Maestros y maestría, discípulos y Camino en el siglo XXI


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© Tony Hunter

El otro día hablábamos sobre la diferencia entre fe y esperanza. Decíamos que la esperanza nos ayuda a superar las pruebas del día a día, a sobrellevar la vida con cierta oportunidad y desarrollo exterior. En cambio, la fe nos transmitía una luz en el camino interior, un acercamiento, muchas veces inconsciente, a la experiencia trascendente. Esa fe nos acerca a la vida sobrenatural, a lo milagroso de la existencia, al poder oculto de sentir y experimentar la vida desde la consciencia más amplia.

El ser humano requiere de una llamada, de una responsabilidad mayor, de una madurez hacia el mundo y sus inquietantes retos. Existe un núcleo oculto que opera a niveles diferentes a lo cotidiano, y muchas veces requerimos de guía para poder descifrar o interrogarnos con mayor profundidad sobre esos nuevos horizontes.

En la fase de orgullo espiritual, inevitable en todo avance, se niega siempre la oportunidad de poder avanzar mediante la guía de un maestro o mediador entre el cielo y la tierra. Esa negación nos retiene en un punto de no avance, de inquietante apatía y ofuscación. El orgullo de creernos superiores o diferentes nos retiene inevitablemente al borde del Camino. Sin perspectiva, sin avance, solo nos queda entrar en un profundo silencio desde el que poder profundizar en el sentido de la humildad, su significado y utilidad.

En ese punto de silencio y quietud, el ser encuentra la oportunidad de expresar su consciencia elevada, su maestro interior, y al hacerlo, está preparado para emprender de nuevo el Camino, esta vez con la guía de alguien que haya podido avanzar más en el mismo, eso que en la tradición primordial se llama “maestro”.

El conocimiento iniciático siempre tuvo una gran consideración y respeto por la figura del maestro. Hoy día, ese respeto se ha perdido ante el antojo del empoderamiento individual y el orgullo espiritual en el que nos encontramos. Hoy día, la figura del maestro, totalmente diluida, debemos buscarla, encontrarla y describirla de forma diferente. Un maestro de nuestro tiempo, nos dice Dürckheim en su libro “El maestro interior”, es aquel que ha sobrepasado las pruebas fundamentales de la vida: el miedo, la desesperación y el abandono. Al hacerlo, está libre de los condicionamientos humanos, y puede decidir en cada momento donde situarse en el mundo. Nos dice Dürckheim que en el maestro, la vida no es solo la fuerza viva que le ha transformado y llevado a un plano superior de humanidad, sino que también le hace capaz de poder cambiar a los otros. Esto puede hacerlo actuando de cinco diferentes maneras: enseñando, aconsejando, irradiando, dando ejemplo o provocando situaciones de choque.

Hay un momento en nuestras vidas que hemos alcanzado cierto éxito, hemos saboreado los límites de cierta sabiduría y nos hemos cansado de los goces mediocres de la vida ordinaria. En ese momento, aspiramos a algo totalmente distinto. Buceamos en el misterio de la vida y cuando estamos preparados, aparece la nueva enseñanza, el nuevo Camino, convirtiéndonos en discípulos de alguien que llegó un poco más lejos.
Pero, ¿dónde están hoy día los maestros? Hoy día, el prójimo puede ser nuestro maestro si acudimos a él de forma justa y reconocida. Si el maestro interior ha nacido en nosotros, podremos ver la maestría en los otros que han recorrido una parte del sendero mayor a la nuestra.

Ese otro es sin duda un ser que trasciende la humanidad ordinaria. Ya no están sujetos al orden y las exigencias morales o sociales de nuestra sociedad, sino que viven en la libertad que les otorga el sendero iluminado del ser. El maestro puede respetar los sistemas del mundo, pero no está sometidos a ellos, por eso suele ocurrir que su presencia a veces sea incómoda, sea chocante e importune a más de uno. La figura del maestro tranquilo y anciano que tenemos en nuestro imaginario colectivo no se acerca a la realidad.

Un verdadero maestro no es un elemento de estabilidad y sosiego, sino un revolucionario. Con él nunca se sabe lo que va a pasar, nos dice Dürckheim. Es siempre imprevisible y contradictorio, al igual que la propia vida. Las personas aspiramos a la tranquilidad, a la armonía y la seguridad. El maestro, sin embargo, echa abajo toda esa aspiración. El maestro destruye lo establecido, arrasa con lo que parece estar seguro, deshace todo lo que está enlazado y aparentemente se toma como cierto. Retira el suelo sobre el que pisa el discípulo, porque lo que éste precisa es caminar, y no instalarse en un lugar seguro. El maestro mantiene viva la vida como un pasaje absolutamente impermanente, inseguro, inestable.

Para acabar, Dürckheim nos dice que el verdadero maestro realmente no hace nada, su modo de actuar es el de la no-acción. Es el mediador de una Vida que, obrando a través de él, transforma a los seres. Y esa transformación, a veces solo perceptible a los más despiertos, obra silenciosa en nosotros.

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