La Nueva Era como actualización de la espiritualidad de nuestro tiempo


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En siglos pasados América se convirtió en sinónimo de libertad. Se abría ante los sueños de los colonos europeos un mundo virgen, por explorar, amplio y diverso, pero sobre todo, un mundo donde la libertad de las ideas, políticas, filosóficas o religiosas, verían una vía de escape que se alejaba del rancio y anticuado viejo continente. En antropología se habla del Gran Despertar, especialmente religioso, sufriendo cuatro etapas diferentes cargados de renovación espiritual en diferentes momentos de la historia reciente.

El mundo, tras los diferentes movimientos de secularización, ha vivido diferentes momentos de despertar espiritual. En estos momentos quizás estamos viviendo el quinto gran despertar. Quizás un despertar diferente, ecléctico, diverso, ecuménico, donde se mezclan todo tipo de creencias de un lado y otro del planeta, enriqueciendo, gracias a la globalización del pensamiento y las ideas, todo nuestro bagaje cultural. En este movimiento singular, llamado por algunos la Nueva Era, se reactualiza a nuestros tiempos el mensaje, los rituales y las creencias de las religiones pasadas, mezclando conceptos y ritos y organizando el misterio de forma diversa y diferente. La gestión de ese misterio no está en manos de instituciones o mediadores, sino que, perviviendo de forma invisible, se administra desde la emancipación privada y personal de cada individuo. El contacto con lo sagrado se hace directamente, sin intermediarios.

Esto crea a su vez dos tipos de respuestas, las negacionistas y las fundamentalistas. Las primeras intentan desmerecer el mérito o la evolución de la vida espiritual en nuestro tiempo, y la segunda intenta afianzarse con fuerza en la tradición, el culto y el dogma, rechazando y ridiculizando la nueva oleada y el nuevo revival espiritual.

La esencia del despertar no implica en sí mismo rechazar lo antiguo. El propio Jesús fue un fiel seguidor de la ley de los judíos. Pero tuvo la valentía de actualizar el lenguaje del Antiguo Testamento, el Tanak judío, a los nuevos tiempos. En esa nueva era que se dibujó hace dos mil años, no se pretendía anular lo viejo, menos aún crear una nueva religión, sino complementarlo, actualizarlo a un nuevo nivel de entendimiento y profundidad. Jesús lo expresó muy claramente: “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir”.

El movimiento de la Nueva Era supone una reactualización de la vieja ley, esta vez universal, ecléctica, abierta, conciliadora y global, que no rivaliza con ninguna tradición, sino que pretende complementarla, revitalizarla y revivirla. La complejidad reside precisamente en la gran oferta de propuestas que intentan pujar unas con otras en un abanico inabarcable, en ocasiones excesivamente epidérmico y frívolo, en otras excesivamente oculto o esotérico, que intenta dar respuesta a todas las inquietudes interiores que en este nuevo tiempo se abre paso en el corazón de las personas.

Esto crea, como decía, afianzamientos fundamentalistas, miradas cortas que intentan negar la evidencia del nuevo tiempo, y que intentan, mediante el ridículo, competir en verdad y sacralidad. Es difícil poder comprender la dificultad que pudo llegar a tener Jesús en sus tiempos para intentar convencer a fariseos y saduceos de la nueva buena. La misma que hoy día las nuevas ideas intentan penetrar sin mucho éxito en la mente de los nuevos fundamentalistas, ya sean estos cristianos, musulmanes, budistas, hinduistas o judíos.

Lo interesante de todo es que estamos viviendo un nuevo despertar, y queramos o no, el ser humano cada vez quiere estrechar aún más los lazos con el misterio, con la sucesión de interrogantes que nos hacemos cada vez que nos enfrentamos a la vida estrecha, a la vida íntima y próxima, alejados del ruido y el tormento de las preocupaciones mundanas. Comprender el mensaje de nuestro tiempo nos ayudará a fluir más velozmente por esa actualización inevitable, creando en nosotros un nuevo molde conceptual capaz de ensanchar nuestra mirada, nuestra visión y nuestra experiencia espiritual, ya no basada tan sólo en meros sofismos, creencias o especulaciones, sino en una experiencia íntima y personal, intransferible e incomprensible si no se vive en primerísima persona.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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