No tengas miedo del camino. Ten miedo a no caminar


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© Fabienne Bonnet 

El mundo se mueve por un motor llamado esperanza. Cuando nos levantamos del reparador sueño, tenemos la esperanza de que el día será hermoso y bueno. Estiramos nuestros cuerpos para que la vida se instale de nuevo en nuestra sangre, para remover cada átomo e indicar que ya estamos preparados para el nuevo día. Suspiramos una o dos veces antes de levantarnos. Miramos a nuestro alrededor para asegurarnos de que aún seguimos aquí, vivos, despiertos. Apretamos la mano de quien nos acompaña, o abrazamos con fuerza la almohada si la soledad es nuestra única compañera. Ahí empieza la esperanza. La esperanza de que el día continuará igual de agradable, igual de hermoso. La esperanza de que podremos ir a por el sustento y de que eso traerá bienestar para nosotros y los nuestros. Andaremos por el mundo supliendo nuestras necesidades porque tenemos la esperanza de que habrá un mañana.

El mañana se dibuja siempre de recuerdos futuros. De esperanza de que podremos estar ahí. A veces la esperanza se traslada a otro nivel aún mayor, una esfera interdimensional superior. Lo llamamos fe. La fe nos permite cambiar el rumbo de nuestras vidas hacia algo diferente, ya no tanto hacia la esperanza de vivir una vida que supla nuestras necesidades exteriores, materiales, físicas, sino más bien una vida mayor, más amplia, más extensa, que de cabida también a nuestras necesidades interiores y al vasto dominio de la experiencia espiritual.

A veces, cuando llegamos a ese nivel de comprensión, un camino se extiende ante nosotros. La vida nos muestra junto a él un asiento, un lugar donde acomodarnos. Tenemos ahí, en un mismo lugar y un mismo tiempo, la oportunidad de seguir adelante o la conformidad de quedarnos sentados al borde del camino. Es una encrucijada en nuestras vidas que muchas veces se presenta en diferentes momentos determinados, únicos, irrepetibles. Son nodos en el espacio-tiempo que nos hace entrar en el mundo de la fe, de lo milagroso, o nos aleja de esa oportunidad. Son momentos de puro discernimiento y de coraje, pues debemos decidir, emprender o no un nuevo rumbo.

El camino que se nos presenta no es muy halagüeño. Parece complejo, angosto, difícil. Pruebas, obstáculos, dificultades. No parece un lugar muy seguro para proseguir nuestra existencia. En cambio, los asientos son lugares cómodos donde reposar y descansar. Interiormente sentimos, en algún momento de nuestras vidas, que no debemos temer al camino. Hollar el sendero que se nos presenta forma parte de la vida. Pero el dejar de caminar, es como morir en vida, porque de alguna forma nos aferramos a la esperanza del día a día huyendo de la fe que nos mueve como almas. Cuando desertamos del camino, desertamos de la vida futura, y cuando nos hundimos en la comodidad de la rutina, del día a día, de lo cotidiano, de alguna forma estamos cavando una silenciosa tumba que nos aleja de nuestro inevitable propósito existencial.

Las causas y los efectos de toda esa trascendental decisión no podremos verlos de inmediato. Platón nos aclaraba que las reminiscencias pretendían ordenar todas las causas y sus efectos mediante el recuerdo. Ese recuerdo nos lleva inevitablemente a la metempsicosis, a la idea de la transmigración de las almas en su triada principal: cuerpo, alma, espíritu. El soma, la psique y el nous. Si vivimos siempre pensando que el soma, la tumba del alma, el cuerpo, es nuestro único valedor, viviremos agazapados al borde del camino, descendiendo nuestra luminosidad y nuestro propio recuerdo, anulando en vida nuestro proyecto trascendente.

Sin embargo, si emprendemos lo que Eliade llamaba el vuelo mágico, las alas de nuestra alma se extenderán sobre nosotros y emprenderemos el viaje necesario, dentro del marco de la fe, que nos permitirá avanzar vida tras vida en múltiples viajes y aventuras cuya finalidad será la de adquirir, como diría Gurdjieff, el recuerdo de sí mismo. La vida clamará nuestra presencia, nuestra colaboración, nuestra participación en la Gran Obra. No podemos alejarnos de lo que realmente somos, y tampoco podremos alejarnos de la idea de que todo fluye, inevitablemente, hacia todas partes. La inmovilidad nos debería dar terror, porque es antinatural. Así que no tengamos miedo al camino, sino al dejar de caminar.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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