Vivir de otra manera


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Esta mañana se me pegaron las sábanas. La verdad es que llevo una semana de cansancio acumulado, o de necesidad de dormir un poco más. No sé si tiene que ver por el calor, o porque desde hace ya un tiempo he dejado de consumir lácteos y huevos y mi cuerpo se está readaptando a la nueva dieta aún más vegana. Lo cierto es que como hemos tardado en abrir a las gallinas y la pata, en el estanque estaban todos los peces felices, danzando de arriba abajo, jugando con las hojas que habían caído la noche anterior tras los fuertes vientos. Ha sido una bonita imagen ver la felicidad de esos peces que han sobrevivido a casi todo tipo de avatares.

Eso nos motivó, aprovechando a que en estos días hemos ampliado la instalación fotovoltaica con tres placas más y un inversor más potente, a reciclar el viejo estanque, juntarlo con el nuevo y crear, mediante un pequeño circuito, una cascada con la intención de oxigenar el agua. Esperamos que eso haga más felices a los peces que vivan en él. Da gusto ver la riqueza animal, sin colaborar en la cadena trófica y dejando que vivan felices en un entorno privilegiado.

Las gallinas se enfadan cuando llegamos tarde. Tienen una manera peculiar de llamar la atención cuando ven que pasan las horas y nadie les abre el corral. Luego corren contentas por toda la finca, buscando suculentos bocados de aquí y de allá. En la casa, los gorriones han hecho varios nidos. Uno de ellos, con cinco polluelos, se puede ver cuando vamos a regar las frambuesas que hemos sembrado en el interior del patio. Es una imagen bucólica, un síntoma de que la vida sigue, de que la vida se expresa y se regenera a su manera.

Nosotros como especie humana alguna vez caímos de las ramas de los árboles, y en esa caída, olvidamos la felicidad natural, la que se conforma con contemplar un atardecer, dar un paseo entre la hierba o tirarse sobre ella sin hacer nada. Desde que caímos de los ramas y los árboles, hemos perdido el contacto con lo sencillo, con lo natural, y nos hemos alejado excesivamente de la naturaleza, creyendo incluso que es algo ajena a nosotros. Pero cuando vives en ella de forma respetuosa, edificando pequeñas cabañas para vivir, intentando no agredir el medio envolvente, te das cuenta de que somos parte de ella.

Gracias a la nueva instalación fotovoltaica, aún insuficiente, pero mucho mejor que la que teníamos, ahora podemos poner lavadoras de más de media hora. Y poner la bomba del agua mientras se carga la moto eléctrica. Además a la vez, sin tener que gritar de un lado para otro para desenchufar todo cada vez que queremos limpiar la ropa o enchufar algo que requiriera fuerza. Hemos adquirido un inversor que dobla la potencia -hemos pasado de una instalación de 24V a una de 48V- y hemos juntado las viejas baterías que teníamos en las cabañas con las nuevas que llegaron hace unos meses y que instalamos en la casa. Más las tres placas nuevas, suman ocho placas, ocho baterías y un inversor de cinco mil vatios. Llevamos seis años siendo autosuficientes energéticamente, y ahora también unos meses, algo más autosuficientes en cuanto a movilidad.

El progreso trae cosas buenas, no hay que renegar de él, sino alinearse con sus cosas buenas. Seis años sin pagar factura de la luz, ni factura de agua, y ahora, seis meses sin pagar gasolina gracias a esa pequeña moto eléctrica que nos lleva y nos trae para desplazamientos locales. En estos años habremos ahorrado unos quince mil euros en factura de agua y luz, a lo que habrá que sumar el ahorro en gasolina. El siguiente paso será doblar la potencia eléctrica para librarnos de las botellas de butano y poder cocinar y calentar el agua solo con electricidad. Seguiremos buscando soluciones económicas para la calefacción de invierno, algo que el año pasado quedó pendiente. Y de aquí a unos años, un coche eléctrico recargado con nuestro sistema de placas solares hará que el ahorro sea considerable. Seremos lo más ecológicos que la tecnología permita.

Todo es un experimento cuya pedagogía consiste en contar que se puede vivir de forma diferente. Los peces pueden vivir sin ser comidos. También las gallinas, y los patos, y las vacas y todos los animales. Además, se puede vivir energéticamente de forma autónoma, y también, en cuanto a movilidad, nos podemos desplazar sin contaminar. Hoy hice un viaje con la moto eléctrica de más de setenta kilómetros y fue un placer el pensar que no se contaminó nada, que no hacía ruido en mi desplazamiento y que la misma se recargará con la luz solar de mañana.

El siguiente paso gigante será la comida. El tema de la huerta será un reto importante a desarrollar en los próximos años y ver de qué manera se puede hacer un vergel de alimentos. Paso lento pero seguro. Poco a poco. En esas andamos, preparando la tierra para el futuro.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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