Esplendor y ruina de un mundo que se apaga


 

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© Michael Schlegel

Hay acontecimientos que vienen concatenados. Algo que puede parecer pequeño, de repente desencadena el caos y la destrucción. Todos los sistemas, todas las estructuras, todo cuanto existe está marcado por un ciclo de vida y muerte. Eso incluye a las culturas, a las sociedades y a cualquier unidad esencial o sistema. La vida y la muerte no solo rige en la biología, sino también en el pensamiento, en el mundo regido por la emoción y en todo aquello que esté inmerso en este universo gobernado por causas y efectos.

Aún es pronto para el final de este tiempo. Quizás faltarán otros quinientos años para que todo colapse y desaparezca completamente el mundo tal y como lo conocemos hoy. La tecnología jugará un papel importante que puede inclinar la balanza hacia una utopía material o una completa distopía. En ese sentido podríamos ser algo optimistas y pensar, quizás acertadamente, que la transformación que vamos a sufrir en las próximas décadas no será del todo traumática. No al menos para la mayoría. A no ser que un ente exterior provoque un caos generalizado, la evolución y el progreso que vienen podrían ser positivos.

Siento que de alguna manera la propia naturaleza, a la que pertenecemos, se autorregulará. El progreso generalizado traerá bienestar, y el bienestar traerá menos descendencia. Esa parece la tónica dominante en los países que han logrado cierto bienestar. Es tan complejo sostener la vida de una persona que las parejas, las pocas que se fraguan, deciden en su mayoría no tener hijos. Eso podría equilibrar la superpoblación actual y, de forma exponencial, en algún momento de colapso, empezar una cadena sostenida que mengue la población. Solo esa disminución paulatina podría equilibrar el desorden organizado en el que ahora vivimos. Un desorden en cuanto a las limitaciones de los recursos que podría provocar, si no existe un punto de equilibrio, un caos global.

La crisis que estamos viviendo actualmente nos puede indicar varias cosas. La primera es que los sistemas en los que vivimos soportan de momento los envites producidos. Es decir, el capitalismo, que no es más que una forma de organizar nuestra avaricia y egoísmo tal y como expresaba Weber, genera resortes de supervivencia y se reajusta una y otra vez a los cambios producidos. Las desigualdades generadas por este sistema están fraguadas desde la propia base del mismo: el deseo. Todos deseamos tener más, poseer mas. Y por lo tanto, el sistema capitalista se ajusta a nuestros deseos, creando desigualdad en el momento en el que no todos, por el motivo que sea, tenemos acceso a esa aparente ilimitada riqueza.

La segunda reflexión sería el poder profetizar hasta cuando este sistema podrá ser sostenido tal y como lo conocemos. Si fijamos la mirada al pasado, es un sistema que ha prevalecido, con diferentes nombres y contextos históricos, durante miles de años. Realmente no ha cambiado nada en el factor de poder y dominación por parte de una minoría y de alguna manera, sometimiento y claudicación por parte de una mayoría. Eso no cambiará. El mundo en el que vivimos, podríamos decir que todo el universo entero, se rige por una clara organización jerárquica. Y en el sistema humano, esa jerarquía aparece de forma inequívoca en la repartición de la riqueza. Realmente no es repartida, sino que es conquistada o usurpada por unos pocos.

Podríamos pensar que el sistema sobrevivirá reajustando algunos puntos de sutura aquí y allá. La democratización de la riqueza, si esto pudiera llegar con contundencia en un futuro, hará que las guerras y la violencia den paso a una especie de conformismo generalizado donde la felicidad, en una primera instancia, seguirá determinada por el grado de consumo y satisfacción inmediata que este produce. La tenencia y la posesión de las cosas, por muy inútiles que sean, seguirá siendo la nota que domine nuestras vidas.

El cambio y la transformación esencial para romper con ese círculo tendrá que ver con cierto hartazgo materialista y una radical decisión para poder cambiar de forma de vida. Esto ocurrirá cada día con mayor frecuencia. Al democratizar la riqueza, el ser humano llegará a emanciparse de los sistemas primitivos de subordinación encubierta y deseará navegar por territorios nuevos e inexplorados. La libertad vencerá a la seguridad y los valores de emancipación serán cada vez más frecuentes. Este mundo se apaga en su cenit de esplendor, pero ya está germinando el nuevo mundo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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