El virus del miedo


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© Lionel Orriols 

Ayer estuve un buen rato hablando con un buen amigo. De esos que a pesar de las circunstancias siempre están ahí, no importa cuántas brechas nos separen, ideológicas, sociales, de estatus. No importa ni siquiera el que juntos ganáramos y perdiéramos por partes iguales en aventuras comunes. El cariño permanece y la amistad perdura. Hoy me volvió a llamar para seguir recordando unos hechos que acaecieron hace casi una década. Me recordó cosas que ya casi había olvidado. Por ejemplo, aquella vez en la que hice enfadar a un ministro. El ministro, con el que había tenido algún tipo de buena relación durante un tiempo, terminó con un enfado monumental por hechos divergentes, de esos que no puedes controlar y de los que formas parte casi de forma colateral. Me reía con el recuerdo, porque el ministro era un buen ministro y, además, un buen hombre al que la mayoría admiraba.

Por el mismo tiempo, qué tiempos aquellos, también hice enfadar al que fuera un conocido presidente de un conocido banco. Ese era el estrecho vínculo que me unía en la conversación de ayer y de hoy, y que recordábamos con cariño, depurando de paso cualquier atisbo o arista que hubiera quedado mal curada. Y mientras hablaba y recordaba aquellos hechos, me preguntaba por qué hay personas que se enfadan y otras no, por qué hay personas con ese agudo grado de misericordia en sus adentros, capaces de mirar más allá de las anécdotas de la personalidad, capaces de bucear en la esencia, perdonando una y otra vez las torpezas del otro.

Pensaba en ello y creo que es una cuestión de miedo. El miedo nos hace tomar decisiones la mayoría de las veces, erróneas. El miedo nos conduce hasta la frustración, la rabia, la impotencia. Eso genera situaciones extremas, sin control. Es cierto que atávicamente el miedo era una especie de herramienta psicológica de protección. En aquellos tiempos en los que vivíamos en bosques o cuevas, el miedo podía protegernos de cualquier peligro. Pero en nuestros tiempos, ¿a qué tememos? ¿A qué deberíamos temer? No a los amigos, sin duda, que pueden equivocarse y errar. No tampoco a personas de reconocida bondad y buena voluntad.

En estos tiempos de vulnerabilidad psicológica, estamos viviendo una doble epidemia. La del coronavirus y la del miedo. Nunca una epidemia del miedo había provocado tal colapso a nivel mundial. Desde un punto de vista psicológico, se harán muchos estudios futuros sobre el acontecimiento inédito de tener a gran parte de la población mundial hacinada en sus casas durante semanas. El experimento social podría marcar un precedente peligroso, y de paso, poner a prueba la docilidad mundial.

Si la epidemia del miedo se alarga, podría extenderse en no mucho espacio de tiempo una nueva epidemia: la de la desesperación. No sabemos aún hasta qué punto nuestra psicología individual y colectiva está preparada para este tipo de enclaustramiento, de encierro forzado. Estos días, hablando con unos y con otros, especialmente con amigos que están viviendo estos acontecimientos en grandes ciudades, notaba cierto nerviosismo interior. Un nerviosismo sutil, casi imperceptible, a modo de llamada de auxilio interior que ahonda aún más en la incertidumbre.

Toca sin duda fortaleza. Como la fortaleza de esos que hacen de este encierro un momento único e irrepetible para cuidar a los suyos, para llenarlos de cariño y amor. Como la fortaleza de esos que viven solos y han creado su propia rutina de esfuerzo interior a base de lecturas, de yoga, de meditación. Como la fortaleza de aquellos que viendo peligrar su futuro económico empiezan a imaginar nuevas posibilidades. O como la fortaleza de aquellos que pudiendo no hacer nada, lo dan todo para ayudar al prójimo, para echar una mano, para apoyar y sostener todo aquello que merezca la pena.

El virus del miedo está ahí, latente, al acecho, esperando su oportunidad. Seamos fuertes, seamos capaces de vencer esta pandemia colectiva para ser mejores, para ser fieles a nuestra esencia, para ser visionarios del nuevo mundo, para crecer en humanidad, consciencia y bondad.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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