Hacia la madurez interior


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© Arnaud Bathiard

“Al hombre le es confiado su propio camino interior y su obra visible. En el fondo de su Ser siente la necesidad y la bendición de un progresivo caminar en una madurez interior, sin la cual no es posible la paz”. Karlfried Graf Dürckheim

Cumplí años y sentí esa carga que uno puede atesorar con el transcurso del devenir. A veces se hace pesada. A veces nos enfrenta a la realidad inevitable de la muerte, siempre tan cercana, siempre tan amiga. No pensamos en ella ante el ruido colérico de la acelerada existencia. Pero nos espera paciente. También nos espera cada segundo de existencia, cada instante de vida. Cada momento es una oportunidad de aprendizaje, una puerta para hacernos mejores.

Ha sido cumplir años y sentir como ante las pruebas de la vida, uno solo desea empoderarse en el noble silencio, en el camino interior, en la paz. Cuando escucho ruidos, y quejas, ecos disonantes que centellean hacia todas partes, intento observar la escena, sin intervenir excesivamente en ella. Hoy fue un día de truenos y centellas. Había metralletas ruidosas que disparaban su carga pesada a todas partes. Intentaba respirar, intentaba guardar serenidad y beber de las fuentes del agua fresca y dulce. Me di cuenta de que la edad ayuda a observarlo todo desde la distancia, sin implicación emocional, al menos sin una pesada carga de implicación emocional.

Había un pequeño grado de decepción porque nunca fui amante del ruido. De pequeño siempre huía de los tonos disonantes, ya fuera mediante el llanto consolador o la lectura impulsiva de libros que pudieran distraer mi mente y mis emociones. A veces pienso que mi espiritualidad nació de esas huidas ante el ruido violento. Huidas hacia los libros o hacia la naturaleza. ¡Qué mejor refugio que la vida interior para no tener que enfrentarnos al exceso de dolor! Los libros y la naturaleza en conjunción siempre son fuentes de sabiduría y aliviaderos del alma.

Pero la vida interior no es solo un posible remanso de paz. La vida interior requiere enfrentarse a las crisis de todo crecimiento. Una forma de entrenamiento que nos pone siempre a prueba ante las pequeñas iniciaciones diarias. Abordar desde cientos de dimensiones posibles aquellas experiencias que la vasta actividad espiritual nos ofrece es todo un reto de consciencia. La inmensidad de esa experiencia es inconmensurable. Uno descubre que la paz es un punto de quietud necesario para poder enfrentar con coraje las fuerzas cósmicas que se desprenden ante la visión del que avanza hacia la cima, hacia la montaña angélica. Uno va desplegando ciertas alas poderosas a medida que la presión se vuelve cada vez más liviana.

La madurez humana es comprensiblemente tranquila. En ese sentido, siento como un descubrimiento este nuevo estado del ser. Dejas de tener prisas, ambiciones, necesidad de halagos o de demostrar nada. Ya no quieres éxitos personales, sino que te alegras de los éxitos ajenos y solo piensas en fomentarlos, apoyarlos, inspirarlos. Estos días pensaba cuantos viejos sueños me quedan por cumplir a nivel egoico y solo aparecían un par de ellos. A uno, le daré rienda suelta en septiembre: estudiar la carrera de filosofía. Siempre decía de mí que era un filósofo, pero a pesar de mis cientos de lecturas sobre la materia, me siento un pobre ignorante. Y desde muy pequeñito siempre soñé con ser filósofo, con estudiar filosofía y convertirme en un pensador. Tiene su misterio esotérico, pero también su sentido hermético.

Ser un pensador es un oficio importante. Sugiere pensar el mundo, y con ello, crearlo. Siempre pensé y sentí que de pertenecer a algún tipo de fuerza, la mía sería la de segundo rayo, la del rayo de amor-sabiduría. Quizás por eso siempre sentí la necesidad de estudiar la ciencia que ama la sabiduría. En septiembre me daré ese pequeño capricho. Como el estudiar no ocupa lugar, quizás conociendo más de cerca la obra de grandes personajes del pensamiento logre enraizar en mí un concepto más amplio y abarcante sobre el nuevo mundo. Será un gozo volver a estudiar y seguir aprendiendo. Nunca es tarde si la dicha es buena. Será un gozo volver a sentir que uno puede morir cada día y volver a empezar a la mañana siguiente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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