Fuerza, sentido y protección. Cuando el Ser se hace experiencia


 

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Si esta fuera la mitad de mi vida, admito que ha sido muy difícil tener una experiencia real del Ser. Dürckheim, en su libro “El Maestro Interior”, nos da algunas pistas de cómo debería ser ese contacto real con el Ser Esencial, y de como, de alguna manera, ese Ser se manifiesta en el Camino interior, en el camino espiritual, especialmente acotado dentro de la vida cotidiana.

Para estar en el Camino del que nos habla Dürckheim, se tiene primero que asentar uno en su centro. Encontrar el centro es complejo, especialmente ante las mil necesidades y los cientos de miles de estímulos que recibimos todos los días. Estímulos que nos distraen, que nos ponen a prueba y que nos sacan de nuestro centro. Estar en el centro, en el punto de quietud, que dirían los budistas, es difícil. Requiere disciplina, fortaleza y una constante necesidad de búsqueda interior. Requiere, además, un convencimiento absoluto de que la realidad profana en la que vivimos es trascendida por una realidad sagrada, espiritual, profunda.

El centro somos nosotros cuando hemos integrado en nuestra personalidad todos los aspectos relevantes. Nuestro cuerpo físico está en sintonía con nuestra energía, esta con nuestras emociones y estas últimas con nuestros pensamientos. Ahí se encuentra el centro, y nosotros, en nuestra máxima expresión como seres humanos, nos convertimos de repente en el centro del universo, de donde todo emana y todo se conjuga. Al ser seres constituidos como hologramas, todo lo que ocurre en nuestro exterior no deja de ser un reflejo fiel de aquello que expresamos interiormente. Nuestro enfoque cuántico determina la realidad que experimentamos. Y la profundidad de ese enfoque determina la profundidad de las experiencias que recibimos y experimentamos. Realmente existe una correlación de fuerzas y energías que ordenan el escenario en el que vivimos, dotando al mismo de fuerza, sentido y protección cuando el Ser se expresa y se hace experiencia.

Por ello, el reajustar todos los días nuestro mundo interior mediante técnicas como la meditación o la contemplación, de alguna forma ayuda a ordenar toda la pantalla holográfica que se expresa en nuestro exterior. Si dentro hay conflictos, a veces conflictos no resueltos de nuestra infancia o juventud, esos conflictos se manifestarán una y otra vez en el cinemascope de nuestras vidas. Solo cuando desde la calma conseguimos alinear nuestras fuerzas, la proyección exterior se reordena y reaparece un mundo en equilibrio. Integrar ambos mundos, el interior y el exterior, lleva tiempo, pero esa integración necesaria forma parte de la búsqueda del centro.

Nos dice Dürckheim que el ser humano tiene tres necesidades fundamentales: la primera es la necesidad de vivir, que sería como decir la necesidad de prestar atención a la subsistencia diaria, la cual nos da fuerza; la segunda sería el dotar a nuestras vidas de sentido; y la tercera, sería la búsqueda de comunidad. El ser humano busca un “tú”, un diálogo donde la soledad no tenga cabida. En ese diálogo, siempre entre iguales, entre prójimos que se entienden, se establece una relación de seguridad y protección.

Cuando uno se hace adulto, hay un momento de ruptura con la comunidad tradicional, normalmente establecida por el parentesco, la familia o la patria de nacimiento. Sin embargo, cuando el Ser se hace experiencia en nosotros, la necesidad de una renovación de nuestros lazos afectivos sufre una intensa crisis, buscando esa nueva comunidad que dote de sentido a nuestra nueva visión. Esa búsqueda de familia espiritual no siempre se encuentra satisfactoriamente, porque aquel que ha experimentado el alumbramiento de una nueva realidad debe pasar inevitablemente por esa oscura noche del alma, hasta que al final de la misma, al final de ese oscuro túnel, una nueva familia nos espera.

Cuando estas tres necesidades, la de vivir, la de encontrar sentido a la vida y la de estar en comunión en el seno de una comunidad se satisfacen provechosamente, uno encuentra su verdadero centro. Entonces el Ser encuentra su plenitud, su orden y su unidad, y es capaz de expresar la consciencia de su fuerza, de su valor y la consciencia del “nosotros” como una comunión primordial, un lazo místico que une a unos y a otros en esa unidad psíquica, muchas veces inconmensurable, incomprensible, invisible. Es a partir de ese momento cuando volvemos a tener esa confianza primordial ante la vida, esa seguridad que nos lleva inevitablemente a un destino común, y de paso, a comprender que esa nueva consciencia requiere inevitablemente del apoyo de una verdadera comunidad. Esto es apasionante, porque de alguna forma, esa comunidad, la veamos o no, la sintamos o no, la comprendamos o no, existe. Y cada vez se amplia con mayor fuerza a medida que nuestro ser se expande en la experiencia del vasto mundo espiritual. No hablamos aquí de una comunidad de vida cotidiana, sino de una comunidad del lazo místico, en lo intangible, unidas por un propósito de mejoramiento, de ayuda mutua, de cooperación.

Termina Dürckheim diciendo que cuando esto ocurre, el ser humano descubre otra vida en la cual el absurdo es sustituido por un verdadero sentido vital y profundo, y la sensación de abandono por una inmensa sensación de protección que muchas veces no parece de este mundo. Es así como el Ser esencial se expresa en nosotros, viviendo una vida llena de seguridad y sentido.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 comentarios sobre “Fuerza, sentido y protección. Cuando el Ser se hace experiencia

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