Un mundo discontinuo. Paisajes entre la acción y la retórica


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© Fabienne Bonnet 

Es complejo, muy complejo, hacer desde la integridad lo que uno siente, piensa, le anima y empuja a actuar. Como seres humanos, somos un corolario complejo. Siempre recibimos injerencias de muchos caudales que escapan a nuestro control. Somos seres multidimensionales que se mueven en una limitante esfera llena de pequeñas esferas materiales, etéricas, emocionales y mentales complejas. En esas cuatro dimensiones conviven además no solo aquello que nace de nosotros, sino la herencia ancestral de todos nuestros antepasados, cada uno con su propio aspecto lógico e ilógico. También aquellos que nos rodean y de todo aquello que nos alimentamos. No me refiero estrictamente a lo que ingerimos como alimentos materiales, sino también a lo que respiramos del ambiente en el que vivimos y de los otros, sus ánimos, sus emociones, sus pensamientos: todo aquello que soportamos y que no nos pertenece, pero que nos configura como seres humanos y sociales.

Y luego las circunstancias, que decía Gasset. Nosotros, con toda nuestra carga onírica, psíquica y emocional, con toda nuestra herencia y con todos aquellos que nos rodean interaccionando a la vez, añadiendo ahora la gota de las circunstancias, a veces extrañas, a veces rutinarias, a veces extraordinarias, dependiendo de en qué tipo de dimensión nos movamos.

Si nos movemos en una dimensión estrictamente material, nuestras vidas son rutinarias, basadas en la subsistencia, sin mayor aliciente que proteger nuestra seguridad vital. Si nos movemos por una dimensión más etérica, energética, la estética y la salud serán para nosotros algo importante y relevante. Seremos como torbellinos de viento que van de un espejo a otro mirando como agradar, como mantener la joya de la ilusión siempre brillante, mantenida siempre por nuestros estados de ánimo.

Los que viven en dimensiones más emocionales centran la vida en lo referente a la familia y su protección. También en sus traumas, en sus desequilibrios (todos estamos de alguna forma desequilibrados emocionalmente), en los miedos y en la gestión de la rabia inoculada durante millones de años de violencia y ardor fanático. Elevar las emociones desde una dimensión astral baja (rabia, miedo, frustración) a una dimensión astral superior (belleza, amor, alegría) es complejo. Hay escuelas y movimientos que nos ayudan a gestionar las emociones y nos ayudan a ejercer cierto control sobre las mismas. Superar el trauma del mundo de los deseos equivale a la imagen de un Cristo caminando sobre las aguas. Es una imagen hermosa que nos dice que nuestra labor como seres humanos es desentrañar los misterios de ese mundo, de esa dimensión, y caminar sobre ellos. Las emociones siguen siendo nuestro gran reto como seres homo-animales. Su gestión sana y madura seguirá siendo un trabajo interior importante.

Y luego están los que viven en el mundo de las ideas, en la mente fría, en la retórica intelectual, muchas veces aislados por lo que ellos llaman la incomprensión del mundo, la falta de sentido, la nulidad de las cosas. Vivir aislados en esas prisiones conceptuales es también una enfermedad que hay que tratar, porque el intelectual que se cree único y cercano a la verdad, es como el enfermo que piensa que ningún doctor podrá sanarle porque su enfermedad es única. Un intelectual anclado en el orgullo espiritual es como una persona anclada únicamente en el materialismo reducido al consumismo. Es una tara del alma, un error de programación. Es un ser incompleto porque no es capaz de abrazar sus otras dimensiones desde la sana apreciación, ni integrarlas en la suma de las partes, eso que vagamente llamamos alma.

Al estar ofuscado por su propia luz, es incapaz de ver la luz del mundo, y por lo tanto, es incapaz de ejercer control sobre los acontecimientos que se expresan en su realidad para hacerle avanzar. Al no tener dominio sobre uno mismo ni sobre sus dimensiones, no tiene dominio sobre su vida. Aferrado a su ombliguismo, morirá en una postura fanática y sola. Nuestra marca personal, el personal branding inglés, ejerce una huella en los demás, y debemos aprender a gestionar esa huella para no convertirnos en yoes asociales, inútiles o despreciables. Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano, nos recordaba lúcido siempre Goethe. Nunca podremos separarnos del mundo porque el mundo, por más que nos pese, está dentro de nosotros. Es la realidad mágica del holograma, y no podemos escapar a ella. Pero sí se nos invita a participar activamente en ella y desvelar con ello sus secretos, sus puertas de entrada y salida, sus regueros invisibles.

Entre la acción y la retórica hay un largo camino donde poder completar con éxito todas estas dimensiones. Realizadas y completadas, el vasto mundo de la experiencia espiritual nos espera. O lo que es lo mismo, si somos capaces de completar nuestras dimensiones personales, seremos capaces de vivir la vida real, amplia y extensa. Entonces vemos. Vemos el mundo completo, vemos la vida completa.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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