Vivir en tiempos de incertidumbre


a

© Michel Rajkovic

Hoy he intentando vivir con sosiego mi primer día de jubilación. Quería saber qué se siente cuando realmente dejas de trabajar para ganar dinero, y simplemente entras en esa fase de la vida en la que la contemplación, la complacencia y el mirar al otro con generosidad se convierten en la premisa general. Miraba hoy mi historial de vida y solo llevo cotizados algo más de trece años. Esos cómputos me resultan increíbles cuando aún recuerdo ese primer trabajo a los dieciséis años en una panadería en el centro de la ciudad condal.

Mi primer trabajo fue amasar pan. Allí supe que hay mundos que se esconden en lo más oculto pero realizan el milagro, como la levadura, oculta en la masa, de hacer crecer el alimento. Allí me di cuenta, amasando panes y más panes, que la vida requiere de esa levadura para que todo funcione de alguna manera, para que tengamos aspiraciones, visiones futuras, conclusiones acertadas sobre nuestra existencia. Ahí entendí la necesidad de ir descubriendo poco a poco el mundo oculto que todo lo encierra.

De las cosas que más me gustan de estos días es la de cuidar a la persona que está haciendo la experiencia de retiro de 21 días. Es oportuno poder hacer esta experiencia en un tiempo tan revuelto como este. La primera semana es de profundo silencio e interiorización. Mi misión como guía y facilitador es asegurarme de que no le falte de nada, que tenga su desayuno, su comida y su cena, algo de leña y cualquier cosa que requiera. De acompañarla en las meditaciones matutinas y vespertinas y de guiñarle el ojo con una sonrisa para hacer cómodo su silencio profundo. Supongo que cuando uno se jubila puede hacer cosas con júbilo. Me produce una sensación de alivio el hecho de poder ayudar a los demás en sus procesos, de acompañar a aquellos que desean dar un giro de tuerca a sus vidas y ver qué pasa. Empujar al mundo a que descubra su lado oculto, ese que hace crecer las cosas.

Nadie nos educa para vivir en la incertidumbre. Para mí fue una maestra desde los inicios de esta existencia. Nacer y vivir en una familia humilde me aproximó radicalmente a saber lo que era la escasez, el no saber si mañana las cosas irían bien. Realmente la infancia y la adolescencia fueron duras en ese sentido. Aprendí a crecer en la incertidumbre. Por eso con mi primer sueldo compré dos cosas: una bicicleta y mi primer Camino de Santiago. Allí la experiencia de la incertidumbre, en tiempos donde no había móviles, ni internet ni prácticamente albergues en el camino sucumbió en mi interior. Tardé dos años en preparar el Camino hasta cumplir la mayoría de edad. Pero esa preparación concienzuda mereció la pena.

Durante unos años la vida me trató bien. Después de los estudios universitarios comencé a trabajar y ahorrar. Compré mi primer apartamento, luego mi primera casa adosada con jardín y más tarde diseñé y construí mi hermosa casa de diseño. Eran años de bonanza que terminaron drásticamente con la crisis del 2008. Ahí lo perdí todo y volví de nuevo a la senda de la incertidumbre. Ese mismo año hice de nuevo el Camino de Santiago. Fue una experiencia dolorosa. Tardé casi una década en recuperarme de aquella experiencia traumática que pretendía revolverme, empujarme al verdadero camino que debería recorrer años más tarde.

Ahora la incertidumbre es diferente. La tomo con calma, con la seguridad interior de que por muy mal que vayan las cosas, siempre queda un reguero de esperanza a la que aferrarse. Quizás mucho de nosotros perdamos riquezas, trabajos, amigos, parejas e incluso parte de la salud en estos días. Casi diez mil personas han perdido la vida en nuestro país en estas semanas. Cada minuto que pasa alguien se marcha al otro lado. Por eso, en los agradecimientos antes de desayunar y comer, nos acordamos especialmente de aquellos que sufren y damos gracias por estar sanos y salvos, en salud, fuertes de momento, con alimentos abundantes.

Hoy contábamos los paquetes de pasta y legumbres que nos quedan. Tenemos para un mes aproximadamente. Hemos dejado de ingresar dinero, pero nos queda una gran reserva de patatas que el año pasado no pudimos recolectar. Podríamos vivir de ellas una gran temporada. El otro día sacamos unos dos metros cuadrados de patatas y estaban en perfecto estado de conservación. Las patatas son un gran alimento y la tierra es siempre milagrosa y generosa a partes iguales. También quedan algunas castañas en el suelo y estamos descubriendo hierbas que se pueden comer en ensaladas. Llevamos dos semanas sin salir a comprar y es preferible que sigamos aquí confinados el tiempo que haga falta.

Todo es incertidumbre. Y sin embargo, la vivimos con cierto desapego y desasosiego. En mi caso, como decía un poco más arriba, con absoluta tranquilidad y paz interior, como eso que uno debe sentir cuando se jubila habiendo hecho bien las cosas. La incertidumbre es una buena maestra. Nos enseña a vivir la vida en toda su intensidad. Nos enseña a vislumbrar una nueva forma de entender la existencia con fe, con esperanza, con paz interior.

Espero que estéis bien. Os deseo fuerza y salud a todos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s