Escritores conversos


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Gaspar Melchor de Jovellanos, pintado por Goya. Portada de nuestro primer libro editorial

Crónica de una crisis anunciada fue el título de uno de los primeros libros que editamos en la fallida editorial Welton. Lo escribió Marc Vidal, por aquel entonces un desconocido economista que llamaba a nuestras puertas para editar su libro. Nuestras puertas eran en aquel entonces modestas. Era el año 2009, la Editorial Séneca solo tenía tres años y Nous llevaba solo un año intentando editar libros de mayor calidad. Welton editó pocos libros, pero eran buenos y seleccionados. Nuestro socio en ese tiempo, el ahora entrañable amigo Luis Valls, hizo una gran labor. Creo que si hubiéramos seguido en el mismo barco Welton hubiera sido una gran editorial y yo una persona más afortunada.

A Marc Vidal le fue bien a partir de ese libro. Se hizo conferenciante y consultor internacional y ahora aparece en todas las televisiones hablando de la economía digital. Recuerdo que nos escribía desde Londres cuando las cosas empezaron a ir bien para él, preguntando por su libro, por los royalties, por las ventas. Welton empezaba a agonizar, pero gracias a ese sello editorial empezó mi aventura diplomática y amistades que duran hasta el día de hoy. No hay mal que por bien no venga, dicen los consolados.

Es divertido pensar como un hombre pobre se junto con hombres ricos que se hicieron más ricos y el pobre más pobre. Debe ser alguna especie de condición secuencial innata. Unos nacen para amasar y otros para ir tirando. Descubrimos otros autores que luego se hicieron famosos y ficharon por editoriales como Planeta. Al menos cinco de ellos ganaron mucho dinero, y en cuanto nosotros empezábamos a hacerlo, fichaban por los grandes. Viendo nuestro éxito a la hora de descubrir a personas que luego darían grandes beneficios editoriales, un buen amigo editor me dijo que quizás debía dedicarme a eso, a descubrir autores potenciales. Incluso me llegó a ofrecer el capitanear su gran editorial a cambio de un buen sueldo. Pero yo había nacido para ir tirando. Era tan exigente con las cuotas de libertad que había logrado adquirir dentro de mi propia pobreza, que pocas riquezas materiales podían persuadir o comprar, a pesar de que las tentaciones de todo tipo han sido múltiples y notorias, esa libertad pirata que ondeaba ya en mi vida cada vez más desordenada y atávica.

Admito abiertamente que sufrí un trauma cuando lo perdí todo, y desde entonces, me doy cuenta ahora, he preferido inconscientemente no tener dinero. Lo invierto en cosas, en nuevas ediciones de libros, en experiencias, en ayudar a los demás, pero nunca tengo dinero en el banco, quizás por ese miedo ancestral de perderlo de nuevo todo. No deja de ser curioso como algunas experiencias te condicionan la vida para siempre. Recuerdo cuando aquel famoso autor ganó algo más de un millón de euros y yo renuncié a mi parte, unas tres veces lo que nos costó esta finca, solo por ese miedo u orgullo ante la vida mal digerido. Podría estar viviendo en estos momentos en un lujoso lugar en Nueva York si ese miedo atávico no se hubiera manifestado de forma tan elocuente, o en una inmensa granja alemana si me hubiera dedicado a la servidumbre plácida.

Pero rebelde como soy, hoy recordaba todas estas cosas con cierta indulgencia. Lo suelo hacer a principios de mes, cuando hay que afrontar el pago religioso de todas esas deudas que uno acumula gracias a sus errores pasados, normalmente nacidas para intentar ayudar al otro de forma poco inteligente y siempre despreciando mi propia integridad y seguridad. Me acordaba de todas las personas a las que de alguna manera ayudé, directa o indirectamente, incluso a algunos que lograron encontrar días de gloria o fama; y de todo el dinero que por el camino había perdido gracias a mi idea de mirar antes al otro que a lo propio.

Lo recordaba en voz alta mientras tomábamos una horchata en la futura nueva sede de la editorial, una pequeña habitación ahora destartalada, de piedra medio derruida, sin ventanas ni puerta, aún por hacer en su totalidad, y que mirábamos con esa ilusión por transformar el sitio en lugar bello. Reía interiormente por todas las sedes que la editorial ha tenido en sus espaldas. Córdoba primero, la Montaña de los Ángeles, Madrid en tres lugares diferentes y Galicia, primero en la bonita localidad de Samos y próximamente en O Couso. Era el precio de la libertad, o mejor dicho, es el precio de esta libertad.

Tras el episodio de la horchata, y tras ponerle las pinzas a uno de los coches inmovilizado por la pandemia para resucitarlo con un eléctrico desenlace, empezó de repente a tronar y llover. Tras darle una vuelta al coche me vi corriendo bajo la lluvia entre las huertas, buscando refugio en la pequeña cabaña. Me olvidé de las deudas, de las angustias de primeros de mes y recordé el precio de esa extraña sensación de libertad del pobre. En el fondo, yo también soy una especie de escritor converso. A pesar de todos los fracasos, año tras año he sido capaz de escribir mi propio relato, mi propia historia de vida. He sido el guionista de todo cuanto me ocurre, y lo más importante, siempre he tenido la posibilidad de poder elegir. Un escritor converso, un hereje disfrazado, limitado únicamente por su pobre imaginación.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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