Salvemos la monarquía


 

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Realmente el título debería ser “Dios salve al Rey”, porque la monarquía, tal y como está actualmente configurada, tiene los días contados. Aún así, desde un punto de vista antropológico, deberíamos hacer una reflexión profunda para poder salvar la monarquía como institución, eso sí, alejada del poder y la política, aunque sea simbólico, por el cual se ejerce de Jefe del Estado de forma vitalicia y hereditaria. Esto es un anacronismo de la Edad Media que aún pervive en Europa en países como Reino Unido, Noruega, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y nuestro país. También existen tres microestados con monarquía, Liechtenstein, Mónaco y Andorra, y una monarquía electiva teocrática, la Ciudad del Vaticano. Sí, todo esto en pleno siglo XXI.

Hay muchas anomalías incomprensibles en toda la historia monárquica desde los primeros reyes visigodos, o si tiramos un poco del hilo, desde el primer rey europeo, el caudillo Hermerico, el cual reinó, bajo dominio del emperador romano, en la actual Galicia. En primer lugar, tras tres restauraciones, y desaparecidas las casas de Trastámara, de Austria y Saboya, nuestro país está regido por una casa francesa, la borbónica, una de las líneas que pertenecen agnáticamente a la dinastía de los Capeto. Hay que tener en cuenta también la anomalía de que la tercera restauración borbónica vino de manos del dictador Franco, el cual designó como heredero al rey ahora emérito.

Dicho esto, tenemos dos bases fundamentales para dar poca fe a la monarquía: su anomalía histórica y su anomalía antropológica. No es posible que en pleno siglo XXI exista una figura política que sea vitalicia y hereditaria. Tampoco es posible que en plena modernidad existan reinos medievales o monarquías, por muy constitucionalistas que sean. Y menos aún cuando en el caso de nuestro país, esa monarquía fue restaurada por un dictador.

Aún así, se debería hacer un gran esfuerzo para proteger al mundo nobiliario de su futura extinción. Me refiero a que, desde un punto de vista cultural, histórico y antropológico, debería buscarse una fórmula para que algo tan singular, peculiar y atípico, sobreviviera en el tiempo. Existen actualmente en el Reino de España 2200 personas que poseen títulos nobiliarios entre reyes, príncipes, infantes, grandes de España, duques, marqueses, condes, vizcondes, barones, señores e hidalgos. Toda una retahíla de casas y títulos que conforman la Grandeza de España. Sería digno que el mundo nobiliario se rigiera por su verdadero origen, el cual pretendía distinguir a la aristocracia, es decir, a la excelencia, la cual, tal y como sugerían Platón y Aristóteles, debía ser encabezada por gente que sobresale por su sabiduría intelectual y por su elevada virtud. Sobre esto último no voy a verter opinión alguna.

Por supuesto, valga decir que si algún monarca ha cometido un delito, debe ser juzgado por ello. Al igual que debería ser juzgado cualquier ciudadano, incluido cualquier político. Más allá de las noticias de actualidad, creo que sería una salida noble para tanta anomalía el poder proteger la institución nobiliaria como un bien del patrimonio intangible, como Patrimonio Cultural Inmaterial. Eso sí, una vez retirada la monarquía de todo gobierno o privilegio de cualquier tipo que se refiera a algo parecido a eso de ser hereditario y vitalicio. Solo de esta manera podríamos proteger y salvar a la monarquía, y de paso, ordenar la política desde la sensatez y la modernidad que reclaman los tiempos. Dicho esto, ¡Dios salve al Rey! y ¡viva la Rex-pública!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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