Hacia la nueva normalidad


 

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Hoy en el valle del Tiétar

Esta mañana, con mucha pereza, hacía una pequeña maleta. Algunas mudas, el ordenador, un libro sobre la historia de la primera Editorial Séneca para prologar otro libro que pronto sacaremos, y no mucho más. Esta era mi primera salida desde que la pandemia me pilló en Escocia y tuve que volver precipitadamente en el último vuelo hacia España. Un día más y mi historia personal hubiera cambiado por completo.

Uno se acomoda a cierta normalidad. El silencio de estos meses, la compañía apropiada y cómplice, el enclaustramiento en el pequeño bosque y la atadura a la tierra, propia de estas fechas donde el campo demanda tanto trabajo, había creado un estado del ser diferente, una quietud calma, una paz interior hermosa.

Cuando abandoné la finca dirección sur estuve durante un tiempo atento a los ruidos del motor, de las ruedas, de cualquier cosa que pudiera ser sospechoso de algo. Tanto tiempo sin coger el coche para trayectos largos requería cierta atención, especialmente después de los últimos avatares sufridos con él, desde que empezara el primer día del año con un accidente.

Pronto dejé el mundo celta atrás. La pequeña sierra de Édramo, el valle del Mao, la sierra del Courel y los increíbles Ancares. El mundo se fue despejando. Entré en Castilla y las vistas se ensanchaban. Al mismo tiempo ocurría en la propia mente. Lo bueno de viajar es que de repente empiezas a coger distancia de la rutina, de la vida ordinaria, y comienzas a ver todo de forma diferente. Especialmente aquellos vicios en los que sucumbes en el día a día, aquellos obstáculos que no te dejan crecer y avanzar. Los viajes siembran en la mente inquietudes nuevas, razonamientos diferentes. Es como si algo se despejara de repente. Los problemas se ven desde otra perspectiva y siempre se alcanza soluciones rápidas para atajarlos. Siempre que tuve alguna gran idea fue viajando. Todo se ve de forma radicalmente distinta.

Atravesé media Castilla y me adentré por la también increíble sierra de Gredos, por la zona amurallada de Ávila. Disfruté del nuevo paisaje montañoso, agreste, casi sin vegetación en algunos puntos. Así anduve hasta llegar a tierras del Tiétar y la Vera, donde me esperaba el amigo Carlos, el cual tuvo la gentileza de preparar un suculento plato con frutos recién recogidos de la tierra. Me alegró verlo en su nueva vida y me alegró haber sido puente de la misma. Siempre me gustó el oficio de enlazador de mundos. Es como pura magia. La excusa del viaje, una reunión con el patronato que dirige estas tierras, me anima a seguir la marcha hacia tierras del sur, ver a la familia, que quedó atrapada en la casa cordobesa, y disfrutar de este calor, casi asfixiante, que ya empiezo a sentir en los adentros.

Se me hace extraño este viaje. La nueva normalidad ya no es como antes. Ahora una visita puede ser motivo de desconfianza o recelo. Se ha roto en muchas partes con el ritual del saludo, del abrazo sentido. La gente te mira con suspicacia, especialmente si eres un extraño ajeno. Vi a los primeros peregrinos esta mañana, muy pocos y escasos para las fechas que son, y notaba cierta extrañeza en el ambiente. Tengo la sensación como si de alguna manera hubiéramos entrado colectivamente en un nuevo ciclo. No me refiero a una nueva era, pero sí a algo nuevo y extraño. Como no soy clarividente no sé qué podrá pasar a partir de ahora, qué clase de cosas ocurrirán en los próximos meses, pero siento interiormente cierto resquemor. Como si hubiera algo que no está del todo bien, como si esta nueva normalidad encerrara una especie de sorpresa no muy agradable.

Quizás por eso, y porque ya echo de menos los abrazos sentidos que todas las noches recibo en nuestra pequeña normalidad, tengo ya ganas de volver al bosque, a la pequeña cabaña. Por suerte volveré cargado de inspiración. Y eso provocará cambios, muchos cambios futuros que seguro mejorarán algunas cosas. Mañana alguna más aventura, pasado, Dios dirá.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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