El himno a las musas


a
Urania. Mosaico de Rafael en el techo de la Stanza della Segnatura,
Palacios Pontificios, Vaticano.

 

“Cantemos la luz que lleva por el camino del retorno a los humanos”. Orfeo

Llueve. Truena. La noche del Wesak la pasamos sin pegar ojo. Una tormenta de truenos y cientos de centellas iluminaba el cielo nocturno. Ayer era Tormenta Cósmica según el tzolkin, además de una de las fiestas más importantes del Budismo. Para la tradición hinduista estamos atravesando, dentro del ciclo humano del Manvantara, la edad del Kali-Yuga, la edad del hierro, también conocida como la ‘edad sombría’. A pesar de la tormenta exterior, siento una gran calma interior. Noto movimientos, cosas que inevitablemente cambian, por eso de que lo único que permanece es el cambio. Todo es transformación, pero dentro, hay quietud. A nivel de personalidad uno puede sufrir subidas y bajadas, pero cuando el alma cada vez se apodera con mayor fuerza de la personalidad, esos ciclos lunares ya no afectan a la luz diurna. Estos días están siendo especialmente duros, pero intento concentrar la energía en el centro, en la fuente, en el silencio.

Los guardianes de los templos tenían por costumbre impedir el paso a aquellos que vivían en exceso la vida profana. Lo sagrado estaba siempre reservado a los que de forma humilde se arrodillaban ante la inmensidad de lo infinito en sumo silencio y respeto. Los guardianes siempre tuvieron mala prensa en el mundo profano y tendían a recibir todo tipo de blasfemias e indolencias. Despertaban odios y recelos ante el orgullo y la ceguera. Hoy leía encantado el himno a las musas, el cual es elocuente y lúcido. ‘Por la virtud de las puras iniciaciones que provienen de los libros, despertadores de inteligencia, arrancan de los dolorosos sufrimientos de la tierra, a las almas que erran en el fondo de los pozos de la vida, enseñándolas a ocuparse con celo de buscar y seguir un camino sobre las corrientes y profundas olas del olvido’.

Desde la época de los últimos Zoroastros, cuando el mazdeísmo figuraba como reclamo y esencia en las tradiciones persas, el mundo ha cambiado considerablemente y se ha sumido prontamente en las profundas olas del olvido. Desde que desapareciera la tradición hiperbórea, la cadena áurea, y en ella el mundo iniciático capaz de aproximarnos más o menos con cierto éxito hasta las puertas del Misterio, ha sufrido épocas de oscuridad . Esta en la que nos encontramos es sin duda una de ellas. El Misterio ha dejado de tenerse como algo importante, y soezmente, suele ser mancillado en manos de obreros incapaces de reconocer la verdadera importancia de nuestro ciclo humano. En vez de construir un hermoso templo, de decorar sus columnas, de afrontar con fortaleza la sabiduría de las mismas, destrozan todo cuanto tocan, vociferando siempre que la culpa es del maestro Hiram, al cual intentan una y otra vez dar muerte.

Sigue el himno a las musas de la siguiente manera: ‘Que la raza humana que sólo siente miedo hacia Dios no me aparte de los caminos divinos, ¡deslumbrantes y llenos de luminosos frutos! De lo profundo del caos, perdida por el devenir en mil caminos errados, atraed a mi alma que busca sin cesar la pura luz; y, llenándola de vuestras gracias, que poseen el poder de aumentar la inteligencia, dadle la gracia de poseer para siempre el glorioso privilegio de pronunciar con facilidad las elocuentes palabras ¡que seducen los corazones!’

Decía Réne Guénon que para restaurar la tradición perdida, para revivificarla verdaderamente, es menester el contacto con el espíritu tradicional vivo. Tanto intelectual como socialmente vivimos en una ausencia de principios. Cualquier empresa que desee restablecer los principales pilares de la ética viviente está llamada al fracaso si no se ejerce una viva presión de resistencia, una oportuna y vigorosa vigilancia. Falta el rigor, la seriedad y el compromiso para poder guiarnos hacia las esencias de lo sublime, de lo etérico, hacia el abrazo del logos y la mónada. Los groseros bienes de la materia nos tienen atrapados. Sólo el interés nos permite establecer relaciones, y no el puro afán por caminar, cueste lo que cueste, por los abismos de la luz. Quizás por ello sea tiempo de erigir nuevos templos capaces de separar lo profano de lo sagrado, aquello que nos aproxima a la dignidad y la luz, separado de lo que nos degrada en lo superfluo y epidérmico. Nuevos templos y guardianes capaces de impedir el paso a los destructores del Adytum.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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