Style


 

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Ya no tengo estilo. Realmente, creo que nunca lo tuve. Pero ahora menos aún. Siempre desaliñado, con barba de muchos días, casi semanas, el pelo, el poco que queda, anárquico y libre, los pelos en el pecho enroscados unos con otros. La ropa, ¡ay la ropa! Si estoy asalvajado, lo que menos miro es la ropa. Siempre sucia por el trabajo duro del campo, cuando no es arrastrando piedras es haciendo mil cosas. Como no hay dinero para editar nuevos libros, me tomo la labor editorial con una calma extrema. Cuando llama algún cliente, jamás se imaginaría que está hablando con el mismísimo editor, y que ese editor lo mismo está encima de un tractor, o de un tejado, o arreglando algún cable en el sótano. Por dentro me río cuando llama alguien importante o reverente que se imagina extrema seriedad al otro lado del teléfono.

Me gustaría decirles algo así como “Aló, aquí el doctor, el editor, el responsable, sí, ultimando las últimas novedades, pactando la venta de derechos, asumiendo la compra del que será seguramente un gran éxito”. Pero no, el doctorsito hace de todo menos lo que supuestamente tendría que hacer. Y el mes que viene tengo que dar una conferencia ante gente selecta, escrupulosa, medianamente civilizada, de esas que suelen tener altas dosis de exigencia. Y ya ni siquiera sé de qué hablar. Si fuera valiente diría algo así: “sepan ustedes que desde la antigüedad clásica no se ha dicho nada nuevo, así que pregunten”. La conferencia podría durar diez segundos, una frase, y luego, tras haber ido a la peluquería, haber comprado alguna camisa nueva y haberme duchado y afeitado, contestar amablemente cualquier duda sobre el final de los tiempos, el Apocalipsis inmediato o del porqué la necesidad inmediata de crear islas de salvación, utopías que puedan sobrevivir a la purga.

Es verdad que no tengo estilo. Me daba cuenta esta mañana cuando bajé a enviar algunos paquetes y me topé en la oficina de correos con el prior del monasterio. Me miró de arriba abajo pero saludó amablemente, disimulando su asombro. No caí en la cuenta de que siempre bajo corriendo al pueblo tras arrastrarme por la tierra o tras llenarme el cuerpo de grasa de cualquier máquina. Carmen, la directora de la oficina, me mira siempre amable, acostumbrada como está a mis elocuentes apariciones. Al fin y al cabo soy su mejor cliente y me trata con cariño. Nunca me enfado cuando le digo que muchos paquetes nunca llegan a su destino, y tampoco cuando le indico que a México especialmente y a Latinoamérica en general no llega casi ninguno. Aquello es otro mundo, por eso cuando algún cliente de esos países compra algo, suspiro y rezo, me encomiendo a San Ajún Bendito, santo apostólico de los imposibles y las utopías.

Para disimular mi falta de estilo, y cambiando de tema y de mirada, le dije al prior que me debe una visita a la biblioteca del monasterio. Ya que nos hacemos competencia en lo espiritual, al menos deberíamos crear lazos de amistad, quedando claro que la herejía, es decir, nosotros, somos buena gente, y que el pensar de forma libre y diferente no difiere mucho del dogma y la doctrina, porque en el fondo, lo ortodoxo y lo heterodoxo, creen en lo mismo: el gran misterio de la vida. El prior, amable, sin saber muy bien quien soy, más allá del hippie-jefe, como por aquí me conocen, se limitó a contestar un “cuando quieras”. Así que, emplazado quedo. Prometo afeitarme para esa primera visita informal al monasterio, porque formales ya hemos hecho algunas. Y prometo remirar mi vestuario para parecer una persona normal y civilizada. ¡Qué tiempos aquellos en los que semana sí y no iba a comprar modelitos para no ir más de dos días al trabajo con la misma ropa! ¡Cuanto dinero y tiempo ahorro con esto de no tener estilo, ni vestuario! Siempre las mismas camisetas del primar, las que valen a tres euros y te compras diez y te duran una década, casi todas del mismo color. Y siempre esos pantalones del decaslón, eso sí, todos iguales excepto los de invierno, que difieren en tamaño con los de verano, de esos que la gente utiliza para pasear por la montaña y que para mí son como una segunda piel, casi diría que como una segunda residencia.

Es cierto, cuando vives en el campo a veces te descuidas. Pero mi descuido es casi patológico, porque las gentes de por aquí que cuidan de las vacas y los prados, aunque tengan las manos manchadas y huelan de forma contundente, suelen vestir decorosamente. Mis atuendos, de ciudad, modernos, pero convertidos en harapos sucios y rotos, no pegan con el entorno. Debería vestir con esas camisas gruesas de cuadros negros y rojos que aparecen en las películas y con recios pantalones de hombre de verdad. Entonces no importaría que fuera sucio, porque de seguro, que con pinta de leñador de foto de calendario para señoras, seguro que impresionaría. Convencido quedo de que tendría estilo. Ahora no, ahora ya no tengo estilo. ¡Qué le vamos a hacer!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 comentarios sobre “Style

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