Mi arco en las nubes


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Con Geo en los alrededores de la cabaña, al fondo

Si quieres ver el arcoíris, tienes que mojarte, pensaba en el día de hoy mientras disfrutaba de los acontecimientos primaverales, exuberantes, pródigos. Cada vez que miro por las ventanas de la pequeña cabaña me fascino. Hoy no ha parado de llover. El fuego ardía en el hogar. La lluvia regaba el verde fosforescente y brillante de esta temporada. El bosque parece vivo, en movimiento constante, luminoso. Todo centellea alrededor, como si fuera una dimensión etérica, más de otro plano.

Los pequeños robles que rodean la circular construcción han asomado sus primeras hojas. Los protejo año tras año para algún día trasplantarlos. Los pajarillos de mil colores vuelan hasta el comedero, donde todos los días agrego alguna simiente. El amigo erizo, como todas las primaveras, y ya despierto de su perezosa hibernación, vuelve por las noches a degustar la comida de Meiga, la gata del lugar. Me gusta salir a saludarlo. Él se esconde entre sus púas, lo acaricio y sigue con su trabajo de pulir hasta el último cascajo de alimento mientras observa curioso mis movimientos.

En el atardecer, “entre lusco e fusco“, entre las nubes y el horizonte de la sierra de Édramo, se escapaban de repente algunos rayos de sol que botaban entre las copas húmedas y abrazaban las ramas extensas. Aún llovía en el crepúsculo hiperboreo cuando los fucilazos caían sobre la tierra húmeda. Salí fuera, buscando el sello de la alianza entre el cielo y la tierra, el arcoíris por tantos soñado. Cuando me di cuenta estaba todo mojado, pero feliz por el espectáculo viviente.

Me acerqué a la chimenea mientras me secaba el rostro con una toalla y miraba una a una todas las ventanas y sus espectaculares vistas. Me pellizcaba interiormente, sin creer que pudiera estar viviendo en este pequeño paraíso. Agradecía todo el esfuerzo anterior, todo el recorrido pasado. Mereció la pena los fríos inviernos, el agotador sufrimiento para levantar este rincón en el mundo, para restaurar una ruina compartida, para construir estas pequeñas cabañas a modo de humildes refugios. Agradecí profundamente a todos los que de alguna forma habían colaborado en la reconstrucción. A todos deseaba que pudieran disfrutar por muchos años de este lugar, de su memoria, de su belleza y esplendor. A todos tengo en mi corazón día tras día. Incluso aquellos que marcharon disgustados o tristes por esos roces que los malos entendidos o las diferencias siempre atraen. A ellos especialmente, con deseos de que algún día puedan volver desde una mirada limpia y desapegada. Aquí quedará siempre el abrazo cálido.

Siempre atesoro con indulgencia esa sensación de saber que todo este esfuerzo ha sido tan solo el inicio de un largo viaje. Mañana hará siete años que todo empezó en mi interior. Me fui a dar un paseo por el Camino de Santiago durante casi cuarenta días para celebrar así mi cuarenta cumpleaños. Aquí, en Galicia, en tierra celta y mágica,  encontré y sentí hondamente la llamada de este lugar, y aquí, a ciegas, sin miedo, me vine. Aquí vine a hollar el Sendero, más allá de las palabras, más allá de los mundos imaginados. Aquí vine a explorar la Puerta estrecha y a sentir en mis carnes lo que la palabra Servicio significa realmente. Aquí aprendí a vivir ampliamente, sin estrecheces.

Mañana es mi cumpleaños. Serán 47 años. Como esta vez no puedo viajar ni aislarme en ningún monasterio perdido, tocará celebración en la chozuela. Será una celebración humilde y silenciosa. Será un tranquilo paseo por esta nueva revolución solar que desea inundar de una vez la vida de paz y sosiego. Siento una gran serenidad interior y una gran claridad mental, como si pudiera ver sin miedo el propósito al que deseo dedicar los próximos años. Sí, puedo decir que durante estos años me he mojado, pero no ha sido en vano. Por fin puedo ver y disfrutar del arcoíris, mi arco en las nubes…

 

Mañana es mi cumpleaños…

Si quieres invitarme a tarta o pastel, puedes hacerlo aquí abajo…

gracias… 🙂

donar

 

3 respuestas a “Mi arco en las nubes

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