Constructores del templo


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Geometría sagrada 

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. Salmo 126

Durante miles de años, los arquitectos, maestros de obras, compañeros y aprendices del oficio de la construcción gozaron de buena reputación. Especialmente aquellos que debían su vida a la construcción de grandes templos. Asentar la base de cualquier construcción sagrada no solo requería de infinitos recursos materiales y humanos, sino también de un doble cocimiento: un conocimiento técnico y otro espiritual. Una perfecta conjunción entre la geometría y lo sagrado. Ambos conocimientos iban de la mano, y ambos eran imprescindibles para consagrar cualquier templo, hacerlo en su justa medida y siempre con los estándares de la fuerza, la sabiduría y la belleza.

La realidad es que ya no existen constructores de templos. El mundo ha llegado a tal secularización, que todo lo que tenga que ver con lo religioso, lo espiritual, lo ritualístico, lo mágico o lo iniciático ha pasado a la esfera de lo privado. La fe y las creencias se han difuminado tanto en estos últimos tiempos que ha dejado de existir un sentido profundo de la comunidad espiritual, de la vida en comunión, de la búsqueda del misterio compartido en templos y edificaciones especiales para este fin. Con ello, también se ha perdido para siempre el doble conocimiento, el técnico y el espiritual, la geometría sagrada. Aquello que dotaba a los elementos arquitectónicos de cualquier santuario de ese algo especial.

En un sentido amplio, no creo que el ser humano haya dejado de ser espiritual. Tal vez nunca lo fue. Es cierto que en la antigüedad nos regíamos más por la superstición, por la  costumbre, por aquello cultural que nos agolpaba en torno a un ritual y una praxis festiva que intentaba celebrar los ciclos de la naturaleza, adornados siempre con elementos religiosos que intentaban dar sentido a la dura existencia humana, al mismo tiempo que la protegía. La religión era un motivo costumbrista, de celebración y de serena comunión con los vecinos que ordenaba nuestro miedo existencial y nuestras dudas. Algo que amalgamaba a pueblos y culturas como ahora lo hace el fútbol o la política, las religiones seculares de nuestro siglo.

Aunque el ser humano nunca fue a lo largo de la historia especialmente espiritual, quitando gloriosas excepciones de una minoría que vivía, más allá del rito y la costumbre, la exégesis interior, la práctica espiritual verdadera siempre estuvo relegada a una ferviente minoría que se las arreglaba para, ya fuera de forma individual (los místicos) o de forma colectiva (los gnósticos de todos los tiempos) atreverse a interpretar y penetrar el misterio.

En los próximos años nos vamos a atrever a construir un pequeño templo. Será pequeño porque los tiempos que corren no requieren de grandes proezas arquitectónicas. Al mismo tiempo, será también un lugar de clausura, un monasterio vestido de modernidad que algunos podrán disfrutar siempre que su sentido sea real, comprometido y responsable. Un templo para la gnosis. La idea parece fascinante en cuanto ya no hay constructores de templos y tampoco una fuerte comunidad espiritual que desee albergar en ellos una búsqueda común.

Decía Yamada Koun Roshi, un maestro zen japonés a Ana María Schlüter, una discípula que deseaba crear un zendo en nuestro país, que primero había que construir el templo interior. Solo cuando hay contenido puede aparecer el contenedor. Esto es no solo importante, sino imprescindible. Por eso, en los próximos años el trabajo interior y todo su contenido será imprescindible para que ese templo exterior tenga sentido. Los templos están vacíos porque no hay contenido nuevo, renovado, adaptado a los tiempos que corren, con una práctica ritual comprometida y real. Aunque el mundo aún no es espiritual, hay que realizar un gran esfuerzo para espiritualizarlo, para comprender que la vida y sus misterios requieren atención, ánimo y esfuerzo. Debemos esforzarnos interior y exteriormente para que el mundo sea cada vez más místico y gnóstico, más bello y armónico. Debemos seguir construyendo templos. Interiores y exteriores, siempre para mayor gloria del Gran Arquitecto del Universo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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