Solidaridad


 

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Esta mañana trabajando como voluntario en la Casa de Acogida. La máscara servía para protegernos del polvo que se levantaba en la obra. 

Intentamos hacer vida normal. Aquí en las montañas el drama humano que se está viviendo en las ciudades casi es imperceptible. Seguimos con nuestra rutina. La casa de acogida está vacía. Habitada solo por los gatos y el amigo Geo. La naturaleza sigue su curso normal. La primavera va llegando y ya da forma a flores y brotes verdes. Nada aquí ha cambiado, excepto la forma atípica de darnos almabrazos y la peculiar manera de hacer los círculos. Intentamos hacer un poco de broma con todo para no caer en el pánico ni hacer un exceso de dramatismo. Se agradece la compañía y el poder pasear por los campos y valles.

Nos comunican que hay un peregrino mexicano de avanzada edad que no puede seguir caminando. Nos ofrecemos con las puertas abiertas para atenderlo. Al final la Guardia Civil sale a su rescate, pero la posibilidad de seguir atendiendo a personas nos pone a prueba. Surgen recelos y miedos. Personalmente siento la necesidad de ser útil y de seguir el llamado de servicio.

Nos llama un amigo para que le ayudemos con la comida. Sus reservas se están agotando y no sabe a quién acudir. No tiene dinero, ni recursos. Cogemos todo lo que podemos y marcho para llevarle algo de alimento aún con riesgo de ser parado y multado. Las calles y carreteras están vacías. No se ve ni un alma. Tengo por dentro una sensación extraña, pero sigo adelante con todo. Impresiona no ver ninguna persona en todo el recorrido hasta la aldea del amigo. Silencio. Un silencio extraño, parecido al que debieron sentir los protagonistas del libro “Mecanoscrito del segundo origen”.

El apoyo mutuo es lo primero. La solidaridad es lo primero. El acompañamiento es lo primero. Está solo, aislado en su casa, sin medios. Llevamos patatas de la huerta y huevos de nuestras gallinas acompañado de algunas otras cosas más. Al vernos nos damos un abrazo sin extremar ningún tipo de precaución. A ambos nos sale del alma. Él más que nadie necesita ese abrazo. La soledad hace mella en estos momentos. Le conmueve el gesto, pero sobre todo, le alegra la compañía, el poder ver a otro ser humano. Hablamos un rato largo, especialmente sobre temas de huerta y de cómo sobrevivir cuando el hambre empieza a aparecer. Aprendo mucho a su lado y me alegra poder ir a verlo. Recuerdo de repente todas esas generaciones pasadas que sobrevivieron a guerras y hambrunas. Recuerdo con cierta desesperación y solidaridad interior a todos los seres humanos que en estos momentos están pasando por situaciones verdaderamente trágicas. Recuerdo entonces nuestra vulnerabilidad y me sobrecoge esa sensación oportuna de humildad.

Empiezo a recibir las primeras cartas de clientes de la editorial expresando su imposibilidad de pagar facturas. De momento me resisto a hacer lo mismo con mis proveedores. Recibo la llamada de un buen amigo que desea ayudarnos. Agradezco infinitamente el gesto solidario y generoso, especialmente cuando no sabemos cuánto durará esto. Admiro profundamente a las personas que se ofrecen voluntariamente a echar una mano. Las muestras de solidaridad crecen en tiempos complejos. Si miro el calendario, solo llevamos dos días de encierro y paralización. Leo las noticias económicas y me recuerdan a la crisis de hace doce años. Intento respirar profundamente porque en aquella crisis perdimos muchas cosas. Los autónomos viven de lo que venden día a día. No quiero imaginar qué ocurrirá si la cosa se alarga excesivamente. Familias enteras deben estar ya viviendo momentos totalmente angustiosos. Toca resistir. Toca apoyar.

A pesar de todo el ánimo no ha decaído. La primavera incipiente ayuda. Si esto ocurre en pleno invierno hubiera sido desesperante. Pero hoy hacía sol y buena temperatura aquí en los bosques. Estuvimos trabajando duramente en la casa de acogida, pero hay un deseo fuerte de poner todas nuestras fuerzas en la huerta. Nos alegra ver como las fuentes de solidaridad se despliegan y cómo el mundo empieza a tejer dentro de sí una sensación de humildad ante las pruebas de la naturaleza. También un sentimiento de compasión hacia el otro. Nos gustaría poder ser más útiles. No se me ocurre como excepto auxiliando a aquellos que necesitan algo y nosotros podamos apoyar. Un poco de comida, un poco de conversación, un poco de solidaridad con aquellos que lo están pasando francamente mal. Ya no por el virus, sino por sus efectos colaterales. Agradezco infinitamente a aquellos que en estos días están poniendo todo de su parte para apoyar a los otros. Agradezco infinitamente las pruebas que la vida nos pone delante para engendrar dentro de nosotros una nueva visión del mundo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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