El triunfo de los imbéciles


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© Vassilis Tangoulis 

Había en mi estantería un libro de Álvaro de Laiglesia que siempre me llamaba la atención por su peculiar título: “Dios le ampare, imbécil”. Siempre me consideré a lo largo de mi vida un poco imbécil por mi falta de inteligencia o habilidad. Decía Balzac que un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es más fuerte que un hombre de talento que tiene millares. Hay muchas historias de imbéciles que tuvieron algún tipo de éxito en la vida, quizás precisamente por esa obstinación por llegar a alguna parte, con una sola idea fija en su cabeza.

A veces el éxito profesional viene de la mano del éxito personal, y entonces, la vida parece una feria plagada de alegrías y victorias. Por supuesto, no todos los imbéciles triunfan. Yo soy del grupo de los que siempre iban, de cara a los demás, a la cola en todo. De los que suspendían, de los que era mal estudiante, malo en los trabajos y un pésimo compañero sentimental. Mi vida social, profesional y personal siempre fue un desastre. Un completo imbécil que jamás triunfó en nada.

No es esta una sensación que me abrume. Hace años comprendí que nuestras limitaciones están ahí para ponernos a prueba, y lo mejor es, una vez puestas en consciencia, hacer lo que se pueda. Fracasar una y otra vez nos ayuda a mejorar cuando la inteligencia o la habilidad no da para mucho. La inteligencia es un recurso al que no todos podemos acceder. Y no pasa nada. Ser más o menos inteligente no es garantía de ningún éxito. He conocido a lo largo de mi vida decenas de personas excesivamente inteligentes cuyas vidas han sido siempre un continuo preludio de fracasos.

Ray Dalio, una de las personas más influyentes y ricas del mundo vivió una vida plagada de fracasos. Leyendo su autobiografía titulada “Principios”, me asombra que él mismo se considere un auténtico imbécil. Eso le honra. “Antes de empezar a contarte mis creencias, quiero dejar claro que soy un completo imbécil que ignora mucho de lo que necesita conocer”. Así empieza su libro de casi seiscientas páginas plagadas de vivencias, creencias y experiencias que le ayudaron a pasar del fracaso más absoluto a una vida de éxito y dinero. Me llamó la atención su biografía por la facilidad de explicar la economía, sus ciclos, sus crisis, pero especialmente, por su afición a la práctica de la meditación.

Dalio llega a un punto en la vida en la que ya no busca éxito. Deseo “transmitir estos principios porque me hallo en una etapa de la vida en la que quiero ayudar a que los demás tengan éxito, más que intentar buscarlo para mí mismo”, nos dice. Éxito es una palabra escurridiza. Para mí el mayor éxito existencial ha sido descubrir la profunda libertad que da el vivir en una cabaña situada en mitad de un pequeño bosque. No me siento exitoso por haber sacado dos carreras, o un doctorado, o haberme ganado la vida con una editorial bastante peculiar.

Visto con perspectiva, quizás mis pacientes maestros no hubieran dado ni un céntimo por esa carrera tan inusual en un imbécil que de pequeño no sabía distinguir las palabras unas de otras, quizás por alguna atípica dislexia no detectada a tiempo, o por una incapacidad mental para analizar y discernir los significados correctos del mundo envolvente. Mi futuro estaba condenado al trabajo fabril. Pero algo se torció gracias quizás a la práctica de la meditación o al consuelo de aceptar que no había nacido para adaptarme del todo a este mundo. Por eso, el éxito puede ser muy relativo, aunque la sociedad lo tenga muy determinado y marcado en cuestión de “tanto tienes, tanto vales”. Socialmente no valgo nada porque no tengo nada. Interiormente me siento rico por haber llegado a este pequeño estado de ataraxia. Vivir sin deseos y sin temores es lo más parecido a la felicidad. La lectura de un buen libro, un paseo, echar de comer a los pajarillos del bosque y disfrutar con su disfrute… No pido mucho más.

Ser una persona tímida y retraída me llevó a todo tipo de fracasos en las relaciones personales. Amigos que se fueron, otros que aguantaron por pura compasión y aquellos que perdieron la paciencia con mi peculiar forma de entender la vida y salieron cabreados de mi presencia. Con las parejas no tuve ningún éxito, en principio por mis propias rarezas, y en parte, por ser huraño hasta el extremo. Me rodee de personas maravillosas que terminaron hastiadas y cansadas de alguien tan extremadamente exhausto y perdido. No lo digo con ánimo de dar pena ni con intención de crear un sentimiento de martirio constante. Ser un desastre con las relaciones es fácil. Lo complejo es tener éxito con los demás sin rozar cierto grado de hipocresía constante.

Mi orgullo y excesivas dosis de narcisismo, esa creencia profunda de sentirte siempre un poco rarito ante los demás, viendo que los demás triunfan y uno simplemente se esfuerza para aparentar ser poco imbécil, me hace sentir de esta manera. Pero como digo, lo llevo con comodidad y cierto orgullo. Vivir en una cabaña de veinte metros cuadrados puede resultar un fracaso a la vista de la mayoría, pero para mí, y para mi pequeño ego vanidoso, es un gran triunfo.

Así que, de alguna manera, me considero personalmente un imbécil triunfante. Mis triunfos son modestos y muy personales, claro. Una pequeña cabaña, una estantería llena de libros para leer una y otra vez y la naturaleza. Quizás el mayor de los triunfos de mi vida haya sido precisamente descubrir la naturaleza en su estado “salvaje”, que sería como decir algo así como haber descubierto a Dios en su estado más puro y directo. En eso me siento triunfante y príncipe de mi pequeño reino. Y en estas andamos. Si te sientes un fracasado, “Dios te ampare, imbécil”. Pero no te lo tomes a mal, disfruta de la riqueza y la libertad de no tener nada.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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