Somos un flujo en continua relación


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Con Geo con mirada melancólica de paseo esta tarde en nuestra secreta atalaya

Es todo una sensación extraña. Geo me sacó a pasear y fuimos hasta el milenario castro que tenemos a pocos metros de aquí. Allí hay un mirador natural, escondido, espectacular, desde donde se puede divisar toda la provincia, inclusive la lejana capital. Es un buen lugar para esconderse y meditar, para valorar las cosas desde otra perspectiva. Hoy todo parecía diferente desde allí. Samos con su gran monasterio parecía inexistente. Podía ver sus paredes, las casas aledañas, las calles, pero todo estaba silencioso y vacío. Ninguna voz atravesaba el valle hasta mi atalaya, ningún ruido que pudiera delatar actividad alguna.

Me sentía como un pequeño intruso en ese espacio-tiempo inusual, como una especie de visitante extraño que aterrizaba de repente en un mundo vacío. Alzaba la mirada hasta el infinito, a sabiendas de lo afortunado que podía ser. Miraba el ocaso del sol entre nubes blancas y cielo azul. Miraba las suaves curvas de las antiguas montañas, con sus bosques, sus valles, su verde intenso y sus caminos ahora desocupados. Veía las huellas humanas pero no veía a los humanos. Era extraño observar que el Camino estaba ausente de peregrinos. Una leve brisa soplaba y removía las blanquecinas flores, las tímidas copas que empiezan en primavera a llenarse de verde. La naturaleza, ajena a todo, se reproduce igualmente, fortaleciendo su belleza increíble. Lo miraba todo anestesiado, lo sentía todo como un predecible recuerdo de otro tiempo.

De repente sentí una gran soledad. Una conmovedora sensación yerma, angustiosa. Un vacío inusual. Me preguntaba cómo sería la vida sin nadie a quien abrazar, sin nadie con la que compartir un mundo. Observaba al amigo Geo que suspiraba en la deriva de su mirada ante el majestuoso horizonte y me interrogaba qué sería de nosotros si el mundo de repente desapareciera. Si solo pudiéramos escuchar el chasquido del arroyo, el serpenteante fluir de los tiempos, a solas. Si todo se detuviera y un segundo origen empezara sin nadie.

La soledad voluntaria es hermosa. Diría que es necesaria para conectar con nuestro propósito interior, para escuchar a nuestra esencia, aquello que realmente somos, y así, poder ser mejores, más auténticos, más sabedores de nuestro verdadero lugar en el mundo. El silencio forma parte de esa disciplina de autoconocimiento, de superación, de búsqueda de la verdad, de seducción por la vida. Pero cuando las circunstancias te imponen la soledad y el silencio, algo interior se quiebra. Esto tiene que ver con nuestra inevitable pertenencia al logos. Aunque vivimos en una sociedad de absolutos individualismos y egoísmos, donde la moda es ser un “single” independiente y autosostenible, cuando nos falta el inevitable contacto con el otro, nos quebramos.

La individualidad es solo una ficción, especialmente la ficción del ego fuerte, del ego orgulloso, del ego que se cree estar por encima de todas las cosas. La soledad humana que vivimos desconecta nuestras vidas de lo que realmente somos: unidad. Si tuviéramos capacidad para percibir la mónada a la que pertenecemos, nos daríamos cuenta de que nuestras vidas separadas es tan solo una ilusión. Nuestra verdadera substancia es solo una gota indisoluble en un vasto océano de almas. La prueba a la que la vida está sometiendo nuestra individualidad quizás sirva para darnos cuenta de que no podemos seguir viviendo un mundo huraño donde todo gira alrededor nuestra sin importarnos nada el otro. Ahora podemos percibirlo: el otro existe y siempre estuvo ahí, a pesar de todo.

Quizás la gran lección de este tiempo sea el sabernos realmente interconectados con el otro, a sabiendas de que el yo no puede sobrevivir sin el tú. Aquello que constituye el dominio de la ontología, lo que hay realmente, es precisamente eso que define el mundo fenomenológico como una ilusión. Una ilusión que separa. Una ilusión que nos separa. En la naturaleza no existen las dicotomías ni la dualidad. Todo fluye en un magma de unidad, en una relación inevitable. Por eso nos resulta insoportable el rechazo del otro. Cuando alguien niega nuestra existencia, cuando alguien nos da la espalda o nos hace el vacío, sentimos morir por dentro. Esa emoción, esa sensación, equivale a conectar por un momento con lo que realmente somos. El darnos cuenta de que no somos entidades aisladas, sino almas unidas en un flujo. Un flujo de (1) inteligencia activa, de (2) amor-sabiduría, de hermosa (3) voluntad que se desarrolla en una profunda (4) armonía, en una (5) ciencia concreta, en un (6) amor devocional hacia la existencia bajo un (7) orden ceremonial orquestado desde los mundos arquetípicos. Como siete rayos que se unen en un crisol y forman un manto multiforme al que pertenecemos aunque no lo percibamos. Ese es el flujo. Esa es la relación. Esa es la vida que se manifiesta desde todos los mundos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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