¿Crisis orquestada y ritos de las élites psicópatas?


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© Teo Kefalopoulos 

Cuando le enseñé todas las obras realizadas y toda la mágica transformación del lugar, empezó a llorar de la emoción. “No sé como la gente puede criticarte tanto con todo lo que has hecho y dado en este lugar. Es injusto”. Decía entre llantos. No es para menos cuando ella misma se dejó la piel en los primeros años de vida de este lugar y sacrificó toda una vida de comodidades para afrontar desde la más absoluta de las incertezas una aventura totalmente increíble e insensata.

No es casual que haya llegado hasta aquí para pasar unos días precisamente hoy. Es como si de repente hubiera un relevo de energías, sin pausa para estar unos días a solas. En el fondo sentí cierta emoción porque había alguien que podía reconocer todo el esfuerzo aquí acometido, y era consciente de que todas las crisis que hemos vivido en este lugar nunca han sido orquestadas. Han sido crisis nacidas fruto de la ignorancia, del error, de la incertidumbre, del miedo, de la rabia. Pero nunca hubo una mano maestra que quisiera generarlas.

Por ello nunca fue cierto que este lugar se creara gracias a unas ricas donaciones de Rodrigo Rato. Nunca fue cierto que fuera a menudo a Ginebra a esconder no se sabe qué dinero sacado de no se sabe dónde. O que mis viajes a Ginebra, más allá de colaborar en la edición de los libros azules, eran para reunirme con cierta élite o para estar en las secretas reuniones del club Bilderberg. Tampoco era cierto que estuviera desbancando a la fundación para mi beneficio propio, más bien estaba desbancando mi empresa y mi vida privada para poder proteger y consolidar este lugar. Durante estos años he tenido que soportar todo tipo de imaginarios, al cual más alucinante, de personas que en vez de sentir agradecimiento por el gran esfuerzo aquí realizado, les parecía más divertido entrar en la crítica o el enjuiciamiento falso y embustero.

No tengo ningún mérito en cuanto a esas crisis, excepto mis rarezas por eso de hablar el lenguaje de los pájaros o por percibir la realidad de forma mucho más sensitiva y abierta que la media. Mi único mérito, en todo caso, fue el no abandonar el lugar, el permanecer aquí, el aguantar todas las envestidas de la vida, de los personajes, del guionista, como mi querida compañera no se cansa de repetirme para tranquilizarme cuando enfurezco ante las injusticias, siempre vividas parcialmente, siempre dotadas de una languidez sesgada. Todo son aprendizajes. No hay ningún tipo de intención en ello, excepto aprender una y otra vez de los errores, del absurdo. Y como dice ella con mucho cariño, el absurdo es siempre inexplicable.

En todo caso, me emocionó que justamente hoy llegara una de las cofundadoras de este proyecto para dar su apoyo emocional en un nuevo nodo de cambio, en una nueva etapa que se presenta apasionante. Tan apasionante como la compra de un pequeño tractor que acabamos de hacer en estos días. Estuvimos haciendo cuentas y el mantener la finca limpia, desbrozada y bien cuidada nos cuesta un dineral todos los años. El hacerlo nosotros con un pequeño tractor nos permite amortizar la compra en un par de años. Así que el reto para los próximos días será hacer funcionar la máquina y empezar a limpiar la finca para seguir plantando árboles, huertas y jardines.

Toca embellecer el lugar, prepararlo energéticamente para la nueva etapa de siete años. Eso nos hará también un poco más autosuficientes y no tendremos que pedir o depender de terceros. Vamos a ver que tal nos va con este experimento. No hubo ningún rito a la hora de tomar la decisión, ni ninguna maquiavélica conjunción.  Hacienda me devolvió un dinero que me debía y aproveché para invertirlo en algo que pudiera ahorrar un dinero en un futuro. Surgió de repente, contemplando como la hierba y el matorral habían crecido tanto a tan solo dos meses desde el último desbroce. Un gasto inútil, viendo como la naturaleza actúa. Improvisamos primero con una pequeña desbrozadora que solo era capaz de abrir algunos caminos. El resto resultaba inabarcable.

Así se lo explicaba hoy al arquitecto local que venía para seguir trabajando en los planos y en las ideas para poder pedir los permisos de obras para la futura escuela. En su incredulidad sigue sin entender lo que pretendemos hacer. Aún ronda en el imaginario colectivo eso de que debemos ser unos pequeños psicópatas que pretenden hacer vete tú a saber qué clase de ritos con qué clase de propósitos oscuros. A veces cuesta explicar según qué cosas. Somos extraños en esta tierra, y eso crea prejuicio y miedo, estigma y voluntad de imaginar todo aquello que lo extraño puede suponer. Por más que me esfuerzo en presentarme como una persona normal, con su trabajo, con sus estudios, con sus relaciones sanas y completas, no hay forma de borrar del imaginario el estigma.

Estos días escuchaba con atención un video de un buen y apreciado amigo que hablaba sin pudor de que estamos viviendo una crisis (la del Covid-19) orquestada desde altas instancias y de que el mundo está dirigido por una élite, en su mayoría, formada por decena de personas, casi todas practicantes de extraños ritos que rozarían la psicopatía. Por dentro no podía más que sonreír incrédulamente. Es cierto que existe una élite, pero esa élite no es muy diferente del vecino del frente. Son personas humanas, con sus dolores de muelas, con sus sufrimientos emocionales, con sus negocios, con sus miedos. No hay crisis orquestadas. No hay una élite oscura intentando envenenar a la humanidad, o intentando apoderarse de no se sabe qué. Existen personas jugando sus propios roles. Y desde la ignorancia, nosotros, alejados de esas realidades, siempre vemos al otro como extraño. Un extraño del que no hay que fiarse, y que, por lo tanto, lo ideal es criticarlo hasta la saciedad y culparlo por nuestros fracasos y nuestras frustraciones personales. Un absurdo. Y como absurdo, algo inexplicable.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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