¡He aquí, mirad cómo se quieren y se ayudan!


 

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© Dino Lupani

 

Esto es lo que los paganos decían a los primeros cristianos cuando veían cuan sincera era su condición. No podía ser menos, la herencia de Jesús era la semilla del amor, y en alguna parte debía germinar. Esa semilla, sembrada hace dos mil años, está siempre dentro de nosotros. Nuestra misión humana, nuestra vocación última, es conducir nuestra existencia hacia una vida iniciática, acceder hacia la experiencia del Ser sobrenatural que nos habita. No se trata solo de una experiencia o una premonición, se trata de un duro trabajo, de una forma de vida, de una visión de las cosas que nos emancipa del mundo profano y alarga nuestras vidas hasta la experiencia de lo sagrado.

Un buen amigo me llamaba esta mañana y hablábamos durante más de una hora sobre temas fundamentales de lo que en estos momentos está pasando en el escenario en el que vivo. Había un amoroso reproche ante mi forma de ver las cosas, siempre, sin duda, desde una distorsión propia, diría que ininteligible, si basamos los hechos solo desde una perspectiva singular. Había en todo un desasosiego interno esencial. También un reproche al afirmar que mi forma de describir la realidad no se correspondía en nada a la misma “realidad”. Hay un trasfondo de verdad en esa afirmación, pero también una trampa imprescindible.

La realidad que yo describo, especialmente en mis letras, no es la realidad objetiva, sino la realidad que atraviesa a mi corazón. Si estoy viviendo en una caravana pasando frío y hambre, o en una humilde cabaña, y digo sincera y abiertamente desde lo más profundo de mi corazón que estoy viviendo en un palacio anclado en un paraíso, es porque realmente así lo siento y así lo estoy viviendo y experimentando en mí. No es este hecho una distorsión de la realidad, sino una vivencia real de cómo yo estoy viviendo esa realidad. Este fundamento principal en cuanto a los campos mórficos de la subjetividad no puede ser tachada de mentira o de algo desvirtuado. Es mi forma de ver las cosas.

Lo sano de la realidad es que siempre es moldeable. No depende de un solo observador que puede modificar la realidad del objeto observado, como nos dicen los fundamentos más básicos de la física cuántica, sino, valga la complejidad añadida, cuando son más de uno los que observan el mismo objeto causal, este se modifica con la psique colectiva que se desarrolla en ese campo cuántico de realidad compartida.

Podría ser que miles de personas coincidieran en la descripción sobre un hecho o una realidad y que una de ellas pensara diferente en cuanto a la observación misma. ¿Significa eso que ese “uno” está viendo las cosas de forma diferente? No, significa que ese “uno” está percibiendo la realidad desde otra dimensionalidad diferente. Esto puede resultar un callejón sin salida si se experimenta desde el rígido dogma, pero puede ser un alivio para aquellos poetas, ermitaños y herejes que siempre, desde que se inventó la vida mística, observan la realidad desde otra dimensión distinta.

De ahí que sea necesario atravesar todas esas capas de superficialidad e intentar entrar en el dominio de los campos arquetípicos. Esto es un ejercicio iniciático. Requiere disciplina, juicio crítico y mucho humor. Debe existir un instrumento capaz de adentrarnos en la necesaria apertura de lo que Dürckheim llamaba el Ser esencial. Iniciar significa abrir la puerta del misterio, nos decía el filósofo. Crear una escuela de misterios solo es posible si se inicia desde una dimensión desconocida, atrevida, nueva, experimental. Y la experiencia siempre es transformadora, a pesar de los puntos de tensión y crisis que cada transformación conlleva dentro de sí. Todo esto siempre nos conduce a un inevitable carácter de revelación, de búsqueda de la Unidad con el Ser esencial, de incluso pérdidas inevitables.

Se puede decir que de alguna forma, en la experiencia del Ser, el mundo tal y como lo conocemos desaparece ante la noche oscura de nuestra consciencia. Esto permite que aterrice en nosotros la luz del gran secreto, del misterio al que nos referimos, del alma que nos guía. ¿Cómo crear esas condiciones? ¿Cómo volver, en definitiva a la esencia de aquellos que se quieren y se ayudan? ¿Cómo olvidar nuestra relación egocéntrica y megalómana con el mundo y volvernos humildes y dóciles como palomas? Una vida altruista, generadora de amor y enfocada a la generación exclusiva de la belleza del Ser esencial requiere inevitablemente de grandes sacrificios. También, inevitablemente, de la realización de una profunda promesa nacida en nosotros, de una consciente y abierta apertura al Ser Esencial, más allá de las formas, más allá de las circunstancias, más allá de nuestra pequeña y ridícula interpretación del mundo. Esto puede ser molesto para muchos. También incómodo e insoportable para la mayoría.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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