilov

Trata a un ser humano tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que está llamado a ser. Goethe

Si alguna vez tuve un don fue ese de poder ver en los otros sus capacidades latentes, su potencial verdadero para ser aquello que han venido a ser. Ese don siempre marcó una trayectoria de incomprensión. El motivo de esa incomprensión nace de la idea de  aferramos a nuestros espacios de seguridad y confort, de conformidad con lo que creemos que somos. Pocas veces queremos sacar aquello que llevamos dentro, aquello que realmente somos, aquello que late en nosotros con deseos de expresarse al mundo.

Es como si con el paso del tiempo quisiéramos apagar nuestra verdadera luz por temor, por miedo a equivocarnos, por pensar equivocadamente el conformarnos con aquello que han hecho de nosotros, con aquello que han moldeado en nosotros. Siempre admiré en el otro ese potencial, esa capacidad para romper los condicionantes sociales y culturales que durante toda nuestra vida han hecho mella en nuestra psique más profunda, condicionando cada uno de nuestros movimientos, impidiendo la verdadera emancipación individual, la verdadera expansión de nuestro ser. Alejándonos, en definitiva, de lo que realmente somos y hemos venido a hacer.

A veces lo noto también en mí. Me aferro al silencio, me aferro a la oscuridad para no brillar como debería hacerlo. Escondo mi leve luminiscencia, a veces por cansancio, más que por temor. Estos días deseaba permanecer oscuro, limitado, encerrado en mi pequeña realidad. Hay acontecimientos que configuran nuestra realidad, que condicinan nuestros actos o nuestro sentir. Y luego está la rebeldía, la fuerza innata que surge de la dignidad humana, de aquello que nos presenta como seres libres y pensantes, indulgentes ante un destino que podría marcarse como inevitable. No hay nada como rebelarnos a todo aquello que oprime nuestro verdadero ser, nuestro ser esencial que desea explotar en mil pedazos para expandir su presencia en todo cuanto existe.

Unas semanas de silencio, de vuelta al camino del desapego, de vuelta al camino del loco errante, solitario, soñoliento, no han servido para liberarme de ciertas ataduras, tan solo ha servido para descansar y recordarme que nada importa, excepto la necesidad de dejar brillar al otro mientras nosotros brillamos irreductiblemente. No como un brillo soñoliento, casi apagado, sino como una luz cegadora, luminiscente, lúcida. Detectar y potenciar ese brillo es lo que nos acerca realmente a nuestra misión liberadora. Ayudar a que otros brillen es lo que nos acerca al mundo real.

Quizás la lluvia inesperada de este día de agosto me ha despertado de nuevo a esa luz. ¡Levántate y anda, pequeño Lázaro! Es hora de emprender de nuevo el camino de la vida, de confiar en todos aquellos regalos que la inmensidad tiene preparados para nosotros cuando, desobedeciendo al orden establecido, nos aventuremos por los caminos, alzando nuestra voz y nuestra luz y forcejeando con la vida nos hagamos hueco en la existencia. ¡Levántate y anda! Resucita de nuevo a la vida, abriendo los brazos, alzando la mirada al infinito, lanzando nuestro voz al paladar dimensional profundo.

Hemos venido a liberar almas de su cautiverio, me recrimina mi yo real. No pierdas el tiempo en la servidumbre social y cultural, en la sumisión a ese séquito de dormidos que nada hacen para despertar a su potencial vida. No, ese trabajo no es fácil. Como decía al principio, es una trayectoria de incomprensión. Romper con los parámetros de normalidad, con las creencias, con las supersticiones, con las ideas e ideologías, con los mandamientos y ordenanzas, con la ley y la moral, con la costumbre y con los principios temporales que no sobreviven a la inevitable evolución humana, no es tarea fácil.

Y, sin embargo, aquí estamos, de nuevo, mirando el horizonte lluvioso, con los pies embarrados, incapaces de permanecer un día más al borde del camino, suficientemente conscientes de que la vida tiene que llevarnos por el camino de superación egoica hasta abrazar el logos que somos. Sí, una vez más, hemos ganado estas alturas para seguir adelante. ¡Luz, más luz!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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