Veré a Dios en mi carne


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© Noell Oszvald 

Sujetos a la extraña sensación de estar vivos. Amarrados al instante presente. Anclados en los puertos de nuestro hogar. Suspiro. Hacer penetrar el aire hasta lo más profundo. Inhalar. Dejar que entre la memoria de los tiempos en cada inspiración, de los tiempos akásicos, del imperio de lo desconocido. Tiempo único. Atrapados en nuestro silencio. Varados en los acontecimientos. Qué extraordinario poder surcar ahora los mundos desde un sillón que se hace ancho, eterno. Qué inimaginable momento para expandir nuestra mente, para abrirla más allá de las pequeñas distracciones diarias, para sacarla de nuestra ridícula pequeñez y volverla bondadosa, amplia, incesantemente etérea. Qué valiosa oportunidad para desarrollar aquello que nos comunica directamente con la creación, con lo abstracto, con el misterio, con lo Otro.

La imaginación es el puente, la herramienta, el antakarana. Es capaz de producir paisajes, mundos, vidas, universos. Algo así ocurre con la música, vehículo de comunicación, lenguaje angélico por pocos comprendido. Es capaz de elevar nuestra consciencia hacia las puertas del cielo, hasta los confines de la galaxia. Imaginar es sentir cómo las fuerzas vivas que imperan en el orbe se transmiten hacia nuestras profundas existencias. Imaginar es mover y conmover las energías que atesoran los glaciares, las montañas, los bosques.

Respira. Atesora. Expande.

¿Cómo imaginamos nuestras vidas? ¡Qué oportunidad más grande para volver a empezar! ¡Qué momento más oportuno para expandir nuestra existencia! ¿Acaso después de este silencio no habrá en nosotros una nueva era? ¿Acaso nos quedaremos amasando añoranzas pasadas cuando el universo entero se desvela ante nosotros? Aún estamos a tiempo de nacer dos veces. De volver la mirada al infinito. Musicalmente hablando, es como abrazar el mundo más allá de los velos, más allá de las sombras de nuestra limitante y ridícula existencia. La imaginación, musicalmente hablando, es entrar en el gozo, en la belleza, en la plenitud. “Veré a Dios en mi carne”, decían los profetas. Eso es lo que ocurre con la imaginación, con la música, con el deleite, con la contemplación. Eso es lo que ocurre cuando entregamos nuestras vidas a aquello que no nos pertenece. Esto es un misterio, es el sacrificio de nuestro egoísmo para adentrarnos, ya casi sin equipaje, en lo abstracto de la vida.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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