“Para nacer hay que destruir un mundo”


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Paisajes al ocaso, muy cerca de aquí

“Tienen mis deseos por término estas montañas y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera”. El Quijote, Cervantes.

Para nacer, hay que destruir un mundo. Esta fue quizás una de las frases más conocidas de la obra Hesse, la cual aparecería en su libro Demian. No le faltaba razón. Ahora que he empezado la lectura compartida de su obra El Juego de los Abalorios, uno se da cuenta de la necesidad de morir a lo viejo para restaurar lo nuevo. Destruir un mundo, morir iniciáticamente a lo antiguo, siempre es necesario. En estos días sosegados, donde el síndrome de Stendhal se apodera de mi vida, disfruto plácidamente de todo tipo de lecturas.

Después de la práctica meditativa a eso de las ocho, el día se despliega con lecturas de Hesse, de Schlüter, de Dalio, de Dürckheim o Fortune. Voy alternando lecturas con trabajos manuales. Estamos haciendo una puerta nueva para la cabaña, sembramos aprovechando la luna algunas verduras, preparamos las vigas de la vieja casa para albergar la futura biblioteca y acomodamos nuevos espacios para algún día disfrute de todos. Es una conjunción hermosa, porque el trabajo manual, el labora en la tradición cristiana o el samu en la tradición budista o el karma yoga en la hinduista, compartido con la lectura y la oración, recrean en el ser un estado de profunda sintonía con la vida.

Por las tardes, un poco antes de invitar a las gallinas y patos al descanso nocturno, damos paseos en los que nos dejamos embriagar por toda la belleza primaveral de estos largos días. La hierba está alta y pronto formará parte de los silos de invierno. Toda la floresta embriaga por el cúmulo de flores que se expanden en las veredas de todos los caminos. A veces tenemos, ante el ansia exploratorio, que hollar sendas inexistentes, expandir nuestros pasos por remotas alamedas cargadas de agua y fango o disfrutar ante la sorpresiva belleza de lo inexpugnable.

Hemos acomodado alrededor de la cabaña algunos espacios para la lectura. Después de seis años de compartir intenso, me he dado cuenta de que no he sido capaz de disfrutar de ese bien preciado que llaman privacidad. La pandemia y la nula visita de peregrinos me está ayudando a reconciliarme con mi tiempo, a la vez que aprovecho para destruir las antiguas formas que en mi propia estructura había construido. Hemos sembrado algunos setos con la esperanza de que en el futuro la privacidad sea respetada.

Todo esto lo alterno con el trabajo en la editorial, mi otra pasión. Aunque la situación económica es compleja y difícil, no dejo de buscar ideas para seguir editando obras imprescindibles. Aún me toca lidiar con los restos del pasado, al mismo tiempo que perfilo en mi interior como serán las directrices y principios que gobernarán esta nueva vida. Ando creando el nuevo mapa, la nueva ruta ante la madurez de la vida.

Ayer hacíamos recuento de cuantas veces hemos renacido en esta vida, cuantas veces habíamos roto con nuestro pasado y habíamos vuelto a empezar en otros lugares, con otras personas, con otras culturas. En mi caso fueron siete grandes cambios. Andalucía, Barcelona, de nuevo Andalucía, Escocia y Alemania, Madrid y ahora Galicia. Rozando los cincuenta, no tengo más necesidad de exploración espacial. Me conformo con saber que seguiré viajando de un lugar a otro en pequeñas salidas al mundo, pero que siempre estará este lugar aguardándome. Sabemos que la vida da muchas vueltas, pero interiormente siento la necesidad de echar alguna raíz, aunque sea mínima, en este hermoso bosque.

Por eso el mundo que ahora destruyo es interior. Ya no existen movimientos vitales de un lugar a otro, ni vida nómada que valga. Hay algo dentro de mí que se quiebra para dejar nacer algo nuevo. Decía una amiga que me está costando vivir. Quizás vaya siendo hora de buscar en lo sencillo una forma de vida tranquila y desapasionada, dejándome arrollar por el éxtasis de la belleza sublime, por las sensaciones que uno percibe cuando contempla la bóveda celeste y se interroga por todos los misterios de la vida. Contemplar la hermosura del cielo. Aquí, donde la belleza es exuberante, no se necesita mucho más.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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