La era de la brevedad


 

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© Nodeh

Llueve, llueve, llueve. Hace frío ya casi rozando el verano. Me levanto, sigo con las rutinas de abrir la puerta a las gallinas, meditar, cantar algo, estirar el cuerpo. Luego vuelvo a la pequeña cabaña tras embelesarme con la belleza del lugar. El fuego está encendido, el desayuno esperando, también el escáner y el ordenador, trabajando en la edición facsímil de un poeta mundialmente conocido. Guardo como un tesoro el original, conseguido con algo de dinero y suerte. Me paso prácticamente todo el día escaneando y tratando cada página con un programa especial. Corre prisa esta edición.

Hace ochenta años que se editó por primera vez en México, justamente en un mes como el de ahora. Junio siempre es un bonito mes. Es el mes de la juventud, donde el sol empieza a bajar y es necesario encender las primeras antorchas, símbolo de la luz menor que nos ilumina en la noche de nuestra civilización. Junio abraza la primavera y el verano juntos, la fiesta de San Juan, el solsticio, la celebración del buen tiempo.

Observo el libro con detalle. No me gusta el desarrollo de la poesía que contiene. Me parece algo cursi e infantil. Pero resulta que el libro es un hito, algo que debió hacer historia. A veces los autores son más conocidos por cómo viven o cómo mueren que por su propia obra. A veces escribir no trata solo de tener talento, sino también de tener algo que contar, algo que transmitir, algo que mezcle la metaficción con versos enredados en lo real. Ser un genio de la escritura es un reinado que muy pocos disfrutan.

Nos hemos quedado sin agua. Por suerte había un poco en la jarra de vidrio y con ella hemos podido hacer una rica sopa de miso y verduras para cenar junto al fuego. Añadimos alguna seta, perejil y algas. Los fideos del número cero son los mejores para agilizar la labor de una comida rica y de batalla.

Esta mañana se rompió una tubería. La de atrás, la oculta, la que nunca se ve. Fui corriendo a la ciudad para comprar lo necesario y poder arreglarla. Aproveché para comprar algunos víveres. Como ahora no tengo que responsabilizarme de dar de comer a treinta o cuarenta personas, estoy aprovechando para comprar algunos caprichos que antes me parecían impensables: setas, avellanas, miso, aceitunas, crema de almendras…

Como nos hemos vuelto veganos, hemos eliminado todo lo que tenga lácteos y huevo, aunque como buen pecador que soy por mi propia naturaleza omnívora, confieso abiertamente que estoy deseando escaparme para tomar una pizza cuatro-quesos. En este estado pecaminoso, nunca podré alcanzar la luz total, solo quizás algún tipo de tonalidad grisácea y quizás algún destello de luz fría, pero solo por el mérito de no comer carne desde muy temprana edad. La virtud no es total, ni pura, pero se hace lo que se puede.

Seis años de vida de campo han servido para aprender casi todos los oficios. También fontanería. Llovía y hacía frío también en la ciudad, pero de forma más benévola. Si no fuera por esa esperpéntica imagen de personas vagando con sus mascarillas, pareciera que el mundo está empezando a entrar en cierta normalidad. Tras hacer las compras oportunas, a la vuelta, justo sobre el puente que se eleva sobre el río, me encontré a alguien con el rostro desnudo, sin máscara ni mascarilla. Era el amigo A., un intelectual de los de antes, aristocrático, elegante, inteligente, de humor agudo y corazón noble. Todo un señor nacido en un tiempo equivocado, perdido en este telar inapropiado para su naturaleza.

Me alegró mucho verlo y nos abrazamos sin respetar la distancia de seguridad, que ya no sabíamos si era de uno o dos metros. Como los dos somos de talante tímido, el abrazo duró menos de tres segundos, pero viniendo de nosotros, era más que suficiente. Me invitó a su casa para tomar un té. Suertudo, su hogar parece una mansión, un palacete, en comparación con mi pequeña, aunque suficiente, cabañuela. Me quedé fascinado por los espacios, por la infinitud de lugares, por su porche, por su jardín. Eso en las grandes ciudades es impensable. Me alegré mucho por él, porque además la casa tenía ese estilo señorial que a él tanto le pega. Hablamos de muchas cosas. Compartimos la misma afición por los libros. Aunque es oriundo del Mediterráneo, conoció hace casi seis años nuestro proyecto y aquí se quedó, como muchos otros que por culpa o gracia de esta utopía han terminado viviendo en sus alrededores, aquí en esta tierra celta hechicera. Como si una pequeña comunidad paralela se hubiera tejido a las faldas de estos bosques y muchos hubiéramos quedado atrapados en sus ramales.

El encuentro me inspiró imágenes bucólicas, quizás de otras vidas, de cuando en el mundo había ciertos rincones de intelectualidad protegidos y frecuentados por todo tipo de sabios, que sin prisa, orquestaban ideas y visiones. Quizás también esa imagen esté distorsionada por el paso del tiempo, pero es cierto que cada vez es más difícil encontrar sujetos capaces de razonar e indagar sobre cuestiones profundas sin prejuicios y con ánimo de expandir la visión de las cosas.

Y es que los tiempos han cambiado. La rapidez y lo inmediato, lo útil y material, vende más que un tratado sobre fuego cósmico o una novela histórica sobre el devenir humano. Resulta difícil encontrar a un Borges o a un Goethe contemporáneo. En un mundo de tanta prisa, es mejor contar cosas cortas, ir al grano, no enredarse con mucha poesía o narrativa de mágica realidad. La propia escritura está sufriendo una gran transformación. El mundo de los libros ha dejado de tener protagonismo y los memes tienen más poder que cualquier lírica o épica.

Vivimos en un mundo de elipsis continua, donde triunfa el microrrelato y donde la brevedad se empodera cada día más. No solo a nivel narrativo. Ocurre en nuestras vidas, en nuestras relaciones, en nuestros trabajos, con nuestras parejas. Todo es breve, limitado, incluso hasta tabú. Ya nadie se atreve a decir si tiene o no tiene pareja ante el miedo de no tener tiempo para subir a otro nivel de mayor responsabilidad y compromiso. Todo es breve. Todo es un relato simple e infantil, de tintes pintorescos y algo cursi. Como la poesía que estoy escaneando estos días. La vida se ha convertido en un microrrelato, en algo breve e intrascendente, en un juego artificioso de voces inaudibles, en algo que dura tres segundos, como el abrazo de hoy, como la tubería rota, como los días que se agotan en un mes de junio helado y lluvioso.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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4 respuestas a “La era de la brevedad

  1. Me quedo pensando por qué utiliza el término infantil con una carga peyorativa de reducción o falta de puertas abiertas a la reflexión.
    Hay libros, hay escrituras infantiles que guardan las más complejas y profundas significaciones de la vida humana , que todos, sin excepción, arrastramos hasta el final como algo definitivo, porque nunca nos dejan.

    Me gusta

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