Viviendo la ataraxia


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Un conocido escritor premio Planeta me pide que escriba artículos para su nuevo proyecto. Una fundación con sede en Londres me solicita un escrito. Me llaman de una productora para no se sabe qué después de atender a no sé cuantas entrevistas, y a mí lo único que me apetece en estos días es estar recluido, leyendo, contemplando, observando. Además con la grata sensación de experimentar un cambio hermoso, interior. Uno de esos que te conectan aún más con la esencia de lo que realmente somos. Lo epidérmico ya no me apetece, excepto para enmarcar algunos mensajes ocultos tras estas letras de aficionado a la escritura. Hablar de mí, hablar de mi vida, es solo un marco, un testimonio, como dirían los antiguos, para hablar realmente de aquello que habita en mí, de aquello que da sentido a mi vida. Si fuera un efervescente cristiano diría que lo que habita en mí es el Reino de Dios, el Cristo. Un estado de ataraxia, donde la tranquilidad y la paz interior me invaden.

Sólo tengo que mirar a mi alrededor y darme cuanta que tras las pequeñas paredes de esta apacible cabaña solo hay pura naturaleza. Árboles majestuosos, praderas cargadas de flores, cielos azules adornados con horizontes imaginados. A veces pienso que todo es fruto de un resplandor, de un delicado perfume que se instala en el contorno y que proviene de altas esferas. Cuando miro más afuera y veo como todo se desmorona puedo sentir cierta incomodidad existencial. Pero mi misión no es alimentar ese miedo, ese derrumbe, sino poner las bases para aquello que ha de venir. Implementar los cimientos de ese nuevo mundo inevitable. Si allá fuera todo se acaba, aquí dentro deben renacer pequeñas colonias, pequeñas comunidades que salvaguarde el conocimiento e implemente las herramientas apropiadas para la construcción de lo nuevo.

Alguien que estuvo aquí viviendo tres meses difíciles con su familia en otoño escribió ayer un bonito texto que con su permiso comparto. Lo hago porque en sus palabras rechina con fuerza esa apreciación de lo nuevo, ese argumentario necesario de lo que viene. Por favor, no os quedéis con el marco. Mi persona, mi personalidad es solo un pequeño vehículo que alberga el testimonio. Un pequeño marco. Lo importante es la imagen de fondo. Gracias querido R. por tus sentidas palabras. Gracias por ser testigo y testimonio de la simiente. Aquí os dejo, con cariño, el texto:

Hola Javier!

Llevo días buceando en tu diario, en tus textos, en tus escritos, en tu idea utópica llevada a cabo. Oliendo tu rastro, midiendo centímetro a centímetro cada paso. Exégeta de tu abecedario velado; la L, la R, la B, la M, la MC. Un complejo juego descifrado. Un antropólogo espía, un detective privado. He estado en tu Camino de Santiago, en los albergues, en tus miradas, y en tu cansancio, y en tu volver a ponerte en pie, en tu perseverancia, y en tu misticismo alado. He estado en Cadaqués, en Madrid, en Barcelona, en tu casa de Hornachuelos, en el Blue Angel, en la Abadía de Cluny, en los antiguos castros, en el Bosque de los Ancianos. Me he comido un par de croquetas de tu madre, y un batido de chocolate, y una tortilla de patatas que ha preparado L y ha puesto en el tupper para el viaje.

Como un fantasma que llega después pero como si siempre hubiese estado, me he sentado a tu lado en las reuniones con tus amigos empresarios, con tus amigos masones, con tus amigos sabios, con tus amigos magos. He asistido a tus presentaciones de libros, y a tus extraños cenáculos. He leído las cartas, las que vienen y las que van. He contado cada céntimo y cada euro donado. He dormido con vosotros en el hotel Prius. He visto los mismos gatos que tus has visto, y también he estado en el entierro de Cuca junto a la alameda, yo también he llorado, y después he llegado con vosotros a Samos, y he visto O Couso. Y los ojos también me han brillado. Y he subido a los tejados. Y desde allá he visto la utopía hecha realidad. Como un ángel he ido acompañando a todos los utópicos a la mesa, en los círculos, en las meditaciones, en las actividades de la mañana, en las risas de la tarde, con la familia austríaca jugando con Geo, y con la familia de tres hijos, radiantes todos ellos. Estoy en cada una de las fotos hechas en la entrada. Y he cantado cada despedida en la carretera. Y he pisado todas las nieves, y me he calentado en el primer fuego, y me he duchado en la primera ducha. Y he montado contigo la bella Rous. Qué risas. Y he pasado los fríos inviernos en la caravana, tiritando, elegido entre los elegidos para sembrar un brote de esperanza utópica. Y he sujetado el tronco para que no pesara tanto y acabáramos antes la cabaña. Y he tocado el cuenco tres veces. Un largo silencio. Y tres veces lo he tocado. Y os he abrazado una y otra vez, infinidad de veces.

He visto todas las sonrisas, todos los gestos, todas las ilusiones, y también los desalientos. Los desalientos también los he visto. Pero he visto el verde de los valles. Aún así, he tenido que ir en carne y hueso, acompañado de una niña ángel y de un gran arcángel para cerrar un ciclo, para cerrar una herida de verano o una herida de amor lejano. Para poner el suelo en el suelo, y el cielo en cielo, tras las losas protectoras, y que el culpable se transformase en amable, y que el amor sea una sonrisa cavada de una tierra santa antigua. Y he cocinado sin luz patatas y huevos fritos y todo inundado. Pero ahora, después de las inundaciones, todo está en calma. 21 días de retiro. B. Todo en silencio. El más bello de los silencios, el que desciende alrededor de las columnas de O Couso. Un inmenso silencio. Todo el mundo quieto en sus casas. En retiro silencioso. Y yo desde la distancia os observo. Estoy aquí, en tu cabaña, en estas sábanas, en esta madera, en esta respiración continua. En el bosque. En la utopía efectiva. En la sencillez voluntaria. Larga vida a O Couso, y a sus moradores. Hay una perra blanca que me acompaña. Sonríe, es una alma libre. Un alma libre errante en O Couso. Un alma libre.

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