No necesito nada


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© Michael Schlegel

Lo decía hoy una buena amiga mientras miraba los paquetes de la mudanza. Con dolores de espalda, sufriente por la edad y los acontecimientos, y aún se aventura a cambios tajantes como esos que nos empujan a buscar en lo sencillo la vida plena. Mudo se queda uno cuando el mundo empieza a percatarse de que no necesitamos nada. Solo bucear en la sencillez de las cosas, en la promesa del mañana, en la profunda melancolía del presente que nos advierte de que aún estamos vivos, pero que todo es temporal, provisional, hasta nuevo aviso. Estar vivos, eso es lo que realmente debería importarnos. Si fuéramos humildes veríamos que con eso nos basta. No hace falta aspirar a nada, solo alinearnos con la vida, centrar nuestras promesas en aquellas pequeñas cosas que nos hagan sonreír y dejar que la vida se manifieste a cada instante.

No necesitar nada es la expresión de una gran revelación, de una especie de iluminación espiritual que nos advierte de que ninguna de las cosas conseguidas entrarán por el ojo de la aguja de la tejedora de velos. No podremos llevar nada al otro lado, ni éxitos ni fracasos, ni dinero ni riquezas ni propiedades. Habrá gente que nos amará, otra que nos envidiará y otra que nos odiará. Tanto una como la otra cosa son burlas que no podremos amasar en el horno del más allá. Nadie nos amará ni odiará en el otro lado, a sabiendas de que todo lo aquí acontecido es un juego de nenos, de seres experimentando la realidad que son capaces de imaginar.

Esto último es importante: vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Hay resortes dentro de nosotros que nos impiden imaginar otros mundos. Tenemos sembradas las semillas de la escasez o de la riqueza, y según nos creamos ese cuento, crecerá una u otra. Nos cuesta entender que esa realidad puede cambiar y que, de alguna forma, podemos ser artífices de nuevos escenarios. ¡Ay! Uno se queda mudo cuando entiende esas leyes básicas del mundo cuántico. Uno se queda desnudo y errante por no saber articular realmente los resortes que mueven la dinámica de todo tiempo y espacio. Pero el secreto es simple: vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Y cuando llegas a esa certeza, no necesitas nada. Simple y llanamente te limitas a interpretar el papel que durante tu vida has tejido. O buscas las maneras de cambiar de escenario para que la vida sea cada vez más sencilla, más simple.

Una vida simple que nace del mundo que somos capaces de imaginar. Pero, ¿hay alguien que imagine nuestras vidas? Esta cuestión aún resulta más peliaguda e inquietante. ¿Realmente somos nosotros los que imaginamos el mundo, los que dirigimos la gran obra de nuestras vidas, los mandamases de este cotarro, los verdaderos guionistas del cuento? ¿O hay algo más? Claro que hay algo más. Cuando observo el crecimiento lento de los robles, abedules y castaños que rodean esta pequeña cabaña, veo que su mundo está condicionado a las fuerzas de la naturaleza, a los elementos que la tejen, a la luz que viene y se precipita desde el astro sol. El árbol por sí mismo no podría vivir, y al abrir sus hojas hacia el cielo, de alguna forma es consciente de esa necesidad de luz, de ese reconocimiento, de esa certeza.

Nosotros deberíamos asimilar esa sabiduría innata y abrir nuestros corazones hacia el cielo, hacia la luz que ilumina nuestras mentes. Deberíamos recordar a cada instante que nuestras vidas dependen en gran manera de otros grandes seres que velan por nosotros. Así que somos capaces de imaginar nuestras vidas, nos volvemos de repente sencillos y terminamos agradecidos por toda esa oleada de existencia en la que vivimos y tenemos nuestro ser. Damos gracias, como recompensa al éxito de vivir una vida humilde y sencilla. Gracias por estar vivos, gracias por tener el valor y la necesidad interior de elevar nuestras miradas al cielo en señal de reconocimiento y admiración. Gracias por imaginar un mundo que se eleva sencillo por encima de toda complejidad. ¿Qué más hacer? Uno se puede sentar en una silla, junto a un libro, encender una vela, cerrar los ojos e imaginar mundos…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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