Emigrantes, ¡¡no vengáis a Europa!!


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Echando una mano en los campos de refugiados de la isla de Chios, hace unos años

Cuando estuve en las islas griegas echando una mano con los emigrantes sirios y de otros países que se jugaban la vida para llegar al sueño europeo se me rompía el corazón una y otra vez. Sentí una gran vergüenza allí en el Egeo. Soy hijo de emigrantes y conozco un poco la realidad embustera de intentar buscar una vida mejor en un lugar mejor. Yo mismo con el tiempo me he convertido en un migrante de ida y vuelta, de aquí para allá, intentando acomodar mis inquietudes en aquellos lugares que generosamente me acogían. La hambruna y la guerra obligan al desplazamiento de miles de personas todos los años, lo mío es puro capricho.

Según los datos de Acnur, solo el año pasado casi ochenta millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares y se convirtieron en refugiados en lugares extraños y lejanos. Son datos escalofriantes si tenemos en cuenta que muchos países aún viven en guerras cronificadas (más de 25 conflictos en la actualidad entre los que destacan Yemen, Irak, Siria, Sudán del Sur, Somalia, Afganistán…) y otros muchos aún están padeciendo hambruna (Líbano, Congo, Sudán, Etiopía…) Según los datos de Acnur, un 1% de la población mundial está desplazada. Nuestro propio país ha vivido diversas oleadas de emigración, especialmente en la Guerra Civil española y en la postguerra, primero a América y luego a países europeos. Huir de la guerra, la persecución o el hambre es algo que reclama soluciones radicales en este mundo cada vez más globalizado. ¿Cómo es posible que aún ocurran estas cosas? Aquí las Naciones Unidas es responsable directo de este gran fracaso. Y por supuesto, los países desarrollados que no hacen nada para paliar estas situaciones.

Una buena amiga que colabora con una organización que ayuda en todo lo que puede al tránsito de estas personas hacia lugares seguros, me pidió que compartiera una campaña de financiación para ayudar a crear una App que pueda organizar la ayuda y de esta manera ser más eficaz con la misma. Los datos para dicho apoyo están en este enlace:
https://startsomegood.com/refaidfronterasur

Mientras leía las noticias que llegan desde el Rif y la frontera entre Marruecos y España, entre África y Europa, la llamada Frontera Sur, me daba cuenta de la complejidad y el anhelo que allí se respira. Primero, la complejidad de no juzgar los motivos directos por los que cada una de esas personas arriesgan su vida para alcanzar un mundo mejor. Luego, la complejidad de ayudar a los valientes que lo intentan. Y también la complejidad de analizar las causas primeras que hacen que muchos de ellos busquen una vida más próspera. Sin análisis previo, y visceralmente me sale de las entrañas gritar eso de ¡no vengáis a Europa! Pero no como un grito racista o xenófobo, sino como una advertencia desesperada.

La advertencia pasa un poco por mi propia experiencia. No vengáis a Europa porque es verdad que nunca os faltará comida y cierta conquista de derechos fundamentales, pero a cambio de vivir hacinados en campos de refugiados, o en pisos tutelados, o quizás, si tenéis algo de suerte y podéis emanciparos recogiendo fruta de un lado para otro, viviréis bajo un puente, en pobres alamedas o tirados en la calle. Pero aún si sois de los que tienen suerte, progresaréis, y pronto podréis comprar vuestro móvil último modelo, y viviréis en unos pisos de unos treinta o cuarenta metros cuadrados, normalmente hacinados toda la familia. Y quizás encontréis un empleo y luego podáis comprar un piso algo más grande, e incluso un coche. Y así, durante muchos años, con mucho esfuerzo, habréis progresado económicamente y podréis ir a visitar a vuestras familias y llevarles regalos y algo de dinero.

Aún así, interiormente me sigue saliendo el grito… ¡¡¡no vengáis a Europa!!! Porque todo eso es una mentira, un engaño, una profunda esclavitud encubierta. Quedaros en vuestras montañas, en vuestros valles, en vuestros desiertos… Allí quizás no tengáis móviles de última generación ni coches ni pisos de cuarenta metros, pero sí tendréis algo que nosotros jamás conseguiremos: libertad.

Los emigrantes y los hijos de emigrantes siempre seremos unos apátridas, unos sin tierra, unos extraños para el otro, unos desplazados y unos desterrados. Incluso para aquellos lugares que alguna vez fueron los hogares de nuestros padres y abuelos. Esa sensación a veces resulta insoportable. Es cierto que es emancipadora, pero al mismo tiempo, es una losa que siempre se arrastra. Ojalá algún día los desplazados y emigrantes lo hagan por propia voluntad, por propia elección, y no huyendo de guerras, hambrunas o injusticias. Ojalá algún día no existan fronteras. Ojalá algún día encontremos la manera de no matarnos los unos a los otros. Ojalá…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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