¿Necesitamos un chip para estar controlados? Razón hechizada y supersticiones en nuestros días


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© Paco Garzón

 

“En un estado totalitario no importa lo que la gente piensa, puesto que el gobierno puede controlarla por la fuerza empleando porras. Pero cuando no se puede controlar a la gente por la fuerza, uno tiene que controlar lo que la gente piensa, y el medio típico para hacerlo es mediante la propaganda (manufactura del consenso, creación de ilusiones necesarias), marginalizando al público en general o reduciéndolo a alguna forma de apatía”. Noam Chomsky

Personas como Noam Chomsky o Sylvain Timsit nos han ilustrado de cómo a través del entretenimiento de los medios de comunicación masiva se logran reproducir ciertas relaciones de dominación. Las viejas sin dientes, tras las cortinas de visillo, eran quizás las mayores armas de control social que existía en nuestras sociedades primitivas. Hablo de primitivas a esas sociedades que no disponían de radio, televisión o internet. Eran las guardianas del orden y la ley, de la moral y la conducta. Los pequeños pueblos y aldeas no necesitaban sofisticados sistemas de control masivo: las viejas sin dientes soportaban esa carga, esa profesión, como delegadas imperiales del orden mundial, como custodias irremplazables de la armonía de nuestros pueblos. Cualquier cosa que pasaba era rápidamente divulgado y sancionado por el cotilleo y la moral (cambiante) de cada tiempo. En estos días de pandemia la policía de balcón, sancionadores de la ley, el orden y la moral, ha sido el mejor y mayor ejemplo de estado policial que hemos vivido nunca.

Las sociedades se han vuelto complejas y hemos tenido que sustituir a las viejas del visillo por otros mecanismos más sofisticados. El llamado “entretenimiento” esconde en su polisemia un sentido agudo de significado, una apatía de los tiempos inculcada con sofisticadas maneras. Estar distraídos, entretenidos, nos hace vulnerables y mansos. Ya nos volvimos mansos con la creación de lo que llaman televisión basura. En el país de la soberbia, la bobería y la crítica, nos encanta estar pegados al cotilleo, a la venganza, a la ira, a la destrucción moral del otro. La envidia sumada a la crítica más feroz es la mayor arma de destrucción masiva. No hay mayor control de masas que empujar nuestra débil consciencia a la inversión sistemática de imágenes que nos aturdan y nos disuaden. Fomentar la distracción e inventar problemas y sus soluciones forma parte del juego macabro del mundo zombi en el que vivimos. Nuestras frustraciones y miserias encuentran espacio en la nueva plaza pública, en la nueva antesala del control social.

Pero a veces la estrategia de infantilizarnos gradualmente no da resultado, y se requiere vampirizar todos nuestros actos, nuestros pensamientos y nuestras vidas. Para los capaces de escapar de esa normalidad del griterío, inventaron la política basura, donde, como en un programa de televisión del más bajo calibre y nivel, se repite el marco disuasorio de la algarabía y la ira, la bronca barata, el insulto y el no entendimiento. Apelar a las emociones y no a la reflexión siempre ha sido efectivo. Es una forma de vampirizar al otro, de ejercer potestad y dominio sobre el otro. El control de masas siempre viene persuadido por exagerados halagos a la patria, a la nación, a lo nuestro o a lo que sea que pueda unirnos en un imaginario colectivo y grupal que nos aporta seguridad y sensación de pertenencia, al coste de buscar un enemigo común culpable de todos nuestros males y frustraciones personales y colectivas. Lo hemos visto estos años con movimientos nacionalistas, populistas y patrióticos y lo veremos en el futuro una y otra vez. Dividir a la población en rojos y azules, de derechas y de izquierdas, de unionistas y separatistas, no es solo un modelo ideológico a seguir. Encierra argucias irracionales que intentan moldear las consciencias y crear enemigos basados en sistemas aleatorios de creencias zombis, vampirizadas. Las injusticias son iguales para todos, pero si se divide a las personas en patrias, naciones, ideologías y creencias, es más fácil culpar al otro de todas nuestras desgracias e injusticias.

Si aún había personas capaces de salir de esa rueda, se inventaron los móviles, auténticos péndulos de ensoñación que nos mantienen abstraídos a un mundo virtual e hipnótico que nos aleja cada vez más de la experiencia vital del mundo real. Uno se siente poderoso cuando tiene un móvil en la mano. Es como tener una gran espada en tiempos medievales. Nos hace poderosos y con capacidad de victimizar al otro, de reconocer al otro como ignorante y mediocre si no avala nuestras consignas, nuestras creencias, nuestros dogmas. El móvil y todas sus aturdidas aplicaciones se ha convertido en un tótem de poder, en un arma arrojadiza y despiadada, en una tiranía capaz de inmolar al otro de la forma más despiadada.

¿Realmente necesitamos un chip para tenernos controlados cuando los llamados “cookies” saben todo sobre nosotros? Aceptamos los cookies como el que acepta galletas o caramelos de un desconocido a la salida del colegio y lo vemos normal. Es un acto diario que hemos normalizado. Es más, nos aterra no aceptar cookies por miedo a no poder acceder con ello a un sitio web (el ser humano siempre tiene miedo al rechazo). Realmente no sé de donde nace el miedo a ese futuro chip. No hay motivo ni razón para el mismo en un mundo dónde el control de nuestras consciencias es mundial y se ejerce mediante redes sociales sofisticadas como Twitter donde el insulto a la disidencia es gratuito o Facebook donde la complacencia comunal se satisface a base de likes monitoreados por un control absolutista donde uno debe comportarse de forma ideal, hablar de forma ideal y posar de forma ideal cuando realmente por dentro dejamos mucho que desear en cuanto a disciplina y autocontrol. Deseamos likes y seguidores para no ver la auténtica soledad en la que vivimos. Promovemos la complacencia en la mediocridad pensando que al poseer cierto control mediante una herramienta cargada de aplicaciones vivimos una vida de éxito. Eso nos aleja de la realidad, de sabernos ante una posición crítica, que vivimos una vida mediocre, precaria e injusta. No hay pensamiento crítico posible ante la complacencia de sentirnos poderosos en la falacia en la que vivimos. Nuestra vida mediocre y pobre se camufla ante el poder ilusorio del móvil, de una tarjeta de crédito o de una nómina que asfixia nuestras vidas mendicantes.

No debemos reforzar la autoculpabilidad, la cual, nos impide al mismo tiempo la movilidad y la falta de resistencia. Solo debemos ser reflexivos y observar. Hay otros estímulos de control más sofisticados que podemos analizar para ver en qué condicionantes nos movemos. Los juegos de azar, como la lotería para los pobres o la bolsa de valores para los más pudientes, son ambas promesas de enriquecimiento rápido que nos mantienen subyugados a la ilusión de que quizás algún día podamos ser materialmente ricos, o más ricos. La avaricia nos puede, a unos y a otros, porque siempre queremos más. También está el estímulo de la propiedad, que nos mantiene atados a un lugar y una hipoteca de por vida, controlando nuestros movimientos más rebeldes ante la imposibilidad de perder nuestras pequeñas posesiones. Nunca vimos mayor poder de control sobre alguien que el que ejerce el miedo a perder una propiedad por un imposible impago de una hipoteca. Solo ante ese extremo, el desahucio, alguien se alzaría fuera de control, deseando y rogando al capital por un trabajo, un salario y una seguridad que permitiera seguir pagando nuestros eslabones-cuotas mensuales y con la posibilidad de algún sobrante para ir a tomar una cañita en el bar de la esquina, porque la cañita, la cervecita, el vinito o el vermut es nuestro pequeño momento de emancipación-evasión sobre los fenómenos cotidianos, sin pensar ni por un momento que es la forma normalizada del mayor narcotizante social. Tener a una sociedad narcotizada, alcoholizada, es el mayor invento desde los tiempos de Baco, Dioniso y Hathor. Vivimos una vida embriagada, alejada de lo que verdaderamente es.

No hablaremos sobre el circo, también conocido hoy día como el dios-fútbol, donde se muestra a unos jóvenes héroes de nuestro tiempo golpeando una pequeña esfera corriendo de un lado para otro sin mayor libertad que el de golpear dicha esfera. Ese es el símil de heroicidad de nuestro tiempo: golpear un balón, el antiguo pan y circo. No hay mayor aberración de la verdadera heroicidad que esa imagen ilusoria. Y tampoco entraremos en detalle de esos otros héroes, los autónomos, que, subyugando la necesidad de un salario fijo, emprenden la aventura de enriquecerse por su cuenta, siendo sujetos y bien sujetos a base de impuestos o embargos, para evitar con eso que piensen demasiado, a sabiendas de que un autónomo o pequeño empresario debe pensar por su propia cuenta para poder subsistir. Tampoco hablaremos de la burocracia a la que uno se somete día a día para poder soportar esa sensación de que todo está en orden, y de que alguien o algo vela por nuestros intereses superiores. Ni la relación que los hombres, auténticos violadores en masa, muchas veces disimulados por la moral y la costumbre, tienen sobre las mujeres, a las que consideran auténticas prostitutas que se venden con un trapo barato en el mejor de los mercados virtuales.

En un mundo de violadores y vampiros, ¿de verdad aún hay gente que piensa que algo o alguien está maquiavelando la idea de ponernos un chip para controlarnos? ¿No estamos ya rozando el control perfecto en un sistema que se autorregula a base de miedo a no poder sublevar nuestras ansias de libertad al lado de una cervecita o viendo un partido de fútbol con los amigos de toda la vida? Por otro lado, ¿a qué clase de emancipación podemos aspirar cuando estamos totalmente atados a nuestros miedos de qué comeré mañana o qué vestiré? Miedo a ser ignorados por el grupo, a ser rechazados por la masa si no seguimos los patrones de normalidad, si no creemos el credo hegemónico impuesto y si no comulgamos con lo que supuestamente la sociedad espera de nosotros.

No nos damos cuenta, pero nos creemos inútilmente más libres por instigar supuestas conjuras o supuestas conspiraciones para controlarnos. Esa es la superstición de nuestros días, otra forma de control para los que aún se atrevan a pensar un poco, inoculando en nosotros la idea de jerarquía maléfica que intenta controlar nuestras vidas. Así somos de infantiles, de ingenuos y así llega la verdadera anulación del raciocinio y la verdad, la mutilación real de nuestro proyecto humano. Nos inoculamos el virus de la ignorancia disfrazada de verdad y nos creemos superiormente programados para escapar de este laberinto normalizado. Pero nos somos realmente mejores, ni intelectualmente superiores por gritar superstición. La hazaña de la verdadera libertad personal es una batalla que va más adentro y es más profunda que toda esa superficie epidérmica de la superstición. Vivimos en un mundo donde la razón está hechizada por esos nuevos charlatanes, ya sean políticos, casamenteros o místicos del dos al cuarto. Pero de todos ellos, los que más miedo y sorpresa deberían darnos son los que vinito en mano, con cara de buen pastor, arremeten contra el nuevo orden mundial como el que comenta la última jugada del saque de esquina del partido del domingo por la tarde.

¿Cómo rebelarnos contra esta perfección, sin convertirnos de repente en ángeles caídos, diablos o brujas? ¿Cómo someter nuestro juicio ante la irracionalidad imperante? ¿De qué manera hacerlo sin caer en las llamas del infierno, o ser sepultados en vida por no ejercer esa normalidad bruta y depravada? ¿Qué dirán de nosotros? ¿Qué será de nosotros? Seguramente la hoguera nos espera… el fuego lo purifica todo. Y el mundo, que inevitablemente arderá tarde o temprano en llamas, será de igual forma purificado.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 comentarios sobre “¿Necesitamos un chip para estar controlados? Razón hechizada y supersticiones en nuestros días

  1. Simplemente brillante este post. Pienso también en la soledad de quien no quiere estar así de manipulado. ¿Cómo ejercitar relaciones sociales sanas en un entorno que anula su capacidad de pensamiento?
    Por otra parte, agrego a tus ejemplos el de la aparición de Netflix, que hace que en una reunión de amigos (cuando se podía tenerlas) la principal conversación giraba en torno a las series que se veían, y quien no lo hacía, quedaba excluido de la conversación. La experiencia propia se deja de lado y se vive a través de las experiencias de los personajes de las series. ¡Es terrible!

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    1. Gracias Cecilia… Los nuevos excluidos somos los que vivimos alejados de toda esa superficialidad. En los próximos siglos será así, como dices. Si no tienes Netflix no eres “naide”… Así nos va… un abrazo grande…

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