El crisol humano


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© Mitch Miller

Aquella tarde en New York sentí un poco de miedo. Harlen era un sitio de minorías que dominaban aquel territorio. Allí, con mi piel blanca, bajito, rubicundo, yo era la minoría, la excepción, el extraño. Cuando eres minoría, por el motivo que sea, y todos te miran raro, sientes cierto temor. También en el Magreb, cuando me despertaba en cualquier parte después de una noche de insomnio en el coche y de repente, al alba, me veía rodeado de marroquíes. O en Tijuana o en Etiopía o a veces en algunos slums de Bombay o Calcuta. Realmente no se trata del color de la piel, sino del símbolo arquetípico que ese color carga consigo.

Los que éramos emigrantes o hijos de emigrantes siempre hemos estado marcados por ese estigma. Ya fuera en una u otra tierra, siempre hay un trato de condescendencia hacia lo diferente. Lo noto incluso ahora, que estoy en tierra extraña, siendo yo el extraño, el extranjero. Lo notaba cuando vivía en Alemania o cuando estudiaba en Andalucía o cuando me crecí en aquel barrio obrero y marginal del área metropolitana de Barcelona.

La historia racial de América tiene un esplendor maravilloso, pero también una triste historia. América de Norte fue repoblada por personas que huían del viejo continente por motivos religiosos, también por esclavos del África negra, o por la pobreza de aquellos que buscaban tierras para labrarse un futuro. La mayoría de los norteamericanos son de origen alemán. El 15% de los estadounidenses son de origen germano. Le siguen los de origen irlandés, con un 10%. Con un 8% los de origen africano y tras ellos los de origen inglés. Tras los ingleses existe una larga lista de orígenes diferentes entre europeos, latinos y asiáticos.

Se puede decir que Estados Unidos es uno de los países etnográficos más ricos del mundo. Si se pudiera simplificar todo en tres categorías principales: blancos, latinos y negros, los primeros representarían más de un 70 % de la población, los segundos más de un 15% y los negros, más de un 10%.

A pesar del esplendor maravilloso de ese crisol de razas y orígenes, es una evidencia clara, y claro ha quedado en estos días, que existe un racismo y una xenofobia de unos sobre otros. Como decía al principio, ese recelo siempre tiene que ver con lo minoritario o con lo extraño. Como si de alguna forma ya viniera marcado de serie el estigma obligado a aquello que es diferente al nosotros. Lo diferente, lo extraño, lo ajeno a nuestra cultura o “familia” cultural siempre asusta, o se rechaza, a veces de forma consciente y otras de forma condescendiente.

El racismo blando también existe. La xenofobia laxa está ahí, en cualquier parte. En algunos países ya no es una cuestión tan solo de patrias, sino de origen. Unos se consideran más puros que los otros y con más derechos, por el hecho de llevar allí más generaciones o por el hecho de hablar una lengua diferente. Otros, simplemente no soportan la idea de convivir con negros, latinos o asiáticos. Incluso los hay que no soportan vivir con gallegos, andaluces o murcianos. De todo hay en este mundo multicolor bañado por el estigma al diferente.

Aún estamos muy lejos de ver al otro no por como habla, viste, piensa o actúa, sino por el brillo de su alma. Aún nos quedan muchos siglos por delante antes de poder entender que el otro no es más que una parte de nosotros mismos aún no reconocida. Un agregado díscolo. El otro solo es un reflejo de aquello que somos, vestido con unas u otras pieles. Aún estamos muy lejos de amar al otro independientemente de su origen, de sus creencias, del color de su piel. El ser humano es hermoso precisamente por todo ese crisol de diferencias. Amar la diferencia es amarnos a nosotros mismos habitando lugares extraños. Amar al extraño igual que al semejante es mirar de frente a Dios.

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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